LAS VUELTAS PARA RAFA el de la tienda

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En un pueblo pequeño como el mío, tiene que haber alguna persona grande para llenar los huecos que dejan los demás.

Normalmente, el alcalde de un pueblo se preocupa tanto por que el Ayuntamiento vaya bien que pierde el cuidado sobre el resto del pueblo. El médico de un pueblo le da tanta atención a la enfermedad de sus pacientes que con frecuencia olvida que lo que importa es la salud, hacia ésta no deshecha en deferencias (casi nunca se tomen lo que escribo al pie de la letra, me hagan el favor). La voz del cura de un pueblo pretende a tanta altura la Palabra divina que fácilmente olvida que Dios ES SOBRE TODO el silencio, mucho más fácil de alcanzar.

No sé a quién leí una vez algo así como que Dios está inmerso en un proyecto mucho menos ambicioso. Los hombres debieran construir menos torres de Babel. En la barbería, la gente ya no habla de su pueblo. Se hacen diagnósticos de política exterior y de fútbol, pero nadie ha sido reportero ni ojeador de promesas, se habla todo de oídas y no dudan de lo que la prensa les dice. Los poetas de un pueblo (en este caso concreto, podrá no haber poetas en el pueblo, pero mientras haya una mujer hermosa, como dijo Bécquer, hermosa por dentro, apuntillo yo, habrá poesía) ya no escriben de una hija menor de un campesino porque no son capaces, inmersos en la búsqueda de palabras totales como islas del tesoro, de hallar la belleza que emana de la correcta proporción interior de la persona y que quizá, sólo si ésta echa luz desde dentro, tenga su punto álgido en unos ojos transparentes (suma de todos los colores) que dejen ver el paisaje humano de la claridad de ánimo y encanto a través de ellos. ¿Cómo encontrar la luz en una forma, si la luz es lo que está siempre escapándose de un sol? Ser poeta consiste en adivinar quién es un astro y comunicárselo al sistema universal, hay que escribir a veces sobre sombras para que hasta a los más ciegos del pueblo la verdad resplandezca. Si no seguirán diciendo que si no lo ven no lo creen, y es que ya se ha perdido la confianza ciega en los hombres, y hasta los novios de un pueblo se van a la ciudad a ver el cine.

La identidad de un pueblo ya sólo se mantiene en alguna tienda que fíe. Rafa tiene una, donde las señoras platican

qué tal tu marido

ahí anda, le duele menos ahora

mientras esperan con paciencia el jamón. Entre cuarto y mitad de chorizo y de hora (Rafa tarda lo suyo en despachar) los hilos del pueblo se tejen un día más. En un pueblo pequeño como el mío las plazas más públicas son las que se abren hacia dentro, como los buenos albaricoques. Los niños no lo saben, pero tienen escrito el estar deseando que llegue la época de recolectar los frutos sembrados.

Rafa, Rafita de toda la vida, está luchando contra una enfermedad de sus células. Eso lo saben todos porque ya es difícil un sábado ver la luz de la tienda encendida a través de tres rendijas de persiana a las tantas de la coche. Antes sí, se sabía que era Rafa limpiando las baldas, colocando los tarros, comprobando la caducidad de las latas de atún. Pero un día corrió por el pueblo, voz tras voz hasta hacerse jadeo, la enfermedad de Rafa, Rafita. Tuvo que dejar la tienda, su hermana se ocupó, y se le dejó de ver frotándose las manos antes de servirte quizá para que el pollo llegase con más temple a tu casa. Tuvo que cerrarse. Para su tienda antes abierta a todas horas si precisabas cualquier cosa fue una ausencia tan áspera como el papel que envuelve las compras.

Rafa, Rafita, cuando yo tenía 7 años me despachaba, con diligencia las menos de las veces pero con una agilidad grave, importante, el Frigo-pie de algunos días de verano a media tarde. Creo que era el único en el pueblo que no vendía helados de Camy. Era verdad que siendo tan crío y teniendo tanto que hacer sin poder tirar un minuto, ir a la tienda de Rafa suponía que te despachara Rafita, con lo que el tiempo no era una verdad absoluta, sino relativa, que se te podía escapar aunque fueses tú en bicicleta de carreras como hubiese dos o tres antes que tú. La teoría de la relatividad de Rafita, hipótesis cierta y reiteradamente comprobada, presuponía una incertidumbre de tarde preciosa que podía desaparecer, paradójicamente, en un pis-pas: lo que tardabas en ver el Frigo-pie en el cartel, que te dejaba atrapado, sin futuro, hasta tu turno, y con el miedo a que quizá algún amigo tuyo se hubiese llevado el último ejemplar de la nevera, donde sabíamos los críos que el Frigo-pie corría peligro de extinción permanente.

