UN HOMENAJE DE ÁFRICA

20070319151829-ivan-y-felismina.jpg

Mozambique está lejos, muy lejos, pero sus personas no tanto. Y qué decir si son personas y amigos a la vez.

Ya he hablado aquí, en otras ocasiones, de Felismina (sobre todo), de Francis, de Elidio, de Elena… de Iván algunas veces, y hoy quiero mencionar aquí especialmente a Raquel, que es médico y trabaja en el hospital Polana Caniço de Maputo.

Sólo la he visto una vez en mi vida: los últimos días que estuve en Mozambique fui, junto a otros dos compañeros, a ese hospital a hacerme la prueba de la malaria, ya que nos encontrábamos mal desde hacía unos días y era conveniente saber si la teníamos antes de volver a España. Raquel nos atendió inmejorablemente.

Y no volví a saber de ella hasta que surgió Iván, el niño de Mozambique que ha venido a España a ser tratado de su enfermedad, el sida. Contacté con ella por e-mail en alguna ocasión y se le nota que es una persona que está hecha de alguna madera diferente, no sé si de ébano o quién sabe de qué otro árbol africano. El caso es que ella, fuerte para llevar su vida en el hospital, hablaba de que

“es tanto el dolor extremo que presenciamos cada día, cada minuto, son tantos los cuerpos rotos que tenemos que tocar, aquellos que ya nadie se atreve ni a mirar, que necesitamos palabras de aliento para seguir adelante.

Sé que nuestros enfermos de SIDA no importan al mundo, simplemente no existen. Si todos los enfermos de SIDA de África desaparecieran al mismo tiempo ni sería noticia, nadie se daría ni cuenta.

Pero nosotros, tú, Francis, Elena y tantas otras personas vamos a seguir apostando por la vida de aquellos que el mundo ya considera muertos.

Nuestros pacientes no tienen ni dinero, ni estudios, ni belleza física, ni trabajo......pero tienen un nombre, una historia, una familia, tienen alma y tienen fe. Cada día recibo de ellos lecciones de humanidad y de resistencia hasta límites insospechados.

Podemos luchar desde muchos frentes, en mi caso yo me siento privilegiada por el lugar que me ha tocado en esta batalla, acompañar de cerca al pueblo en medio de mucho dolor pero en medio también de mucha VIDA.

(…)

Estamos en comunicación.

Las fotos de Ivan, sin comentarios, me quedo con la boca abierta mirándole. Nos acordamos de él las 24 horas del día.

                          Un fuerte abrazo de Raquel.” 

Por eso quiero, humildemente pero con toda mi admiración por ella, rendirle desde aquí este pequeño homenaje que le haga considerar que aunque su labor diaria es dura y complicada no existen palabras (yo no las tengo, desde luego, pero creo que nadie tampoco) suficientes para hablar de lo necesaria que es, para el mundo que a mí me importa, ella y su trabajo completamente entregado a aquellos que si desaparecieran al mismo tiempo ni serían noticia y sobre los que el mundo no se daría ni cuenta. Yo quiero decirle que sí me doy cuenta, de ella y de quienes ella trata, y que quiero que los pocos que entren a leer esta página no se vayan de aquí sin conocerla.

Por eso me he tomado la licencia, Raquel, de reproducir algunas de las palabras de un e-mail que me enviaste, y espero que no te moleste que lo haya hecho.

Y a continuación, voy a reproducir uno que te envié hace algunas semanas:

“Hola Raquel:

me siento pequeño, muy pequeño, como un grano de arena al lado de una montaña, leyendo lo que dices. Porque soy yo quien te debe agradecer a ti tus palabras; soy yo quien es ayudado en todo esto y el que se anima viendo lo que hacen las personas como tú.

Ayer estuve en el hospital viendo a Iván y su madre. La verdad es que es muy duro ver a un niño como él, tan enfermo. Es muy duro encontrarse a una persona tan pequeña, tan débil. Pero ahí reside precisamente la grandeza de la vida: es el sobreponernos a esos momentos duros lo que hace que la vida no sea una cosa blanda, sin sustancia y sin forma. Esas cosas, que son tan duras, son también las cosas sólidas de la vida.

Porque en el corazón de esas cosas sí que hay dureza, fuerza, resistencia. Entonces se comprende que Iván no es débil, que probablemente debajo de él está el centro de la Tierra, que tiene que tener un corazón muy fuerte para resistir el empuje de esa enfermedad tan corpulenta que lo presiona pero que no puede con él. En el hospital, junto a Iván, pensé que los niños de África nacen cuesta abajo. Empiezan a rodar, a bajar por su propio peso, hacia la tierra. No se hacen daño nunca, porque nunca caen; la altura de su vida está a ras.

Pero ésa es, precisa y hermosamente, la cumbre del ser humano, la prueba de que la dignidad es el cimiento de la persona. Esos niños, como Iván, son todo dignidad. 100% pura y duramente. No hay nada que los pueda apartar de ello.

