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19/02/2007
MÁS GRANDES QUE EL AMOR

Decía Aristófanes: “En las adversidades sale a la luz la virtud”.
Y hay un proverbio chino que dice: “La medicina sólo puede curar las enfermedades curables”.
Sinhué, el egipcio, curaba a quienes no tenían que ofrecerle más cosa que su enfermedad.
Hay quienes estudian medicina para que les paguen pobreza.
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En muchos lugares de África, hay veces que la medicina, licenciada en universidades sin crédito, no puede ni siquiera curar las enfermedades “fáciles”.
Las difíciles son asignaturas obligatorias desde el día en que se nace.
Pero hay especialmente niños a los que una enfermedad maestra les coge manía.
Las enfermedades imposibles de ninguna manera vuelven a posibles.
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Tengo un libro en mi casa que no cabría en un hospital.
En la contraportada, como al fondo: “Una prodigiosa epopeya de nuestro tiempo”.
Dentro, puesta de raíz, una cita de Buda: “Solamente la virtud da un buen karma, y la mayor de las virtudes es la compasión”.
Va de investigadores, médicos, hermanas de Calcuta, y enfermos de Sida enfrentados al que llama “el mayor azote de nuestro tiempo”.
La primera parte se titula: “Lo llamaron «la cólera de Dios»”.
Pero, gracias a Dios, la última dice: “Científicos y santos, antorchas de esperanza”.
El título del libro no lo dice todo; es como si quisiera decir que lo que se cuenta en él está por debajo de lo que realmente sucede.
Cuenta unas historias de amor.
Y las que suceden son “MÁS GRANDES QUE EL AMOR”.
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El sábado, a la tarde, me encontré el libro sentado sobre la cama. Ni se movía ni hablaba. Estaba tan tranquilo que lo noté débil. Era raro, mis libros siempre habían estado muy sanos, no cesaban de moverse, empujarme, rodearme. Siempre me gritaban para provocar, desatar, mi vida. Habían vivido, y vivirían, más que yo, y lo sabía. Por eso los compraba; han sido el único gasto no biológico de mi vida.
En ellos he albergado la esperanza de aprender lo mismo que sepan los árboles.
Todo el mundo cree que los libros son cajones donde se guardan las voces, pero la verdad es que lo que en ellos está escrito, poderosamente, es el silencio. El sábado, a la tarde, intenté que articulara sonidos: miré como leyéndolo, canté canciones, y me puse a jugar con él a ver si de emoción lograba robarle una palabra.
Fue vano, el espacio de la habitación (y el intento de llenar el vacío). Había un hueco en la atmósfera, en la habitación 147 de Pediatría del Hospital de Getafe.
El hueco justo que abría Iván.
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Hay un verso de Neruda que dice: “por ti pintan de azul los hospitales”.
Dedicado a García Lorca.
Una vez participé en la proyección de un hospital; las fachadas, los pasillos, el suelo digno de los hombres enfermos, hasta las camas dibujamos…. Pensaba los cimientos como si soportasen cada vida. Las puertas en el plano significaban transfusiones. Se abrían las ventanas como si fuesen abrazos. Y las vigas, sufriendo los pesos, no eran más fuertes que los hombres. Yo estaba enamorado cuando trabajaba en el Proyecto de Ejecución del Hospital de Toledo. Era el último mono del estudio: ni la carrera había terminado. En el otoño de 2004, ya sabía que aquel, el primer proyecto en que participaba en mi vida, era también el más grande en que jamás me hallaría. Emilio, Javi y Carlos eran los arquitectos de aquella obra sin más faraón que el enfermo. Ni las pirámides tuvieron dueño más colosal. Aquella obra, bella como una máquina de paz de medio millón de metros cuadrados, no cabía en nuestros escalímetros, se nos escapaba del papel. Algunos sábados, Álvaro Siza venía de Oporto y nos cambiaba los alzados o la planta de oncología. A mí me tocaban los dibujos más bajos, porque era quien menos sabía de arquitectura en el estudio, pero, quizá por eso, sentía las cosas más altas que yo: yo estaba enamorado cuando trabajaba en el Proyecto de Ejecución del Hospital General de Toledo.
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Quizá gracias a haber visto esos cimientos, en uno de aquellos poemas que me contagió ese otoño, puse: “no hay mayor amor que el de los hospitales”.
Fue en el año que enfermé de Mozambique para siempre.
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Y ahora Mozambique me devuelve su salud en los niños con enfermedades imposibles.
Aquellas que la medicina, como dice el proverbio chino, no puede curar.
La medicina, ya escribí, es amor.
Sin embargo, también incurable, hay algo más grande que la medicina.
A Felismina la gravedad le dejará la piel fea, pero ya pasó lo peor. A Iván, lo sabemos todos, nada le curará en esta vida.
Por suerte no es la medicina lo más grande que tenemos.
Por vosotros, pequeños Mozambiques, los hay que pintan de azul los hospitales.
