CULTURA DE ALTURA (el horizonte de Elidio)

(Elidio es el de la derecha)
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La primera vez que oí de él fue el 3 de junio de 2.005, durante la comida, después de una reunión de la ONG para preparar el viaje a Mozambique que se iba a realizar en agosto. Francis estaba con nosotros aquel día y nos contaba historias de la cotidianidad en Mozambique: cómo pervivían las viejas costumbres milenarias entre la población de Muhalaze, cómo hace 2.000 años las cosas allí no podían resultar nada distintas a las de ahora.
Cuando levantaron el centro de salud y el puesto nutricional, crearon unos pequeños huertos alrededor de ellos para que fuesen cultivados por las personas que se beneficiaban de las construcciones. Y se buscó agua a varios metros por debajo del suelo, a demasiados metros para buscarlo a fuerza de pico, y se elevó el agua a un depósito en una torreta, con una placa solar orientada al sur que generaba el trabajo suficiente para, cada jornada, subir el agua exacta, ni más ni menos, que llenaba el recipiente con la linfa a utilizar durante todo el día, para beber, para regar (hay fresas, incluso, y tomates fantásticos), o para los enfermos que acudían al centro. Una placa que podría haber sido esférica, me atrevo a señalar, porque en Muhalaze, cualquiera dirección, izquierda, derecha, arriba o abajo, apunta al sur. En Muhalaze sale el sol por todos sitios, y se oculta por los mismos. Los domingos, al no tirar del agua almacenada, se podía lograr sacar más del necesario, de modo que se hubiese desperdiciado en un lugar donde valía más que el oro, si no se hubiesen regulado los rayos de sol que tenían que trabajar, incluso en fin de semana, para que el agua, una propiedad poco vista, saliera sólo en determinadas cantidades, decía Francis.
Y construyeron el pozo a golpe de compás, redondo como hecho con un vaso hincado, que se llenase boca arriba. Y la placa solar, difícil en Maputo, se pagó desorbitadamente, como si se hubiese sacado al sol de su elíptica. Francis no escatima en sistemas solares para Muhalaze, él mismo es un satélite, siempre alrededor de planetas más pobres.
Y se inauguraron las construcciones de Muhalaze, 20 de agosto de 2.004. Nosotros estábamos allí, pero no conocimos a Elidio. Vimos a la hermana Elena en el centro del corro de las mujeres viejas, bailando y aupándola, vistiéndola con capulanas y abrazándola, con tradicionales agradecimientos iguales, posiblemente, a los que tributaban hace miles de años sus antepasados, quienes hoy se mantienen en un estado de frontera próximo, cercano a la vida de África actual. Quizás la creencia más africana sea el culto a los antepasados, presentes en el aire que circunda.
El jefe del poblado, ataviado con una banda cruzada sobre el pecho, sacrificó una cabra y brindó por ello, para el buen desarrollo del centro de salud y el puesto nutricional.
Cuando, tiempo después, se construyó el pozo, no se realizó ningún ofrecimiento ritual, y por ello, un día que el agua dejó de subir por la pequeña tubería hasta el depósito elevado diez metros sobre el suelo, Elidio pensó que podía ser por aquel descuido en la forma de las tradiciones que él había visto desde que nació. Y se lo dijo a Francis.
“No jodas”, seguramente respondió éste.
La cultura de los pueblos es sagrada, y por eso yo estoy de acuerdo con Elidio: el agua no subió aquel día debido a la ausencia de conmemoración del pozo. Que se hubiese estropeado no sé qué elemento en las conexiones del panel solar es una explicación mucho más rebuscada, y más fría, que no estoy dispuesto a admitir como causa principal de avería. En todo caso, y sin saber yo la verdadera razón de no funcionamiento, pienso que la cultura no es una matemática, y que no se deben abandonar las manifestaciones, bellas además, en que se expresa la vida tradicional de un pueblo.
Cuando Francis lea esto pensará, otra vez: “No jodas, ¿tú también?”.
Y yo le diré que qué quiere esperar de una persona enamorada de África como es, con sus ritmos ancestrales y sus formas, con sus “cosas” que la hacen casi humana, con sus sencilleces cercanas como de niña especial, y sus realizaciones de arte imperfectas.
Yo arreglaría el problema moderno del pozo, y el antiguo; la conexión estropeada, para que volviese a salir agua, y el ejercicio del teatro, o la danza de la lluvia ascendente, para que el hombre no pierda su única identidad: la de creador de cultura.
Podría ahorrarme todas estas futilidades, pero entonces, sin ambiente, no existiría historia que contar, y África sería sólo un conjunto de piedras sin magia. Algo así como: “Podría ser real y omitir las luchas cruentas entre la caballería y los indios, pero usted quiere que haya película, ¿no?”, como más o menos dijo John Ford, porque la historia verdadera fue la de un pueblo sin piedad exterminando a otro, no la de batallas igualadas donde no se supiese de antemano quién vencería, fácilmente, además. Salvemos las distancias, en este caso.
Y Francis nos contaba esto el 3 de junio, y cómo Elidio, su ayudante, mano derecha, el capataz de las construcciones solidarias que él estaba diseminando por la sabana mozambiqueña, pensaba que, quizás, uno de los motivos de que el pozo no funcionase era lo desagradecidos que se habían mostrado con sus antepasados. Yo no me atrevería a contradecirle, ¿por qué no iba a tratarse de una conjunción de factores?
Si los pueblos que rigen hoy el mundo tuviesen esa sensibilidad, no ya con sus muertos, sino con los vivos, los problemas no tendrían un arreglo mucho más difícil que el del pozo de Muhalaze.
Todos respetamos la cultura de Elidio. Ésa fue la primera vez que escuché su nombre.