12/07/2007
HASTA SIEMPRE
Por falta de tiempo y necesidad de dedicarme más a fondo a otros aspectos de mi vida, ha llegado el momento de abandonar el blog. Quizá lo retome en el futuro, cuando pueda dedicarme a él. Gracias a todos aquellos que lo habéis leído o comentado.
Un fuerte abrazo de David.
09/07/2007
MARAVILLA DE MI MUNDO

Las maravillas del mundo no pueden elegirse.
Porque sólo hay una, que les da sentido a todas. Yo sin ella no entendería qué pintan en el mundo el río Duero o el Taj Mahal.
Hoy, 9 de julio de 2.007, cumple 26 años, y mi amor por ella se mantendrá en pie más allá de las pirámides.
Pero lo maravilloso de mi posición es que, gracias a que es el centro, a partir de ella exista un mundo alrededor.
Felicidades.
Maravilla es ser tu mundo, maravilla
es que vea mi sueño cómo duermes.
Maravilla es tener miedo de que enfermes
y entonces arroparte con mi orilla.
Maravilla es que te quites la lentilla
porque a mí sólo de cerca quieras verme.
Maravilla es que no veas, para quererme,
otra solución que luz sencilla.
Maravilla es que todo se termine:
los jardines, los palacios y los faros,
para hacer que sin nada te imagine
como el sol de los días claros;
y maravillas ver juntas en el cine
de tus ojos, María, con sólo amaros.
(amaros a todas las maravillas en ti)
Que cumplas tantos años como el mundo.
Un beso.
29/05/2007
SpideIvan

(Después de conocer a Spiderman, a Iván le ha dado por lanzarnos redes con su mano derecha)
.
Cuando él era pequeño
estaba siempre inmóvil,
y su madre le decía
cuidándole y sintiendo
su débil pulso a penas:
estás enfermo, niño..
Fue pronto al hospital
-que apenas era una caricia-
y cuando le hubieron hecho
las pruebas lo más probable
es que su sangre hablaba
así: estás enfermo, niño..
Después iba y venía
de su casa a los pasillos
del hospital, y de las camas
a los suelos de su casa.
Pero su salud seguía parada.
Estás enfermo, niño..
Y cuando movió la esperanza
la inmovilidad de su sangre
y llegó a un aeropuerto
de vendas y tubos, de vías
que abrían caminos por debajo
de él, él siguió escuchando:
estás enfermo, niño..
A SpideIvan lo picó un mal
bicho en la recién nacida
sangre que lo lanzó al mundo.
Y era un ARAÑAzo del mundo
cada voz que le atrapaba
inmóvil en la telaraña
de: estás enfermo, niño..
Pero ahora lucha con su pulso,
con la sangre de su lado,
con la red del Hospital,
contra su enfermedad y el miedo
a volar, para que el aire
libre a su alrededor le diga:
.
TE VEO MÁS SUJETO, IVÁN.
24/05/2007
AL OTRO LADO DE TU VOZ

Quiero decirte que te necesito, ahí, al otro lado. Tú al norte y yo al sur de nuestra frontera telefónica.
Quiero decirte que te echaré de menos cuando el mar, ni siquiera con toda su amplitud, pueda darme cobertura para arroparte con una ola de la sábana o con un mensaje sumergido que te dé un abrazo bajo el agua de la pantalla de tu móvil.
Quiero decirte que no quiero que se sumerja tu móvil en el agua de tus lágrimas, que lo de mensaje sumergido bajo el agua de la pantalla era en sentido figurado, como si la pantalla de tu móvil fuera la superficie del mar y mis mensajes peces o tesoros escondidos que tú sacaras a flote cuando los lees.
Y yo navegaré por la superficie del mar. Sólo tendrás que rozar, entonces, la pantalla de tu móvil, y ya estaremos al lado. Yo cerca de las montañas y tú de las islas.