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Se me vienen a la cabeza Raquel y Francis.
Iván Kelly Nhantumbo sigue en la 147 del hospital de Getafe.
Se podría contar su historia en un libro como el de Dominique Lapierre; llenarlo de sus fotos y sonrisas; titularlo, también, “Más grandes que el amor” (las historias de amor no se consideran plagios).
Elena y José Luis, Santiago Izco, José Tomás Ramos, Guadalupe Martín-Laborda, Javier Panadero, Anabel Llamas… Amelia, su madre, que lleva casi un mes sin apenas moverse más allá del pasillo, no serían protagonistas sólo de las páginas. Es lo bueno de los libros abiertos: no terminan en sí sino en la vida.
Ese libro estaría dedicado a “todos los investigadores, enfermos y personas que los cuidan, conocidos o anónimos, que afrontan cada día la enfermedad y el sufrimiento y demuestran ser aún más grandes que el amor.”
He intentado cientos de veces escribir poemas de amor y no sé si alguna vez lo habré conseguido, pero sí que no sabría escribir algo más grande.
“La medicina sólo puede curar las enfermedades curables”. Por eso, considerando que hablamos de una imposible, yo no sé escribir, visto lo visto, puesto en caso, algo más hermoso que esto:
“Iván Kelly Nhantumbo sigue riéndose en la 147 del hospital de Getafe”.
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(Francis y Raquel, grandes amigos, especialmente para vosotros esta hoja que leéis en las raíces, plantados en el Sur; que visitáis estas palabras y madrugáis estos proyectos desde las seis de la mañana en Mozambique)
Siempre vuestro, puesto que sois África, y yo soy de allí………
Davidelsur, 12 de febrero de 2.007
26/02/2007
ASI SE DIBUJA LA HISTORIA

I Esclavitud en pie o La naturaleza muerta de una pirámide
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¿Qué era una pirámide sino una dirección donde un hombre viviese como un rey el período de eternidad que ha de soportar muchas veces su vejez?
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Una sociedad se valora por el modo agradable en que trate a sus viejos sin que tenga para ello que usar el eufemismo “tercera edad”. Es más bella la palabra cuanto más precisa y tajante. Aquellas que nos salen de la lengua con cierto roce en nuestra boca dan un empujón al aire como si dijesen jardines de jazmines jadeantes o jilgueros que juegan en junio al salir de su cobijo. Juan Ramón Jiménez usaba “j” en vez de “g” cuando el sonido era fuerte, cuando el sonido era de “antolojía”. Los hombres viejos son la antología de la humanidad. ¡Qué justa la palabra cuando muestra lo que siente, como en viejo, como en joven, como en candileja!
La palabra vieja no siente enfermedad, ni olvido. Suena como sonaba, sin que el tiempo le haya hecho envejecer. No hay residencias para palabras, ni hospitales de palabras. Ni siquiera hay oficinas de objetos perdidos de palabras, aunque a veces se nos vayan de la memoria, lo que es una pena tan grande como ver morir a un abuelo. Pero cuando se muere una lengua lejana, normalmente en África, todo un mundo desaparece.
Digo todo esto porque en Mozambique raramente se oirá “tercera edad”. “Viejos”, “viejos”, “viejos”…. tampoco, la verdad. Allí la palabra viejo no se aplica por edad, sino según esperanza de vida. La vejez se puede dar en la primera edad, en los niños que mueren de viejos aun siendo niños; o en aquellos que sufren los viejos dolores de siempre, enfermedad y hambre, en la segunda edad. Allí, quien llega a los años que aquí se dicen de la “tercera edad”, quisiera que le llamasen plenamente “viejo”, como recalcándolo. Y es que menuda alegría debe ser que a uno le digan allí: “mira que eres viejo”. Allí la vida no tiene tiempo de pensar otro lenguaje.
Quien haya estudiado arquitectura habrá tenido alguna vez algún delirio de pirámide, es decir, construir una obra inmensa, de arte a la vez que de función. Una obra a toda costa, por encima de casi todo. En las aulas de las escuelas de Arquitectura te quieren meter en el cerebro que desde lo alto de una piedra cuarenta siglos pueden contemplarte. Te dicen que los arquitectos fueron casi la cumbre de la escala, que por encima tan sólo estaba el faraón, pero que a lo largo de la historia fueron perdiendo privilegios y poderes, hasta hoy. Quien haya estudiado arquitectura habrá soñado con torres de Babel más de cien veces. Esto es lo que enseñan a quien tiene el deber de construir la felicidad en las ciudades, una ambición de forma que perdure con su nombre a lo largo de los siglos, una búsqueda que se dirige a la estética del continente antes que a la ética del contenido, y una intención de hacer notar su firma en la línea del cielo.
Pero a quien haya aprendido arquitectura según el módulo interior del hombre no podrán dejar de emocionarlo los esclavos más que la pirámide. Preferiría, a pesar de admirar el prodigio triangular que se yergue sobre el tiempo, que jamás hubiesen existido arquitectos capaces de soberbia semejante.
