sólo ELENA

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Foto 1: el poblado de Muhalaze le agradece a Elena que sea Elena.

Foto 2: “No te vayas de Muhalazeeeee!”

Foto 3: Luisa, Elena, y las maletas de medicinas y utensilios que se colaron por 3 aeropuertos.

 

(con motivo de la visita de Elena a Felismina en Guadamur, cosas que yo tenía que decir)

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CUANDO entró por la puerta, empezó a recordarme el olor de Muhalaze, las frondosas copas de los canhueiros tras la estación de las lluvias, y el mar de arena, el mar que acoge huellas cuyas formas no siempre corresponden a las de los pies que se hunden en su olvido. No es que el suelo de la sabana se trague las pisadas de los niños descalzos, sino que, al contrario, no deja que se planten en él para crecer, lo que hace que irremisiblemente, estos niños, no tengan nutrientes para sus raíces, cosa que aprovechará el viento del tiempo para deshacerlos en mínimas fibras de atmósfera.

Cuando entró por la puerta, viví en el poema 5 de Neruda, “…mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas”. Elena Cruz (será Cruz del Sur, aunque ella nunca me dijo su segundo apellido) traía en la mente a cada uno de los niños que cura en África y a los que alumbra, ella, que es constelación (la Cruz del Sur es la constelación más maravillosa de todo el cielo, un cielo sin hemisferios) su noche, cuando es más difícil. Traía en la cabeza la enfermedad y la posible forma de curar a cada niño de su problema concreto, y traía en la cabeza a niños que ya se habían hecho definitivamente aire, que ya se habían vuelto más ligeros que el suelo de África, niños ya sin curación. Elena entró por la puerta de mi casa con Muhalaze en la cabeza y en el corazón, y eso lo noté yo cuando las baldosas del salón se volvieron de arena, pero sobre todo cuando, poco después, Felismina, que dormía la siesta en el sillón cuando Elena entraba, pisó descalza y al momento sus huellas se adelgazaron como con nostalgia de tanto tiempo sin sentir el dulce peso de esta niña en sus amargos granos.

A Felismina la curaba ella cuando estaba allí, antes de volar hacia España.

De mis viajes sólo me gusta traer recuerdos que fueron vivos en África: arena, piedras, un pedazo de bloco como los que construyeron la maternidad de Muhalaze, un palo seco de canhueiro, o un fruto de acacia, arqueado, con sus dos extremos mirando hacia ti, como una espada que no quiere matar a nadie, con sus semillas dentro y todo. África vive en mi casa en estos seres muertos que a mí me recuerdan que ella está viva. La parte dura y telúrica de África está sobre la mesa de mi habitación. Pero todo eso lo cambio por una sola visita de un recuerdo de verdad vivo de África.

Elena.

Se sentó con Felismina, que tardó en pronunciar una palabra, entre la timidez primera que le entra y los nublados de la siesta todavía sin irse. Por fin, cuando rompió, Elena le habló de Clara y de Artemisa, que el año que viene empezará la escuela, de Bernardette y de Gina, la pequeña como un pájaro, de Fránçes…. (ay, Fránçes, confieso que me acuerdo de ti más que de ningún otro niño), de Emilia, Herminia y Cremilde, quienes cuidan a los niños del centro nutricional de Muhalaze, de mamá Isabel, cocinera, de Fátima, la de la sonrisa en la cara, la que traduce en el consultorio médico el ronga de los enfermos a portugués, la que dice a la hermana Elena: a éste le pasa esto y a aquel aquello.

Porque Elena, la hermana Elena, esta Elena que trajo África a mi casa, es la persona más buena del mundo. Quizás las haya tan buenas como ella, pero no mejores. Me da igual que esto suene a sensiblero, que parezca hasta tonto, y que no me preocupe para nada si lo digo de modo literario o no. Ahora mismo me dan igual todas las palabras menos una: Elena.

Yo la he visto en un puesto de salud (levantado gracias a Francis y su "Aventura Solidaria") que la tiene sólo a ella, pues carece de casi toda medicina menos una: Elena. He visto a decenas de personas que después de caminatas descalzas a través de los kilómetros, se agolpan en la puerta, o se tumban bajo un árbol a esperar, para que ella, Elena, les cure las heridas, las quemaduras, o el inquebrantable dolor. He visto, cada miércoles, coger a los enfermos graves que ella, Elena, no puede curar, y llevarlos en su pequeño coche al hospital de Maputo. He visto atendidas, en épocas de malaria, a más de 1.000 personas en un mes, por una persona sola, sólo Elena.