Quiero decirte que merece la pena tu voz al otro lado de los hilos -tu voz que a veces es sólo un hilo que sin embargo es capaz de resumir toda la distancia entre nosotros - con este poema, ligeramente retocado, de Luís García Montero, que lleva por título: “Merece la pena (un jueves telefónico)”. La distancia más corta entre nosotros es la línea recta, sí, la línea recta de la figura del hilo de tu voz.
Y quiero decirte que cuando no hablo contigo, por lo que sea, algún día, es como si llamo a la vida y no la encuentro, no se pone, es como que toda la vida comunica.
Y es esa sensación de quedarte como tonto con el teléfono en la mano mientras escuchas el pitido. Esa sensación de que estás buscando algo al otro lado, llamándolo, algo que tú no tienes, y que no encuentras: la otra parte de tu vida. Es como llamar al aire y no encontrarlo en casa. Como esa canción de ayer, la de “el aire en que no estás".
El teléfono de la vida comunica hasta que tú lo descuelgas. Viajas, sonríes. Me marcas como si yo fuera un teléfono, me marcan tus palabras. En el aire de tu voz se completa el círculo del norte y el sur de las fronteras telefónicas.
Hablar contigo hace que la Tierra sea redonda.
.
.
MERECE LA PENA
(UN JUEVES TELEFÓNICO)
.
Trist el qui mai ha perdut
per amor una casa
(Joan Margarit )
.
Sobre las diez te llamo
para decir que tengo diez llamadas,
otra reunión, seis cartas,
una mañana espesa, varias citas
y nostalgia de ti.
Sobre las doce y media
llamas para contarme tus llamadas,
cómo va tu trabajo…
debes sin más remedio hacer la compra
y me echas de menos.
El teléfono quiere espuma de cerveza,
aunque no, la mañana no es hermosa ni rubia.
.
Sobre las cuatro y media
comunica tu siesta. Me llamas a las seis para decirme
que sales disparada,
que se queda tu sobrino en casa de un amigo,
que te aburre esta vida, pero a las siete debes
estar en no sé dónde,
y a las ocho te esperan
en la presentación de no sé quién
y luego sufres restaurante y copas
con algunos amigos.
Si no se te hace tarde
me llamarás a casa cuando llegues.
Y no se te hace tarde.
Sobre las dos y media te aseguro
que no me has despertado.
El teléfono busca ventanas encendidas
en las calles desiertas
y me alegra escuchar noticias de la noche,
cotilleos del mundo solidario,
que se te nota lo feliz que eres,
que no haces otra cosa que hablar mucho de mí
con todos los que hablas.
Nada sabe de amor quien no ha perdido
por amor una casa, una familia tal vez
y más de medio sueldo,
empeñado en el arte de ser feliz y justo,
al otro lado de tu voz,
al sur de las fronteras telefónicas.
16/05/2007
POR VEZ PRIMERA

(un año con Felismina)
TU pasaporte nació escasos días antes de volar, pero aprendió pronto a llevarte. Precipitándose,
igual que si hubiera un donante compatible de algún órgano a cientos de kilómetros y el tiempo se acabara, pusieron los pies en la tierra tus billetes de avión, para bajar hasta ti, ser posibles a tu altura, tomarte de la mano, la mala, elevártela con el tiempo por encima del hombro. Espera, no corramos tanto. Tomarte de la mano, la mala, subírtela al avión, ¿te sentaste al lado izquierdo o al derecho? Subirías la escalera desequilibrada, con el brazo izquierdo sin pesar, el equilibrio rompiéndosete. Recuerdas hoy, entonces: ¿al lado izquierdo o al derecho? Con los cinco dedos encogidos iba un ala del avión, el meñique sobre todo, tan retorcido como un papel cuando se quema. Hacía ocho meses y medio que te caías en la lumbre, y te caías todos los días porque todos los días te levantabas por la mañana con tu brazo quemado que no se levantaba. Era lo único que dormía en tu cuerpo a todas horas. Y entonces te subiste como una pavesa al avión, para que tu ala despegase cuanto antes de aquel fuego que ya no la consumía, pero que le robaba el aire necesario para usarla, si no ya como ala, porque no sé si tenías tanta imaginación, al menos como mano. Me refiero a que Mozambique, que no debes recordar como una lumbre, tampoco tenía la atmósfera precisa que curara tu brazo. Y eso te dejaba torcida ante las cosas que se encuentran de frente en la vida: no sabías la diferencia entre derecha e izquierda, porque sólo podías señalar con la derecha. Nunca hubieras podido estimar más que una opción, porque tu brazo derecho se hubiese adelantado toda la vida a tu brazo izquierdo.
