TOLEDO O TÚ

Hoy me acontece hablar de ti, porque marzo fue el primer mes que te alejó.
Te sonará extraño (si finalmente lees estas líneas) esta voz mía congestionada. No es causa de la alergia -que las flores este año aún no las respiro- sino de aquellas tardes pasadas junto a ti que me pesan mucho todavía en las manos. Fíjate si eras el molde perfecto de mis palmas que, un año después de salir de ellas, has vuelto a dar forma a las palabras más hondas que escribo en mucho tiempo.
Será que eras como el aire: me rozabas y tras marzo desapareciste. Yo te necesitaba para respirar. Cuando entrabas por mi pecho barrías las hojas que estaban por el suelo de mi interior desde el otoño (el otoño era el período anterior a cada vez que te veía). Limpiabas las calles, las tortuosas calles de la ciudad de Toledo que había debajo de mi piel, esa ciudad en penumbra y romántica que estaba abierta para ti desde mi boca, y que era similar a la que hallábamos en el paseo. Lo que pasaba bajo mí cuando bajaba contigo por el Arco de Palacio, o por la calle Ancha, o por cualquier otra zona de adoquines que estuviese así desde la época romana, era igual que el entorno donde mi pecho te encuadraba. ¡Qué más decirte que me abrías otro Toledo en las raíces de la vida, en la base de los edificios que hacían las funciones de mi cuerpo, en los órganos vitales que dibujaban los cimientos de la ciudad de mi alma! Yo te necesitaba para algo más que respirar: para comprimir el aire y que me cupiese en los pulmones, porque mis sótanos eran callejuelas donde lo exterior que percibía no cabía ni por asomo. Contigo, Toledo y yo éramos diferentes a como habíamos sido el resto de la Historia: él se hallaba sin defensas ni secretos, y yo salía de mis murallas totalmente conquistado.
Cuando empezaba este escrito tenía previsto hablar mucho más de todo lo que te quise. Pero si tú le diste otro rumbo a mi vida (y finalmente, tras el viento de marzo, otra soledad a mi rumbo) espero que entiendas que mis palabras también a veces se me apartan del camino. Tampoco creo que te importe mucho que la protagonista al final de estas líneas pueda ser Toledo en vez de tú. Si así fuese finalmente (por lo que se ve, Toledo me inspira el mismo amor que tu memoria) deberías estar alegre y sentirte agraciada, única como un verso del siglo XVI, hermosa como un abrazo del Tajo por tu cuello. Comprende que siendo de Toledo, no tengo más remedio que intentar olvidarte con leyenda, olvidarte con un cierto amor por el pasado, olvidarte con un aire de grabado maravilloso en un libro antiguo, cuando en realidad hubiera querido siempre disfrutar de tu presente.
Con Toledo me pasa en una mirada todo el tiempo. Quiero decir que en un instante leo la eternidad en una piedra. Aprovecharé un instante para hablar de eternidad: pienso que la eternidad no es andar hacia adelante y no acabar nunca de llegar, sino aquello sucedido como una huella imborrable en nuestra vida y que jamás volverá. La eternidad es haber pasado una tarde en un río donde fuiste feliz, o los años de niño que ya perdiste y que sin embargo te dejan una mueca de alegría melancólica en los labios. La eternidad es algo de lo que tenemos constancia, algo que nos impregna cada día y nos llena el vacío que tendríamos por la mañana si no hubiese existido el día anterior. Es decir, que es algo que conocemos, pero que se nos escapa. Por eso, la eternidad no es un horizonte que nos sentemos a esperar, es una espalda que quisiéramos volver a descubrir. Pero ya no se puede dar la vuelta a lo que se quedó fijo en el corazón: la imagen de mi nostalgia por ti no es el sky-line de tu cara (perdona que no me haya atrevido a soltar de pronto “la línea del cielo que nacía sobre tus ojos”, porque ésta es una frase construida con unas palabras más tristes) sino la última vez que tuve de frente, y a mi alcance, tus hombros.
La eternidad no será mañana, sino que fuiste tú cuando te quedaste en ayer.
Ya no escribiré más sobre las tardes que estuvimos, solos y llenándolos, por los vacíos de la Historia; andando por los sitios que la ciudad no había ocupado; transitando nuestro espacio (el tuyo junto al mío) por calles sin tejado; libres como el agua que alguna vez me transformase en tu portal (como aquella vez lleno de ti que te hice de resguardo). Ya no escribiré más de Toledo contigo, porque este marzo del año dos mil siete ha venido con la misma penumbra que tuvo la puerta de aquel cine en que nuestra película acabó.
Ya no haré más de Garcilaso para ti. Ni te restauraré en mi corazón que no dejaste ni para Patrimonio Histórico. Ya no quiero ni saber, después de todo lo que me hiciste sentir (y escribir), y después de todo lo que te dije que significabas, por qué me dejaste llegar hasta lo más profundo de las cuevas del Toledo que descubrí a tu lado debajo de mí, si finalmente no me ibas a dar tu mano para salir de nuevo a la luz de la ciudad. A la luz inmejorable para leer un ejemplar comprado en una librería antigua, frente a la Puerta de la Catedral.
Te regalé aquel libro, pero te prometo que hoy, que ya es marzo (el primer mes que te alejó de mi vida), para que nunca puedas echar de menos la eternidad que todavía quedaba en mí por darte, escribo las últimas letras que me surgirán de cualquier recuerdo tuyo, y que, para que puedas leer tranquila las leyendas amargas de esta ciudad como si fuesen sólo leyendas, a partir de ahora ya nunca serás tú la protagonista cuando yo quiera escribir algo de Toledo.