Quizá, quien no se haya metido nunca en la piel de África, no comprenda bien lo que quiero decir. Yo tampoco lo comprendo demasiado bien, puesto que no he hecho más que ir un par de veces a África y volver. Pero seguro que tú, Raquel, sí lo comprendes; lo sentirás día a día, trabajando de doctora en Maputo, entre tantos y tantos Ivanes; y ahora mismo debería callarme yo, porque debieras ser tú quien me escribiese a mí una carta para explicarme lo que tú sin duda sabes, y que yo sólo soy capaz de imaginar gracias a haber conocido a personas como tú.

Pero ya que estoy, voy a seguir escribiendo un poquito más. Ellos nacen cuesta abajo, sí, la ley de la gravedad (nunca mejor dicho: gravedad) tira de ellos desde el momento primero de su vida. Sin embargo, África no es un abismo, donde caigan; sino una montaña. Y más que una montaña natural, bella como el Kilimanjaro, África es una montaña artificial.

Creada por vosotros.

Por eso te decía al principio que yo me siento como un grano de arena al lado de una montaña creada por los hombres y mujeres más altos del mundo. Yo he tenido la suerte de ser “montañero”, y a mi lado me acompañaban gentes sin botas especiales de escalar, sino descalzos; la suerte de haber conocido de primera mano a Francis, a la hermana Elena, a ti… Vosotros sois algo más, más que la montaña África: vosotros, unos al lado de otros, ya sois cordilleras.

Supongo que te sonará el mito de Sísifo, que fue castigado por los dioses a llevar una piedra rodando hasta lo alto de una montaña, y cuando llegaba siempre se le caía hasta el fondo. Entonces bajaba y comenzaba de nuevo la ascensión. Y así eternamente.

Allí, lo vuestro es algo parecido. No paráis de escalar nunca. Lo que pasa es que no bajáis porque se os haya caído la piedra, sino porque volvéis para tomar una nueva y subirla hasta arriba. Vuestras piedras jamás caen. Viéndoos a vosotros, yo me río de la fuerza de la gravedad. Parece que para vosotros nada pesase. En el colegio me enseñaron que dos masas se atraen con una fuerza proporcional. Pero no es verdad, ¡ay, si nos enseñasen estas otras cosas desde pequeños! ¡Si nos enseñasen que, en realidad, la fuerza que nos mantiene unidos no es de gravedad, sino que lo que más une al mundo es la fuerza de sanidad, y que es una fuerza desproporcionada!

(Con las piedras que subís, subís la cumbre de África. La hacéis más alta cada vez.)

Porque Iván, ya lo decía el powerpoint, no es una isla, completo en sí mismo, sino que está ligado a la humanidad. Porque Iván no está solo. Nunca lo ha estado. Ni cuando nació, ni cuando se supiese por primera vez su enfermedad, ni cuando viajó hacia aquí por la altura de las nubes. Cada día de Iván es el día de todos, sea con sol o nublado.

Y ayer estábamos unos cuantos en el hospital con él y con Amelia, su madre: allí estaban José Luis y Elena, que es la familia que se ofreció a acogerlos en España, estaba Paula, una compañera de mis viajes a Mozambique, y estábamos Felismina, la pequeña África de mi casa, y yo. Pero, más que todos nosotros, allí estabais Francis y tú, Raquel.

Felismina estuvo correteando por la habitación, y entonces Iván no paraba de reírse. Estuvo casi todo el tiempo en la cama, porque no puede hablar ni andar, pero todo eso lo suple con reírse. Es más: al rato de estar con él, jugando y haciéndole reír, se animó y su madre le bajó de la cama, y dio algunos pasos. Luego cogió un globo que había por allí. Lo hacía todo muy despacio, pero notamos una mejoría desde que entramos en la habitación hasta que nos fuimos. Sólo en las casi tres horas que estuvimos allí, mejoró porque se sintió arropado por las pocas personas presentes. Es verdad, no es ningún cuento, se notó que tenía más fuerzas y ganas según iba avanzando la tarde. Claro que Iván sabía que no sólo estábamos allí 7 personas: sabía que detrás hay muchas otras, y a muchos kilómetros de distancia, lo que ha hecho crecer su perspectiva vital.

Supongo que ya sabes que los análisis y pruebas que le han hecho han dado resultados esperanzadores.

Y las personas como tú, son los resultados de los míos. La generosidad y la solidaridad soy yo quien te la agradece.

Un abrazo muy fuerte, como el que te darán los ojos de Iván en las fotos que te envío.”

Pues eso, un abrazo muy fuerte, Raquel.

Y, como se dice en estos casos: hasta siempre, que espero sea pronto.

David.

19/03/2007 15:13

Comentarios » Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario

*

*
No será mostrado.


*

* Datos requeridos.


Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras; Emprendedor ven a Iniciador Aragón.