Eso era en verano, en el otoño los bollycaos con cromos de fútbol. Si se tardaba semanas y colesterol en completar la colección comprando el bollo en otra tienda, comprándolo en Rafita estaba el riesgo de que Hugo Sánchez se hubiese ido del Madrid. Pero dejemos ahora las chilenas del pasado, que yo era más de Butragueño.

Cinco duros valían los polos más baratos, los de naranja y limón, pero desconsiderando el derroche yo me perdía por el Frigo-pie y lo empezaba siempre por el dedo gordo. Así, mientras llegaba al meñique, el dedo que mejor me caía (mejor me sentaba y sabía), me iba haciendo a la idea de perder otro día de mi vida de niño para siempre. De mayor he procurado comportarme como antaño, derivando esa nostalgia congelada entre planta y empeine y con palo, en similar atención por los glaciares.

Hoy, dieciséis de marzo, dos mil siete, se me están deshelando recuerdos de entonces. Y esta vez ha sido Rafa, Rafita, quien me ha venido a la cabeza antes que el Frigo-pie, nata y fresa que te dejaba huella. Desde que el pueblo supo lo de sus células contaminadas, y desde que empezó a luchar frente a la enfermedad pacientemente como cuando echaba la cuenta y daba el cambio, fue posiblemente el titular con más minutos en las conversaciones, ni el paro ni el precio de un filete en otra tienda más cara o más barata, ya que un pueblo, que no es ninguna transacción sino una necesidad sin objetos consumibles, en tiendas como la suya se teje. Su ausencia a la hora de comprar (o las dos horas, ya que era lento como un caracol seguro de que el sol tarda mucho en irse) era notable y parecía que hubiese saqueado la tienda. De pronto era como si faltase de todo en la tienda de Rafa. Él proseguía lento y seguro el camino lleno de rayos de su recuperación, como de ese sol radiante que parece venir sólo para llamar a que salga el caracol. Y al final, siempre con la tienda a cuestas de él, que siguió siendo “la de Rafita” aunque se ocupase de ella su hermana, la enfermedad fue acobardándose en algún rincón caduco sonrojada, echándose hacia atrás, porque Rafa por primera vez en su vida decidía no servir lo que pedía ese atraco de la vida que no se sabe muy bien si acabó relegado para siempre al último puesto de la cola o se cansó de esperar a un hombre más fuerte y paciente que él y al final se largó sin tachar su requerimiento de la lista.

A Rafa se le empezó a ver casi por primera vez sin mostrador. Paseaba con su aplomo incluso en el rato de la siesta. Se puso a hacer lo que hacíamos los amigos cuando niños, echar la tarde por el pueblo, aunque tal vez por no ser ya finales de los 80 o porque no corresponde a un hombre de unos cincuenta años él no lleva nunca un Frigo-pie. En el pueblo alegremente se volvieron a oír partes (esa palabra de viejos que es noticia) sobre Rafa. Se le veía bien andando los caminos, felizmente para el tejido del pueblo.

Las autoridades de verdad de un pueblo son aquellas por las que los vecinos se preocupan sin que se les ocasione división, de forma unánime. No digo que el alcalde, el médico, el cura, el barbero, los poetas o los novios, de mi pueblo, no hubiesen circulado por hasta los corros más discretos en caso de que hubiesen padecido tal herida. Digo que sólo un vecino imprescindible para la intrahistoria de las mesas, las despensas, alacenas, y sobre todo los corazones de la gente, como Rafa, Rafita, puede ser el centro social, la plaza, de la gente corriente que no sólo come sustentos cada día, sino que se alimenta de otras viandas que más nutren. Mientras aquellos que hacen la historia del pueblo hablan del precio del pan, el alma o la aspirina, olvidándose a veces del pobre que lo paga, los que son Rafas, Rafitas, primero escuchan al otro lo que pide y luego, tras aviarlo, se lo alargan (que en extensión significa que le dan mucho más de lo que pueda parecer) en justo precio, que no siempre tiene por qué corresponder con precio justo.

