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13/11/2006

UNA

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QUIERO VERTE DORMIR sólo una vez

para conocer de los cantos su silencio;

saber qué es el ocaso, el deshacerse,

el lugar en que los ojos se hacen manos.

_

Quiero que la luz se cierre bajo ti,

como la música en una palabra escrita,

y olvidarme la vida en la penumbra

de tus minutos copiados hacia el sueño.

_

Sólo ver que eres la sombra de mi lado,

con nada más que estrellas que no admiras

y un mundo que parece distanciarse.

_

Sólo una vez, para cuidarte el mundo;

para decirte, a la vez que te despiertas:

nunca me ha pasado nada más que tú.

13/11/2006 12:24 Autor: davidelsur. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

25/11/2006

EL INGENIOSO SOLIDARIO DON FRANCIS DE MUHALAZE

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(Foto: con Francis y el plano de la maternidad, durante su construcción, agosto 2.005) 

.

Cuando llega el mes de Noviembre, se le están acabando las medicinas. No sólo las del centro de salud de Muhalaze, que él cuida en la mitad de la sabana de Mozambique, sino las propias, que son las que cuidan de su corazón, en cuya mitad también está la sabana, como si el contorno de su corazón fuera África con su naturaleza prendida (en su interior).

 

Otro día escribiré toda la historia de este ingenioso caballero de Bilbao que recién jubilado y con su corazón por escudero fiel y servicial, salió sin Rocinantes ni armaduras, con la adarga antigua de su generosidad, y la hidalguía de su sangre noble ya no por nacimiento sino por crecida humanidad, a desfazer los entuertos que su ánimo aventurero encontrase con paso solidario. Cuando llegó y vio que la olla allí yacía sin vaca y sin carnero, y que ni salpicón las menos noches, y que ningún día era viernes porque nunca había lentejas, y que siempre era sábado porque los duelos y quebrantos diariamente hacían su aparición, y que por añadidura ningún palomino anunciaba los domingos, cuando llegó y vio todo esto, digo, no es que sintiese como Don Quijote el enamoramiento de una dama ideal que lo lanzaba a la lucha en pos de proclamar la fermosura de su dueña, sino que, viendo cuán desaliñada iba ésta, y cuál sufría la desdichada, no tuvo otro remedio (dada como estaba, claro está, su condición gallarda y altruista) que dar comienzo a su Aventura….

 

Su dulcinea era que la Pobreza no acabase con los niños, no los dejase apartados del mundo maravilloso al que entramos en conciencia gracias a las letras que nos lo explican y nos lo hacen más cercano, no les devorase los estómagos, y no les dejase para siempre en pañales. Este caballero de Bilbao buscó a varios escuderos, ahora sí, para firmar con la fuerza de sus brazos la forma de la “Fundación Aventura Solidaria”. Sus amigos le apoyaron y construyó desde entonces el centro de salud, las escuelas, el centro nutricional y la maternidad, y además decenas de pozos y huertos.

 

Esto de momento, porque la Aventura continúa….

 

Otro día escribiré más despacio y punto por punto toda la historia de Francis, que es la prueba de que el mundo está vivo y de que tenemos que cuidarlo y nos darnos por vencidos. Tenemos que pensar que tenemos futuro, pero para ello hemos de cuidar los árboles casi del mismo modo que a las personas, desgastando el mundo lo menos posible y reciclándolo todo lo posible. Cuando todo el mundo esté construido quizá podamos permitirnos el lujo de destruir una parte (siempre y cuando sean cosas) porque ya no nos guste o nos aburra, pero mientras haya una parte del mundo por construir no podemos destinar la más mínima energía a otra cosa. La historia de Francis son las alas de poder creer en nosotros.

