¡MEUS PARABÉNS, ELIDIO! (la boda)

20060824114642-elidio-3.jpg(Diego, David, Elidio y Francis, durante la construcción de la maternidad) 

 .

Conocí a Elidio el 2 de agosto, en Maputo, yendo a comprar unos cristales para la iglesia que se acababa de construir en Muhalaze.

 

Era una construcción eficaz, como todas las de “Aventura Solidaria”, que podrían utilizarse para cualquier otra cosa distinta a su función primera. Que nadie se imagine un nártex de acceso, o una pequeña techumbre sobre la puerta principal, ni arcos apuntados, ni de herradura ni de medio punto, ni coro ni crucero. El estilo solidario es más ecléctico que todo, se impone sobre gustos, tendencias, temporadas, es como un árbol en otoño, útil en si mismo, despojado. Allí va la gente descalza como Cristo, en un burro no porque no tienen. Y el que cree no guarda a Dios en preciosos materiales. Si allí hubiese oro (o plata, incluso incienso), Jesús enfurecido, con todas las de la ley, entraría a expulsarlos del templo. Lo venderían para comer, para alimentar el alma. El que cree se lo lleva a su casa en corazón. Nada de objetos, ni vanidades, ni vestidos. Que todo en esta sencillez es un ojo de aguja, y el resto es de ricos, con más volumen (jorobado) que camellos, tan grandes que no pueden, ni agachándose hasta el suelo, entrar por la puerta verdadera a este reino de pesebres.

 

La iglesia es una nave, paredes de blocos y tejado de chapa, nada más, que se puede construir en un pis-pas. Aquí sí que nacería Jesús a su gusto, no en las catedrales de oro donde se apena y piensa: “¿pero es que no entendéis nada, no ya de lo que os conté, sino de cómo viví?” Y el buey y la mula son el clima de África.

 

Compramos las vidrieras más baratas del mundo: del color de la luz. Sólo puestas para evitar a los mosquitos. Montó Elidio detrás, en la zona abierta del coche, y nos dirigimos, kilómetros adentro por arenas infinitas, al centro de nosotros: Muhalaze.

 

Así le conocí.

 

****

 

Tenía 26 años, uno más que yo, pero me sacaba, así a ojo, una cuarta de grandeza, sino más. Y más esbelto, como el principio de una palma, que siempre te estrechaba con firmeza. Era más alto por fuera y más inmenso por dentro, que cualquiera de mis medidas.

 

“Aquí, en Mozambique, es difícil que se te cumplan los sueños” (en portugués en el original), decía él. Hacía 12 años que trabajaba en la construcción, aunque él hubiera dado lo que fuera por haber estudiado. “No me gustaba al principio, pero ahora es mi trabajo y me dedico a él con todo lo que puedan dar mis manos”.

 

Pero no era verdad, en toda su profundidad. Porque dentro de él daban de sí sus manos. No había ido a la escuela casi nunca, o muy poco, pero se ponía a hablar del viento con tanta propiedad que no te dejaba casi respirarlo, o comentaba sobre el mar y veías brillos salados en sus ojos. No es que no quisiera escucharte, es que sólo su voz sonaba, y si se callaba para que tú hablases, sólo te salían silencios. Yo no sé portugués pero entendí perfectamente que a la poesía le llevó la tristeza sentida cuando le abandonó una novia. En este punto, recuerdo que sí hablé, a veces la poesía también es feliz y se celebra. Lo dije, pero no estaba demasiado convencido, porque yo también llegué al verso por la puerta del dolor inaccesible. Es posible que a alguien completamente realizado le dé por la poesía, pero no es el caso más común. La mayoría, al menos al empezar, escribimos porque nos falta algo, no porque nos sobra.

 

Y Elidio hacía igual las construcciones de palabra, que las de obra: con pasión. Cuando, el 8 de agosto, bajo un sol de injusticia, comenzamos a replantear la maternidad de Muhalaze, Elidio era un torbellino clavando estacas, tirando cuerdas de un lado a otro, sacando ángulos rectos mediante la proporción 3-4-5 de un triángulo rectángulo, con la ayuda de un metro. Dibujamos la planta en el suelo, casi en menos tiempo que una impresora, y quedaba mucho mejor que en la pulcritud del papel, en la rugosidad y en los yerbajos, y en la imaginación de que los niños iban a nacer con más posibilidades de vida gracias a esa arquitectura que, sin embargo, pocos arquitectos firmarían, objetando no sé qué minuciosidad en alguna proporción, o que él no firma una nave de pollos, o un edificio de cubierta inclinada, tan poco moderna, o, como me dijo una vez un profesor ante un ejercicio que resolví con demasiada poca complejidad: “es que es de primera derivada esto que has hecho, no es que esté mal, es que tiene poca chicha, y las futuras generaciones no te recordarían por este edificio, caerías en el olvido por su falta de originalidad.”

 

Bueno, a otra cosa mariposa, que la arquitectura está después del hombre, y ya hace varios meses que están llegando las cigüeñas a esa nave que ha de ser más fantástica por sus contenidos que por el continente (que si nos refiriéramos a África, sería maravillosa por ambos).