Tras Maputo, Johannesburgo y Frankfurt, por un avión que salió el 13 de mayo a mediodía, llegaste a Bilbao el 14 por la tarde, con Francis y con Rita. Karin, la hija de Francis, os había acompañado también durante gran parte del viaje. Así, el domingo 14, los que pronto serían para ti papá y mamá, me llevaron a Madrid a media tarde. Nos dimos una vuelta por la Plaza de Oriente y unos helados, y llamé a Francis. Estabais bien. Papá os compró a las dos niñas ese pollito amarillo al que ibas a dar cuerda al día siguiente, sin posibilidad de decidir, con la derecha, mientras lo estrujabas como podías con la izquierda. Yo cogí el tren a Bilbao a las 22.45 h. en Chamartín, y vi cómo cuando se lleva esperando mucho tiempo encontrar a alguien al día siguiente se ve pasar toda una noche por la ventanilla, en este viaje que es la vida. Me di cuenta de que el sillón podía reclinarse a las 5 de la mañana, quizás tenía un resorte que se accionaba por tiempo y que impedía que se hubiese inclinado antes, pero creo que lo que pasó es que no encontré la palanca, hábilmente escondida bajo el lado derecho del asiento, y pensé que quizá tú sí hubieses encontrado antes cómo reclinar el sillón, porque, hubiera sido buena suerte la tuya, la palanca estaba en el lado derecho, aquel que te permitía seguir a tientas a la vida porque las cosas del lado derecho sí podías escogerlas. En ese momento, tú podías actuar en la vida solamente la mitad de las veces. Y sucedió que, ya habiendo reclinado el asiento, me tumbé en él por compromiso, nada más, sin mucha pasión ni astucia por dormir, porque ya hacía tiempo que los sueños, para mí, sólo merecían la pena al despertarse.
En el andén de la estación de Abando, a eso de las 7, me cambié de camiseta, y me encontré a la mañana de Bilbao, limpia y fresca, como una cara bonita que se despierte junto a uno con el rocío ya a punto para ser besado. Era la Gran Vía el paisaje de aquel paseo. Fui buscando el café “Iruña”, donde había quedado con Francis para un par de horas después, y me senté a escuchar la radio en los bancos de enfrente, en el parque de los árboles verde oscuro, a ver si en las noticias del día 15 salías tú por algún lado. Sólo por teléfono salías. Una llamada al rato me dice que siga por Gran Vía, buscando Plaza Elíptica, hasta la puerta del café “Metro Moyúa”. Llevo diez minutos esperando cuando se me acerca un señor de pelo blanco, que medio cojea, sonriendo a través de su cara, porque su sonrisa viene siempre de más dentro, y nos damos un abrazo.
Lo de siempre, qué tal el viaje, la vida cómo va. Pasan otros que se paran, se sorprenden, le dan a él la mano o un abrazo. Qué tal por allí con los masais, le dicen. O dónde era donde estabas. En Mozambique, dice él. Y, un momento tan sólo, los edificios de pisos de Bilbao pasan a “palhotas” y el sol sale abrasador a evaporar el frío más hacia el norte.