 

Hace pocos años, todavía adolescente, mi sensibilidad se iba moldeando gracias a libros que me llenaban, canciones que me tallaban, o películas que me iluminaban, y, por supuesto, gracias a la familia que me iba cuidando las alas, y a los amigos que me ayudaban a usarlas. El mundo era para mí como el país maravilloso de Alicia, y me creía que mi mundo empezaba y terminaba así. No hubiera cambiado nada por nada del mundo.

 

Pero me alegro de que mi mundo haya cambiado. No es que ya no me conmuevan la literatura, la música o el cine (me enaltecen aun más), sino que las historias como la de Francis, que tengo la suerte de vivir en primera persona, me emocionan infinitamente más.

 

Te conocí en Maputo, Francis, a la salida del aeropuerto, un 10 de agosto de 2.004 ya lejano por todo lo que después ha sucedido. Apenas dos semanas en África y no volví a saber de ti hasta mayo del año siguiente, demasiado tiempo quizás, ya que los principios no unen del todo en ellos mismos, sino que dan paso a los medios. Ya en mayo, vía e-mail, nos enviamos las propuestas donde se dibujaba la maternidad que tenías en mente. Gracias. En la Escuela de Arquitectura de Madrid jamás me habían propuesto un ejercicio tan conmovedor. La arquitectura es llevar un camión viejísimo lleno de arena y cemento por un camino casi imposible, a levantar varias hiladas de humanidad en un lugar más desamparado que la primera cabaña de los tres cerditos. La arquitectura es lo que tú haces. No es una portada de revista con un edificio singular, es hacer pluralidad, nacerla. El arquitecto, en palabras de Umberto Eco, es posiblemente el último humanista en los tiempos que corren. Debe saber no gastar, e, incluso, quedarse al límite de las resistencias. Me duelen los edificios que por “hacerse bonitos” gastan decenas de millones de pesetas en una sola viga con el único fin de que en la fachada de un centro comercial no apareciese un pilar (lo dijo un profesor de Proyectos 7 que estaba construyendo ese edificio insensible, lo digo porque ni la viga ni la fachada sentían nada de nada, seguro). La arquitectura es economía solidaria, es hacer de Robin Hood, es no poner aquí y poner allí, hacer esta pared divisoria más pequeña y aquella puerta de acceso más grande. No es salvar grandes luces mediante vigas de canto considerable, sino dar a luz pequeñas vidas. Con la maternidad, por primera vez dibujé creyendo en lo que hacía, ya que era un edificio que iba al grano de la vida, donde la complejidad humana era tan fantástica que no fue difícil imaginar la construcción mediante bloques de cemento y chapas metálicas, de París entre una planta rectangular de suelo africano, para las cigüeñas que traerían a los niños de Muhalaze, si no con un pan bajo el brazo, al menos con su vida dignísima en un nido apropiado.

 

Unos días después viniste a España, y nos volvimos a ver a primeros de junio, 2.005. Cada seis meses te presentas por aquí para ver a tus hijos, concretar más ayudas, contarnos historias con tu risa hemisférica, y, que no se te olvide, coger las medicinas para otros seis meses de tu corazón. Porque tu corazón es más Don Quijote que tú, ya lo sabes. Me lo dijiste ese 3 de junio cuando te llevé a la calle Puerto Rico, en Madrid, después de perderme con el coche, como siempre. Me dijiste que andabas y nadabas para fortalecer tu corazón, que había sufrido una caída de Rocinante siete meses antes, durante tu última venida a España. En aquel entonces te había hecho permanecer dos semanas más de lo que tenías previsto, en un hospital de Bilbao. Pero volviste a Mozambique en cuanto pudiste. Espero que no te importe que diga que sufriste un infarto, sé que Cervantes no puso en tal lid a su protagonista, pero quiero decirlo para que se sepa cuán espléndido eres, incluso más que intrépido y que amable, y cuál poso de filantropía guarda ese tu corazón, que se levanta y vuelve a recorrer los caminos para deshacer los agravios. Porque tú votaste a bríos. Tú volviste a Mozambique.