Elena, la hermana Elena, esta Elena que trajo África a mi casa, Elena la enfermera.

Le he visto pasar consulta de siete y media a tres, dar luego unos pasos, hasta el centro nutricional (en Muhalaze están juntos el centro y el puesto de salud) y comerse el mismo plato que dos horas antes han comido los niños: quizás un poco de arroz, o xima, con algo de verdura. Le he visto dar un poco de ese plato suyo, ya escaso de por sí, a algún niño de los que todavía andaba por allí correteando sin irse a su casa. Le he visto recoger y limpiar el puesto de salud, montar en el coche a los niños más pequeños que acuden al centro nutricional, y a los que nadie va a recoger, montar a cuantos niños cupiesen en el coche y repartirlos por el camino en mitad de la sabana, haciendo paradas aquí o allá según donde estuviese la cabaña de cada uno, que ella se sabía de memoria: aquí el árbol donde dejamos a Alexandre, aquí el de Fránçes, en este se bajan fulanito y menganito… (he visto a su coche quedarse casi encajado en la arena, por llevar, un día que me dejó conducir a mí, a 9 adultos y 6 niños, en un coche de apenas 5 plazas). He visto caer la noche en el Trópico de Capricornio, desde su coche, con ella repartiendo a algún niño todavía.

La he visto siempre riendo, animando al enfermo más triste. La he visto con una guitarra cantando “La tuna compostelana”, o “No te vayas de Navarra” (de su Navarra, donde nació, de donde nunca se ha ido, pues Navarra va con ella), la última vez que la vi en Mozambique. Aunque a todos nos llenaba la pena, ella nos arrancó sonrisas y canciones aquella tarde.

Su nombre completo es Blanca Elena, aunque podría escribirse el primero con minúscula, pues el epíteto “blanca” la caracteriza, blanca Elena. Pero nosotros la llamamos sólo Elena, o irmá Elena, como los niños de Muhalaze, que viene del griego y significa “antorcha”, pues realmente ilumina ese rincón de África. No podía llamarse de otro modo.

Gracias a ella he visto tantas cosas que no se ven…  tantos horizontes inabarcables pero alcanzados dentro de ella misma… tantas cúspides tenidas por insuperables hasta que detrás de ellas salía el sol rebasándolas… He visto demasiadas cosas para la vista sólo, de modo que empecé a percibir sus luces con el resto de sentidos: el olor de Muhalaze, la sonrisa en clave de sol, la música en el tacto de la guitarra, el sabor de los niños desnutridos que se mantienen en el centro nutricional… Todo esto he visto, aunque es imposible demostrarlo, no hay fotografías que revelen su esencia, ni palabras ni poemas que la reflejen aunque rebosen de sinestesias.

Y la he visto en mi casa, con Dulce -una amiga que la acompañó-, con mi madre, con Luisa (no una amiga, sino, como Elena, más que una amiga, con la que puedo compartir todo esto, porque ella lo sabe, mejor que yo sin duda, al haber estado junto a Elena en Muhalaze, curando a gente ambas, médico y medicina). Dimos un paseo por el pueblo. 16 de octubre de 2006, por la tarde. Poco tiempo. Pero a ella la esperaban en África, donde volvía al día siguiente. Recuerdos para unos y otros. Hasta prontos. Que la próxima vez nos veamos en Muhalaze.

Paradójicamente, cuando siento más, y más hondo, cuando tengo más cosas que decir, no me salen. Quisiera presentaros a Elena a todos, pero es imposible, se me adelgazan las palabras como huellas y como gaviotas que se alejan, sé que no lo lograría. Mi escritura es sólo un vehículo, pero no como el de Elena, donde cabe tanto bien y tanta gente. Escribo hojas, aunque nunca sacaré la raíz.

El mundo jamás se hará palabra. Y aunque lo sé, me siento derrotado por no saber expresar lo más mínimo la presencia de personas que hacen un mundo. Cuando llegue el momento en que me hagan el resumen de mi vida, espero que (olvidando un poco todo lo que hice mal) pongan sólo énfasis en que lo más alto que logré fue encontrar a algunas personas a quienes quise parecerme, con quienes compartí lo único que en mí había, por quienes di cuenta de que mi vida mereció la pena de vivirse feliz y pobremente.

Nada más. De mí digan que escribí una palabra que hace un mundo: Elena.

18/10/2006 20:33

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