En ese momento llega Luís Bastida, y nos tomamos algo en el bar. Los dejo solos. Paseo por las calles, las plazas, el Guggenheim…. Tú estabas en la casa de Ander Mezo, el ginecólogo de Bilbao que se iba a encargar de Rita, la otra niña enferma que llegó contigo. La idea era que descansases todo el día, y tú y yo nos fuésemos para Toledo el día siguiente. Yo iba a pasar la noche en San Sebastián, donde Mercedes, mi amiga bióloga, me iba a dejar un hueco en su piso. Vuelvo a ver a Francis y a Luís, que se va para Madrid en unas horas y me dice que nos vayamos con él, más cómodamente en su coche. Así que hay cambio de planes, llamó a Mercedes y se lo cuento, ya nos veremos y te verá a ti en otra ocasión. Llegas con la mujer de Ander y con Rita. Os doy un beso. Francis te pregunta que si te acuerdas de mí. Nos conocíamos de antes, de Muhalaze, de tu escolinha, ¿lo recordabas? Tú no decías nada. Parecía que estabas en otro mundo, o en tu mundo. Yo te digo algunas palabras en portugués, pero nada, que no hay quien te saque una palabra. No habías salido jamás de la sabana, era otro planeta esto para ti. De repente, Rita rompe sin por qué a llorar y tú, viéndola, la sigues. Os compramos unos caramelos.
No da tiempo a mucho más. Tu maleta es casi tan pequeña como mi mochila, sólo que yo llevaba equipaje para dos días y tú llevabas en ella la vida entera. Cuando te subimos en la parte de atrás del coche y ves que Francis no se viene, rompes tus ojos, acomodada en la sillita, y se caen en saltos de agua. Luís empieza a conducir, yo voy detrás, a tu lado, pero no hay cercanía que te consuele. Tú estabas lejos, muy lejos…. Ya con el pollito en la mano te vas callando. Te enseño a darle cuerda. No te digo con qué mano, pero tú siempre sales con la derecha.
Comiste pollo y macarrones en un área de servicio. No recuerdo si llegaste a dormir, pero ibas más tranquila que volando, porque en el avión llorabais mucho más, dijeron. Luís nos deja en Atocha y va a comprarnos los billetes para Toledo. Es la primera vez que estamos solos. Bueno, no del todo, también están el pollito y un globo. Pero ya me haces más caso cuando te hablo. En Atocha dijiste “David” por vez primera.
A Toledo va a recogernos Esperanza. Llegamos a casa, a nuestra calle, que me pareció distinta al resto de los días. Asustada ibas un rato, y tu primer juguete fue María, la muñeca de trenzas pelirrojas. Te soltaste pronto, el globo ayudó a ello. Y nos dimos un paseo: fuimos a ver a los abuelos, a la tía Mari…. Te dimos el primer baño y al salir, todavía lo recordamos muchas veces porque son las primeras palabras tuyas que recuerdo en nuestra casa, fue cuando dijiste aquello de “tomé banho”.
Sólo tenías un hilo de voz
que colgaba de algo muy fino,
transparente.
Yo creo que fue el primer baño, como tal, de tu vida. Y de cena, ¿lo recuerdas? ayer, que hacía un año que llegaste, cenaste lo mismo: leche con “bolachas”. Las primeras veces las comías a velocidad increíble, no parabas de llevar la cuchara, con la derecha, claro, a por un trozo de galleta entre la leche, y subirla a tu boca, donde tu mano izquierda sí que no podía subir. Cuando yo te decía que fueras despacio, dejabas la cuchara en la mesa y parabas del todo. Me mirabas, y hasta que yo no hacía algún gesto no reanudabas la acción, y entonces te embalabas otra vez. Tenías miedo, estabas asustada. Yo sólo te decía que fueras despacio para que no te atragantaras.
En el salón, en un instante tú y yo solos otra vez, te diste cuenta, o ya te habías dado cuenta pero no te habías atrevido a decirlo antes, dijiste: “Rita no está”.
Supongo que te sentías más sola todavía que esta mañana, sin la otra niña que era como tú. Pero pronto fuiste confiándote a nosotros, quizá porque tu instinto de supervivencia te decía que no tenías otro remedio.
