YO SOY UN POBRE Y LO QUE HE VISTO ME HA HECHO DOS POBRES

1 CUANDO HASTA LA PRIMAVERA ERA POBRE
En un mundo en el que no te den un bocadillo a cambio de un clavel, ni unos zapatos por una maceta de geranios, ni mucho menos una casa (o al menos una cama donde puedas estirarte) por un jardín de tulipanes, la pregunta fundamental es si la Flora es pobre.
En un país donde se pisotee un parque por no llegar tarde a una reunión; donde los poemas se olviden entre las azucenas de San Juan; donde se deshojen las margaritas para saber solamente qué colonia has de ponerte, la pregunta esencial es si la Flora es pobre.
En un pueblo que tire al suelo papeles en vez de semillas por las calles; que regale un pack de plástico mientras exista poder dar un paseo; y que escuche un teléfono a diario y no el aire alrededor de una amapola, la pregunta sustancial es si la Flora es pobre.
En una niña que en un espacio de rosales sólo había sentido las espinas; que en un tiempo de satélites galácticos no había salido nunca de un pequeño plato de arroz; que se quemó (como el color rojo a la piel de la rosa marchita) y la envolvieron en frondas blancas, de algodón, para trasplantarla, la pregunta vital es si la Flora es pobre.
La cuestión más urgente en los gobiernos y en los bares, en los patios de colegio y los periódicos, en Wall Street, en las mesillas de los hospitales y las habitaciones vacías, en las manifestaciones que buscan la verdad de todo, en los programas de televisión aunque traten (o sobre todo por eso) del corazón (pero un corazón de verdad, claro, no de plástico o uno cuya cirugía practicada sea estética), también en la Feria del Libro, y sobre todo en los poemas y en los laboratorios, debería ser averiguar de una vez por todas si la Flora es pobre.
La pregunta que no puede esperar en todo ese sistema de dudas que es mi día, que construyo como un Descartes que se plantea cada palabra (sobre todo las respuestas que doy), la pregunta que no me dejaría dormir esta noche y es por ello que escribiendo pretendo responderla es, insistentemente reverberada como al que se le propone un enigma al borde de un abismo, no ya saber sino explicar si la Flora es pobre.
No es que me cuestione ahora sólo porque me apetezca la escasez de medios de un pétalo o el poder de adquisición de la primavera. No es cosa de aburrimiento ni de ocio alternativo. Se trata de saber de dónde vengo y a dónde voy. Esta tarde estaba tan tranquilo en mi habitación cuando se ha presentado Felismina y con un hilo de voz me ha dicho: ¿La Flora es pobre?
“La Flora” en cuestión es mi abuela, pero he empezado todo esto como si se tratase de la flora común, la de los ramos y los jardines, porque me preocupa mucho también que nadie cambie su bocadillo por un clavel que le dé un pobre.
Y ahora, para dar respuesta a la preocupación por la pregunta de Felismina, hablaré de la Flora propia, la que no es común, la única que es rica de pobreza pues comparte con todos lo que tiene (lo que no tiene es porque no será muy necesario): mi abuela Flora.
2 DE DÓNDE VENGO
Me sé de memoria la fecha de nacimiento de mi abuelo Jesús Melar, que es muy fácil de recordar porque casualmente siempre celebra ese mismo día su cumpleaños: el 14 de septiembre de 1.929.
Pero otra cosa sucede con el día que nació mi abuela, Flora Vela. Toda la vida la hemos felicitado el 24 de noviembre, pero hará cosa de 10 ó 15 años, no sé por qué, apareció un papel no sé dónde que decía que su fecha real de nacimiento era el 18 de diciembre. Sin embargo, ella sigue celebrándolo en noviembre y además, como si de un misterio se tratase, oculta lo del papel y no quiere hablar de ello, de modo que finalmente no sé cuándo fue en verdad su nacimiento. Como en aquella época solían poner el nombre del santo del día y mi abuela se llama Flora, de toda la vida se ha creído que su cumpleaños era el 24 de noviembre, día de Santa Flora. Mi abuela nació en 1.932 y se quedó sin madre a los cinco años, cuando nació el último de sus hermanos y mi bisabuela, que tuvo la desgracia de ir a tener un hijo cuando había un frente infinitamente infranqueable entre los escasos quince kilómetros que separan Guadamur y Toledo, murió dejando a sus cinco hijos con un hombre sin más recurso ni posibilidad que la de dejar a sus hijos solos porque lo llevaban forzoso a la guerra.
De esa época sé poco, casi lo mismo que mi abuela, y eso que ella lo vivió, porque de estas cosas siempre se sabe demasiado poco y nunca se entiende nada. Sé que en el lugar de la cocina había una higuera. Sé que a mi abuela la cuidó alguien que no tenía mucho en su casa. Sé que todo era pobre. Sé que evacuaron Guadamur y se fueron, pero se llevaron la dureza, más adentro, lejos del frente (que estaba a sólo 6 kilómetros), adentrándose en los Montes de Toledo. Sé que mi bisabuelo se dio picante en los ojos y se le pusieron a rabiar, para poder volver a su casa y cuidar de cinco hijos que sólo aprendieron a sobrevivir. Mi abuela jamás ha sabido leer.