 

Y Elidio escribe, a pesar de que los sueños es difícil que se le cumplan, sobre todo poemas, verso libre, alguna rima que se cuela de vez en cuando, y cuartetos, su forma favorita.

 

Y Elidio vive, en Khongolote, en lo más pobre de la tierra, en una choza, en una ausencia, a pesar de carecer de todo, con el orgullo de ser, aunque él no lo sabe, el poeta más profundo del mundo.

 

Y Elidio no gusta del fútbol, que me lo dijo, sí de la música. Y no puede leer demasiado, ¿en qué biblioteca? Y Elidio es poeta porque es su función, y lo hace a conciencia, destapar la belleza que, si me permiten la hipérbole, saca a relucir desde el corazón de las tinieblas.

 

Tinieblas de luz, limpias, vacías. Cosas de la pobreza.

 

No conozco la casa de Elidio, la espero algún día. Allí estarán “Los versos del capitán”, de Neruda, y el poema en que Pablo a su mujer le dice: extirparemos la pobreza del mundo del corazón de los hombres.

 

Y tú ya lo has hecho, Elidio. La pobreza empieza más allá de tu piel. Mira tu escudo: tiene un baobab, tiene un rinoceronte y una lanza. ¿Has leído “El apellido”, de Guillén? “Yo soy también el nieto, bisnieto, tataranieto de un esclavo. Que se avergüence el amo.”

.

Recuerdo la mañana que me fui para Pemba, a 2.000 kilómetros de Maputo. Tú me diste una bolsa amarilla, medio rota, con 3 ó 4 kilos de manzanas, para un amigo tuyo del norte. Me sentí manzano, Elidio, esa mañana. Gracias de nuevo, poeta amigo.

Y luego, meses después, separados por 8.000 kilómetros, me entero que te casas. Creo que en la iglesia de los cristales, en esa nave perdida en el desierto. En sms, decías: “Bom dia amigo estou muito bem as bodas 26 de agosto você esta embitado de certeza estarás aqui para um vinho da rioja”.

Pero la pobreza ha querido que no sea yo quien viaje esta vez. Vino Felismina, que te digo (al oído) eres su amor platónico, como se puede serlo para una niña de 5 años. Dicen que los niños adivinan qué personas los aman, y a Felismina, por ello, al hablar de ti, se le ilumina el recuerdo, no me digas cómo, pero se le ilumina. Lo veo.

Y luego, tú que no gustas del fútbol, me felicitaste cuando España ganó algún partido del Mundial. Ibas con España, como yo voy con tu equipo.

Te leo cada vez que me acuerdo de África, y me gusta no saber portugués, porque lo estoy aprendiendo en verso, de ti. Gracias por tu regalo el último día que estuve en Mozambique, cuando ya en el aeropuerto, llegó Francis con 3 grupos de folios grapados: tus versos. De ti no pude despedirme. Me quedé sin hora, literalmente. Espero que conserves el reloj que ese día di a Francis para ti, hasta que volvamos a vernos, y el tiempo eche a andar, de nuevo, para mí. Sólo los minutos del sur cuentan.

Hace un año ya que no hablamos de poesía. Bueno, tú, porque yo no sé hablar mucho, y menos de poesía. Se me da mal hablar, y aunque tú no puedas leerme esta vez, porque la red de Internet no llega a tu casa, espero que la pequeña carta de mi puño que te va a llegar en unos días, la valores como sólo alguien igual que tú podría hacer: el único regalo no vulgar e imperecedero son las palabras de amistad. El obsequio que va añadido disfrútalo como mejor te parezca.

Y que Francis te deje echar un ojo a la pantalla, que él sí tiene Internet, una mañana, cuando estés en su casa. Si no entiendes algo, que él lo traduzca.

Ya sabéis: brindad los dos el próximo sábado. Yo me acordaré de vosotros, os imaginaré riéndoos. Mandadme también alguna foto.

Nada más, este año agosto ha sido septentrional para mí. Pero volveré por allí en unos días. Habrá un pájaro que no tocará la tierra, ése seré yo. Y un árbol callado -como los que me dan voces a mí- que también seré yo. Como soy bastante incompleto y me falta de todo, estoy pensando escribir el próximo sábado un poema donde sea ambos seres, pájaro y árbol. Sabéis que no estoy demasiado centrado en mí, así que no me costará mucho creerme en el vuelo y en la raíz de Mozambique.

Hasta la vista. Soy David del Sur porque os tengo a vosotros allí, amigos míos.

Francis, un abrazo.

Cuidadme los árboles, los pájaros, vuestra amistad natural.

 

Que seas feliz con tu mujer y tus hijos: parabéns, Elidio.

24/08/2006 11:37

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Autor: YUMA

Oye david quiero hacer saber, desde este espacio, que te agradezco que hagas tantas cosas, ya que subes la media de solidaridad, a la que otros no llegamos. Sigue así, y si es por nuestras acciones por las que se nos juzgará, acuérdate de prestarnos algunas.

PD.:Me debes 10.000 ptas de whisky.
¡Qué finolis!!

Fecha: 25/08/2006 02:02.


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