 

Napoleón decía que un ejército está vencido desde que se cree vencido. Yo digo que un hombre vence desde que se siente vencer. Tu corazón es grande y poderoso, Francis, y tú vences a tu corazón, incluso. Ni siquiera tu corazón, convaleciente a veces, puede contigo. Hay pocos hombres de los que se pueda decir que son incluso más grandes que su corazón.

 

Tú vencerás y además convencerás.

 

Volviste a Mozambique, pues, y dos meses después, agosto de 2.005, nos esperabas de nuevo en el aeropuerto. Yo subí en tu coche, lo recuerdo, para dirigirnos a la Universidad y luego al lugar donde nos alojaríamos, y todavía íbamos por las primeras calles de Maputo cuando ya estabas diciendo que a ver si mañana empezábamos el replanteo de la maternidad. Una vez me dijeron que tenían un cacho de corazón al otro lado del mundo y yo contesté que tenía un cacho de mundo al otro lado del corazón.  Es Muhalaze,

 

un cacho de Muhalaze que me lleva el oxígeno por la aorta que empieza más allá del mercado de Bemfica, a la izquierda de la carretera, donde sale el camino de tierra entre puestos de cocos y naranjas, donde compramos varios astiles para los azadones con que íbamos a capinar (limpiar los yerbajos, en portugués) la zona al lado del centro de salud en que presumiblemente iba a ir un huerto como el del otro lado, que tiene hasta fresas, ¡fresas aquí!, por la aorta que sale de mi ventrículo izquierdo para no volver jamás a otro punto, siempre al horizonte, sangre presente y futura, hacia todas las partes de mi cuerpo que han de nutrirse con la impropia vida, es decir, la que pertenece del todo a los demás. Mi amor propio proviene de otra propiedad. Es impropio y ajeno, pero no lejano. Porque yo tengo un cacho de mundo al otro lado del corazón.

 

Muhalaze es mi hemoglobina.

 

Si algún día siguieses el camino que da alimento a cada una de mis células, verías el suelo de África en vez de plasma, y árboles de oxígeno en el lugar de los hematíes, luces limpias del Trópico como leucocitos, y plaquetas de amistades que coagulan en cada una de las heridas insufribles de mi alma. Son las que impiden que me desangre por fuera cuando por dentro me siento catarata. Necesito que curen la tremenda erosión que hace la insensible intacta emoción en el agua de mi alma sensible. Amistades que cuajan en mí, que me ponen la costra de la vida, cuando mi interior, con presión latente y latidos impresionantes, quiere salir de mí hacia la luz sin considerar que es imposible que me dé la vuelta del todo, que yo no doy más de sí, que sólo soy uno aunque partido en dos. Que desde fuera mis manos escriben lo que sucede dentro, para mi comunicación individual, cartas donde expongo cosas y amigos, admiraciones. Desde fuera, me busco en forma de palabras; me encuentro en las personas a quienes remito la carta.

 

Siempre será más lo que quede por decirse que lo dicho. Pero otro día, insisto, intentaré contar los capítulos que faltan de tu historia, y de la mía, Francis. Ahora iré acabando con el último día que nos vimos, Felismina, tú y yo. Fue en la casa de Luis Bastida, en Madrid, justo enfrente de donde pusieron una multa en zona verde al Seat Ibiza, que espero no llegue a Toledo (la multa, digo, no el coche, que aunque viejo y pequeño me sobra para llegar a donde estén mis amigos). Da igual, la verdadera zona verde que yo conozco me quita todas las multas, me refiero al color que tiene el zócalo de los edificios construidos por Aventura Solidaria en Muhalaze, verde. Allí fue donde conocí a Luis, también hace dos años, en fin, y luego coincidimos en Bilbao cuando llegó Felismina, fue él quien nos acercó a Madrid. Gracias, Luis. Tenemos proyectos juntos, como construir una escuela profesional, o un sistema de letrinas como el que me dijiste que utilizan los arquitectos en India. En ese piso de Madrid, ese 18 de Noviembre de 2.006, hablamos de muchas cosas, de mucho Mozambique. Felismina pintó y miró cuentos con las hijas de Luis, y vimos fotografías junto a Paz, amiga de Francis que vino a conocerla. En varias páginas cuya Latitud era todo sur había dedicatorias a corazón escritas como con letra de mano, o viceversa. Ya no sé qué escribe por mí, pero sé que los dedos no son en absoluto. Francis, dale las gracias a Elidio por el marco que te dio para mí, pero que no se te olvide en Bilbao la próxima vez que nos veamos (jeje).