Sé que mis abuelos recuerdan los ruidos de hace setenta años. Sé que los niños se subían a las tapias del terreno del castillo a escuchar los proyectiles que caían en el camino de Toledo. Sé que alguna vez pasaron la noche en los olivos.
Sé que “la” Flora era pobre, porque mi abuela, que tiene ahora medio patio lleno de tiestos, no ha hablado nunca de flores sobre aquella época. Sé que dos días después de terminar la guerra fue a Toledo con mi bisabuelo, al estraperlo, para no morirse de hambre, y que mientras él buscaba en la ciudad alimentos ella dormía con una mujer que tenía una habitación en la mismísima Puerta del Puente de San Martín, que es algo que a mí me parece de una riqueza absoluta y de una absoluta pobreza, también.
Una vez leí una frase que decía algo así como (cito de memoria) “si has sido pobre una vez en tu vida, seguirás siéndolo en tu corazón hasta el último de tus días”.
Por eso sé que la Flora es pobre todavía; que yo seré pobre (y doy gracias por ello) porque provengo, he ido, y seguiré yendo a la pobreza toda mi vida; y que Felismina seguirá preguntándome si la pobreza tiene más respuesta que sí misma (el sí misma se refiere a la pobreza, a Flora o a Felismina).
3 A DÓNDE VOY
Rafael Alberti, emocionado por los cómicos del cine, escribió un libro de homenaje a esos vagabundos que se comen los zapatos o a los que se enamoran de una bailarina y han de conquistarla bailando con los pies descalzos. Lo tituló: “Yo soy un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos”.
Hace quince años, no lo sé pero supongo que yo quería ser rico. Tener una piscina de dos metros y pico de honda, unas zapatillas carísimas, la bicicleta con más velocidades del pueblo, y poder comprarme, cada día del año, un mes de verano.
Qué poco me conocía yo cuando tenía 10 años.
Si Alberti escribió:
“yo nací –¡respetadme!- con el cine”;
y Jaime Gil de Biedma:
“yo nací (perdonadme)
en la edad de la pérgola y el tenis”;
digo yo ahora:
“yo crecí (entendedme)
en una casa donde la Flora era pobre”;
mi reino de pequeño consistía en una onza de chocolate a la salida del colegio, y en una bicicleta que fabricó mi padre con hierros azules que me enseñaron a volar como si el lastre no fuese más cosa que una nube.
De aquellos años me ha quedado un recuerdo que me quiere llevar a ser ese niño cada día, y una sangre del grupo 0 positivo que puede darla a todos los demás y únicamente recibirla de su grupo (me refiero a que en el único lugar que soy yo mismo es alejado de barroquismo y opulencia).
Cuando yo nací, ya llevaba en la sangre varias generaciones de pobreza. De mi abuela sólo podré heredar un patio de flores que ha cuidado toda su vida como si fuesen sus propias nietas, y la felicidad de poder entender cuánto (mejor dicho, cómo) vale ganarse primaveras en la vida.
No sé por qué ha venido Felismina a hacerme esa pregunta, pero sí que me siento con la inmensa fortuna de haber venido por un camino de estrechez y modestia, como los que en mi pueblo recorro con cuestas o con piedras, y de jamás haber querido abandonarlo.
Después de ser nieto de la pobreza, lo que he visto me sitúa entre la espada y la pared de la pobreza. Yo era un pobre y lo que he visto me ha hecho dos pobres. Estoy tranquilo, porque sé que entre la espada y la pared de la pobreza está el lugar más ético del mundo.
Felismina, qué te voy a contar a ti que no te haya enseñado ya la vida en que naciste. Quiero que cuando seas mayor y comprendas lo que te escribo aquí, pensando en ti como ahora pienso, no te olvides ni de dónde vienes ni a dónde vas, ni de la cabaña en mitad de la preciada sabana ni de la Flora que te enseñaba a regar con ella las plantas de su patio, desde la raíz a los pólenes.
La mayor pobreza tuya, y la de mi abuela, es que ninguna de las dos habéis tenido madre nunca. Y vuestras madres no dejaron este mundo por causa natural, sino por una guerra u otra guerra, luego vuestra pobreza tampoco es natural. Nuestras abuelas, Felismina, han sido pobres, distintamente pobres, quizá, de una pobreza hemisféricamente distinta, sí, pero pobres.
Dice un proverbio africano: “si no sabes dónde vas, debes saber al menos de dónde vienes.” Intentaré que nunca dejes de tener una raíz en el suelo de Muhalaze. Creo que ya te he dicho (y a mí también) casi todo lo que querías saber. ¡Ah, no! te prometo que intentaré ayudarte a conseguir lo que yo buscaba de pequeño: que te compres sin dinero un mes de verano cada día.
(aunque no podrá leerlo nunca
dedicado a mi abuela, sobra decir por qué
porque sobran las razones si todas las palabras
que yo pueda decir sobre ella se me quedan demasiado pobres)
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Autor: Miguel Ángel
Fecha: 06/03/2007 13:16.
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Autor: David
Fecha: 06/03/2007 14:34.