A todo lo que te preguntábamos decías que sí. Lo mismo era decirte que si tenías frío que si tenías calor. Sólo un “sí” pero muy lejano todavía, como si viniera de muy dentro de ti, donde estaba allí escondido, como tú, si hubieras podido esconderte. Sólo sí. Sólo tenías un hilo de voz.
Te subió mamá a la habitación, y cuando llegué yo me dijo que habías dicho tú, en advertencia: “los zapatos”, porque no querías pisar la cama, aun sin haber visto nunca ninguna, probablemente. Te acostamos en la cama de la derecha, la más pegada a la pared, con una almohada enorme entre ti y la pared, y juntamos la otra cama, la mía, para que no te cayeras por el otro lado. Te acostamos con la muñeca María y con el oso amarillo que me regalaron a mí cuando nací, y tú mirabas que se te salían los ojos de la cama, y hasta de la noche, con esa luminosidad negra que tenían y que tienen.
Cinco o diez minutos después, volví a la habitación y ya estabas dormida. Me preocupaba que no pudieses dormir esa noche, pero caíste pronto, seguramente a soñar que tu piel era una hoja perenne.
Cuando llegó papá de trabajar subió a verte, pero tú no le conociste hasta el día siguiente.
Y a eso de las 4 o las 5 de la madrugada, me desperté escuchando una respiración fuerte. Al principio, adormilado, no me di ni cuenta, pero cuando unos minutos después me volví, te vi en el suelo, sobre la estera de esparto que hizo el abuelo Jesús, y allí estabas, gimiendo, asustada, tu corazón latiendo como si fueran dos corazones a la vez, y con las marcas de las tiras de esparto en los mofletes y la frente, de haberte tumbado sobre ellas.
No te gustaba la cama, tú estabas acostumbrada a dormir en el suelo, como nos empezaste a decir poco después. Pero yo te levanté, estabas casi ardiendo, aunque no llegabas a quemar. Volviste a apoyar la cabeza sobre el brazo derecho, en esa postura de medio lado que te gusta tanto. Dormías siempre, las primeras veces, del lado derecho. No tenías elección ni para dormir.
Ese fue tu primer día enteramente con nosotros, 15 de mayo de 2.006. Ya dormiste de un tirón, o al menos no volví a escucharte ni a encontrarte en el suelo por la mañana. Y el día siguiente llegó, más relajado, tú lo empezaste a hacer todo fácil. Nos empezaste a hacer más fácil la vida.
Y esto te lo digo sólo a ti, Felismina: cuando tengo algún momento en que estoy tan bajo que quiero que se me olvide hasta mi nombre, para volver a volar yo me acuerdo de que en Atocha dijiste “David” por vez primera.
04/05/2007
EN EL DÍA DE LA MADRE

Felismina es el mejor regalo para cualquier día, para una madre o una abuela, un padre o un abuelo, y estos poemas, aunque son de noviembre de 2005, siguen siendo, de hoy también, un regalo más que de mí a ellos de ellos a mí.
Gracias.
.
a mis abuelos
.
QUIERO decir algo a alguien que quiero.
Siempre que hace frío, su lumbre es la que arde.
Ellos dicen que son viejos.
Él era quesero.
Y ella está siempre haciendo el bien hasta tarde.
.
Tienen una casa donde llama todo el mundo:
los niños porque saben que les darán caramelos,
y los grandes cuando quieren llevarse algo profundo.
Yo voy porque me lo dan todo mis abuelos.
.
Yo tengo un sueño que con ellos comparto
donde salen bien sanos los niños africanos.
Por eso, él está haciendo cacharros de esparto,
y ella siempre hace el bien con sus manos.
.
Porque hay mañanas que los huesos le duelen,
y el ojo o la alergia le molestan a ella,
les llevo yo al médico, para que rían y se cuelen
a mí a curarme, como a la noche la estrella.
.
Son Flora y Jesús, o Jesús y Flora,
y aunque se lo dije antes, ya a lo primero,
esto es tan largo que se lo digo ahora:
porque todo empieza y acaba en que los quiero.