Ya dije que en todo pueblo pequeño como el mío, debe haber alguna gran persona que eclipse los huecos que dejamos los demás.

Antes de acabar, decir que nadie rebusque más nombre propio en esta (intra)historia que el de Rafa, Rafita, única figura real en mi pueblo de Toledo y en el pueblo de palabras de ficción que creo cuando escribo, este último no completamente fiel a mis vecinos, pues el resto, desde el alcalde hasta los novios, entiéndanse arquetipos, personajes o rellenos del entramado de la (intra)historia, secundariamente necesarios para establecer la densidad de una escena coherente. Es como en la vida: no se bien valora una vieja lámpara si no se descubre bajo una vetusta pátina de polvo, ni un papel blanco hasta que no es encontrado entre cientos de páginas mal llenas.

Así, si se quisiere tamizar el sentido de este escrito, apréciese a Rafita únicamente. Y perdónenme, principalmente él, por sacar en este teatro su nombre sin máscaras, los errores y las faltas de atención en que pudiere haberles hecho incurrir la baja y tal vez aburrida manera que a veces tengo de escribir. Confío sabrán disculpar, si las tuvieren, las apreciaciones críticas a los personajes históricos de pueblos, pues no era tal la intención del autor sino manifestar que la auténtica cohesión de los mismos la hacen las personas que sirven al punto, como el caso de nuestro servicial protagonista, sin más demora que la impuesta por una correcta, cuidada y personal, atención al cliente. Confío igualmente en que no hagan una intención de lectura desde una perspectiva irónica, pues insisto en que las causas que motivan al autor no son otras que la exposición de una gran persona de su pueblo, y si alguno interpretase algún desdén o menosprecio hacia el resto de personajes (de ficción) que aparecen en esta (intra)historia deberá saber que sólo en su malintencionado punto de vista habrá de hallarlos, pues el autor se ha comedido a exponer como real a una sola persona de su pueblo. Bien pudiera hacer crítica, siempre constructiva, del resto de individuos y fulanos, mas habría de realizar esfuerzo en darles su verdadera psicología y conductas, por lo que será menester dejar tales faenas y ejercicios de estilo para más propicia ocasión.

Confío, finalmente, para compañeros de generación que gusten el deleite de míticos recuerdos, haber hallado un tiempo perdido en el saboreo literario de un viejo polo exquisito, como Proust hizo con su magdalena, y no haberles agotado la paciencia de llegar hasta el final en cuestión, motivo real de este escrito e intrahistoria de base de esta (intra)historia, que no es el que describiré a continuación sino el que retorne a Rafita como mi moneda de cambio, porque a pesar de haber cruzado con él poco más de

un Frigo-pie

cincuenta pesetas

hace unos veinte años, y de haberle abonado puntualmente en su momento cada uno de los pulgares y meñiques que me traen a paso ligero el sabor más delicioso de mi infancia, le vuelvo a deber algo, palabras al menos. De gracias. Porque hay muchas personas en un pueblo que donan cantidades ciertas para Mozambique, pero el sobre que me ha entregado mi abuela esta tarde, 16 de marzo, cuando he vuelto del trabajo, y que a su vez se lo había dado Rafa, Rafita, en la tienda esta mañana, me ha dejado a mí más bien un paladar de calidad, muy superior a la del Frigo-pie. El autor no puede dejar en este momento de manifestar que muchas personas merecerían un similar gesto sensible por su parte, pero confía en la humildad de quienes hacen la donación sin ánimos publicitarios para que no le exijan un texto de elaboración obligada, pues el autor entiende que es él quien está a disposición de la literatura cuando ésta quiere buscarlo, y últimamente sólo se pone a escribir cuando las (intra)historias del tipo del tendero y el helado se le presentan con toda la calma del mundo, sin intenciones secundarias de llamar la atención.

Por eso, nada más que porque son las (intra)historias las que definen el ritmo de la historia, el autor ha tardado tanto en escribir a Rafa y al helado de sus sueños, pero manifiesta que a pesar del tiempo derrochado no le ha costado nada, tratándose la trama de una persona de fiar, escribirla. Para Rafa, entonces, de cuya recuperación de salud y tiempo perdido el autor se alegra, estas pobres “vueltas” que por una vez ha de darle quien siempre pagó y no tiene fondos.

Guadamur, en una hoja de papel a cuadros como aquellas del colegio, a 16 de marzo de 2.007

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17/03/2007 16:56

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