 

Las últimas despedidas de ti son por teléfono. En ella me dijiste que estabas leyendo el principio del libro, allí donde apareces en una foto chocando la mano con una mujer de Muhalaze que te agradecía todo el día que se inauguraron el centro nutricional y el de salud, y querías agradecerme las letras a mano que sólo tu ejemplar tiene. Te dije que siempre son demasiado cortas cuando hablo de ti, que África, para mí, más que un continente es un contenido, de amistades profundas como tú. Pero no te he dicho nunca que lo más África que conozco eres tú, y que te asocio con ella más que ella misma. Cuando veo en un periódico esa palabra, o en la televisión, sé que te pertenece y la imagino con tu cara. ¿Sabes? siempre he estado enamorado de África más que de ninguna otra cosa (bueno, junto a las dos chicas que más han afilado los versos de mi vida), de la palabra sabana y los animales, de la pobreza, a quien quiero a pesar de lo que significa porque hace sacar lo mejor del mundo de quien lo tiene, siempre he amado África, quizá por haber leído a Julio Verne, o por la historia de David Livingstone que conocí de muy pequeño, siempre la he querido en infinito, incluso sin conocer a nadie de ella. Así que imagínate ahora, que la he pisado y sentido que ella me pisaba; imagínate siempre, que ya soy sólo la huella que ella me dejó.

 

Desde y para siempre, ¿sabes? Sobre todo desde que puedo hacer mía la primera frase de “Memorias de África”. Ese “yo tengo una casa en África” me emocionaba tanto que me dolía no ser yo quien lo había escrito. Ahora es mejor, porque lo he sentido más allá de las palabras. Tú puedes escribirlo, Francis, y te agradezco la invitación a la Rúa Mukumbura, 249, de Maputo, donde espero verte pronto.

 

También te digo que te tomo la palabra en eso de la habitación sobre el mar Mediterráneo, en verano, cuando vengas a España para, entre otras cosas, coger las medicinas que te hacen falta. Espero que me enseñes las mismas aguas que te empujaron hacia Mozambique. Es una larga historia la de por qué, caballero navegante, se te ocurrió tu “Aventura Solidaria” en medio del mar, pero esa, ya he dicho, la contaré otro día. Se titulará, supongo que ya lo imaginas: “El novio del mar”.

 

En esas nos despedimos, por teléfono, unas horas antes de tu vuelo.

 

Cada vez que vuelves a Mozambique, vuelves conmigo, que me quedo más que solo, con continente pero sin contenido esperando ya a tu mano de nuevo en el aeropuerto, descargar mi maleta otra vez en África, pedirte de nuevo ínsulas de Barataria donde construir nuevas maternidades o escuelas de oficios, como en mi corazón, que nace allí cada vez y que lo aprende de nuevo todo allí, y ser tu escudero, hacia la mancha de solidaridad entre la grandeza absoluta -donde veo a tu ser gigante luchar contra el viento de los molinos de la pobreza- que se llama Muhalaze.

 

Espérame pronto, espero. Además, recuerda que yo también he de ir allí a por las medicinas de mi corazón.

25/11/2006 23:24 Autor: davidelsur. Enlace permanente. Tema: Mozambique No hay comentarios. Comentar.


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