.
a mis padres
.
Mientras ella se peina, él hace el desayuno,
o abre la tienda, o trae alguna cosa;
y ella da el buen día cuando él busca uno,
como buenos días dados donde hay una rosa.
.
Yo he tenido con ellos lo que nadie ha tenido,
más de Peter Pan un disfraz, y una bicicleta
que era de piñón fijo; y para hacer el ruido
que ha de hacer un niño, un tambor y una trompeta.
.
Recuerdo que en mi calle el suelo era de arena,
y yo crecía creyéndome el héroe de los cuentos,
enredando por el pueblo hasta la hora de la cena.
A veces me buscaba el ruido del seiscientos.
.
Dice la gente ahora que a él yo me parezco
en más que tener torcido el dedo meñique.
Por aprender de mi padre, en el mundo crezco
con cada niño que me espera en Mozambique.
.
Nunca me ha faltado un jersey ni un vaso
de leche caliente cuando estaba enfermo,
porque gracias a mi madre, que siempre ha estado a un paso,
yo siempre he tenido un sueño cuando duermo.
.
Si alguna vez yo tuve algún juguete roto,
también hicieron ellos –y eso no se olvida-
que me olvidase de llorar, sentado en una moto.
A mis padres los quiero como a nada en la vida.
20/04/2007
RECUÉRDATE

(foto: "a estas Alturas de tu vida") 20 de abril del 07
.
No están las bicicletas de mi niñez ni el cine de mi pueblo
No están los partidos de fútbol en las eras con dos piedras por porterías ni los caminos sin tantas rodadas de coches
No están el jersey de cenefas que me hacía mi madre ni el “tente” que me regalaba por ser bueno mi padre
No están los huesos fuertes de la columna de mi abuelo antes de la osteoporosis ni los días en que mi abuela todavía podía subirse a limpiar los tejados
No están los boletines de notas que tenga que llevar a que me firmen ni las vacaciones con todo hecho………..
.
Aunque no está todo eso que era nostalgia
ha vuelto a ser alegría en mi vida desde que ella no hace falta
.
Siempre estará una canción en “20 de abril” (del 90) que a pesar de decir “melancolía” a mí me la disipe
Una canción de “Celtas Cortos” con la que olvidar las cartas que nos envía el pasado
.
Ya no están sus recuerdos ni siquiera son
No están tan vivos ni el Capitán Trueno ni Sigrid
Nosotros los de entonces ya no somos los mismos (dijo Neruda)
Ya no queda casi nadie de los de antes
Ya no queda ninguna letra de quien fue, ya no es en mí
“Déjame” no es sólo una canción de “Los Secretos”
Esta vez en serio te lo digo
(Dile tú lo mismo al pasado)
.
Y ahora que ya no está ella, que la tengo del todo en la nada de su propio olvido
Quiero decir a quien lee mi carta de hoy
Que con el tiempo yo he podido volver a recordarme a mí mismo
Que siempre se puede volver
A empezar
Y que desde hoy
Recuérdate
Que tú también lo harás
.
.
.
(sólo quiero decirte, como otras veces, que te recuerdes, que recuerdes tu vida sin dolor, con alegría, que más que el pasado te recuerdes a ti misma hoy, cada día,
sólo quiero decirte que el presente son todos los recuerdos de tu vida juntos,
y que si tú eres feliz cada "hoy", habrás sido feliz cada día de tu vida,
siempre se puede volver a empezar a vivir incluso lo que se nos quedó parado, a recuperar la alegría que se perdió durante algún tiempo,
y tú lo harás algún día, ya verás. Te deseo que sea pronto, para ver que "y tú sigues con tus sueños....".
Buen viaje hoy, siempre tendrás un viaje por hacer, ¿lo ves?
Ya sabes que en tu futuro tú eres la única imprescindible. En él sólo eres necesaria tú.
.
Un beso. 20 de abril 07)