Si fuese el rey de los arquitectos, con las llaves de la ciudad, del sol y la ventana en los moldes de mis manos, liberaría a la arquitectura de su eterna esclavitud: la de levantarse buscando el infinito para agradar a unos pocos, mientras la gran mayoría, por su causa o por su olvido, tienen su residencia fija –a pesar de su inestabilidad- en el barrio de la pobreza.
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II Las 7 maravillas que creó en el mundo antiguo Phrancis I
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La vejez de un hombre es su cúmulo de aciertos. Francis, uno de los pocos que hoy en día se preocupan por hacer monumentales edificios a la medida de aquellos que otros utilizarían como esclavos, continúa acumulándolos en esos años al sur de su vida. Él podría pasarse los días en un camino de agua como el Nilo, porque los barcos son su pirámide y el mar su Valle de los Reyes. A Francis le gusta más el mar que una plaga de botellas de vino de Rioja. Pero él, un día de hace tantos años que desde aquel momento una escuela, un puesto de salud, un centro nutricional, una maternidad, además de muchos pozos y huertos, le contemplan, decidió quemar sus naves un poco y echar el ancla donde pudieran arraigar sus ramas altas del color de los almendros cuando echan la flor. Como buen capitán pensó: “los niños y las madres primero”, y entonces hizo aquello de las escuelas, los centros y la maternidad. Cuando ya aquéllos se habían salvado del primer escollo, miró a los otros, aquellos en cuyo trato se valora la calidad de una sociedad, los viejos de los pobres, los más pobres entre los viejos, o viceversa, tanto da, y decidió hacer lo mismo por ellos. En esos momentos, Francis ya sabía que si la nave se hundía se hundiría con él, como buen capitán, insisto. En esos momentos ya sabía que todos somos miembros de una misma nave, la Tierra, que empezó a hundirse por los sitios pobres como Mozambique, y que, como el mayor trasatlántico que pueda imaginarse, acabará hundiéndose por completo si no se repara a tiempo, igual que un barco por grande que sea se viene abajo por una sola vía de agua abierta durante demasiado tiempo.
Cuando Francis se fue a Mozambique y desembarcó “Aventura Solidaria”, ¿habría leído a Mark Twain: “la civilización es la multiplicación de las necesidades innecesarias”?
¿Y a Pearl S. Buck: “estar contentos con poco es difícil; con mucho, imposible”?
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III Una habitación para una nueva vida
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“La construcción no podía ser más pobre: adobe y terrazas hechas de madera y caña amasadas con barro…” (de Breve historia del urbanismo - Lección 3: La ciudad antigua – Fernando Chueca)
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¿Habéis visto “Tierra de faraones”, la maravillosa película de 1.955 con dirección de Howard Hawks y guión del Nobel William Faulkner?
En ella se narra la “arquitectura de una obsesión” (en palabras de un crítico), la del faraón Keops, que ambiciona una construcción que le sirva de entrada a una “nueva vida”. Para ello encarga el proyecto a Vashtar, arquitecto.
A lo largo de los tiempos cambian las formas, pero no las pulsiones. El faraón de Muhalaze, Phrancis I, heredero de aquellas viejas obsesiones arquitectónicas, ha decidido hoy en día construir una pequeña barriada para la nueva vida de los viejos del poblado del que él, dando la vuelta a la pirámide social, es esclavo en Mozambique. Ha decidido que su siguiente proyecto sea la edificación de 20 pequeñas casas, de una sola habitación y un pequeño baño, para los viejos de los pobres, los más pobres entre los viejos, o viceversa, tanto da. Hoy en día la pretensión de los faraones sigue existiendo, pero han cambiado las formas: los faraones de hoy en día no construyen para ellos, sino para la vejez de otros, mucho más pobres. Y sin látigos ni esclavos.
Su encargo, que le llegó al arquitecto por e-mail, venía con un dibujo a mano de la planta de la unidad residencial, que consta de una habitación para la cama, un armario y una mesa, un pequeño baño anexo, y una terraza en “L” en el final de uno de cuyos brazos se encuentra la cocina. Cada casa llevará, además, una huerta.
El terreno donde se situarán las edificaciones es cuadrado, de 120 x 120 metros, como la base de una pirámide, aunque la pirámide del Keops original mide 230 metros. En ese cuadrado se dispondrán las 20 casas según dos hileras enfrentadas. Para la ordenación urbanística del lugar, el arquitecto ha propuesto al faraón una idea romana: la de poner dos calles perpendiculares para la circulación interior del barrio, de modo que finalmente se van a dejar 3 calles en dirección Norte-Sur (a modo de Cardo romano) de 4 metros de anchura, más que suficiente para el lugar donde se implanta la actuación, y una calle en dirección Este-Oeste (el Decumano romano) de 5 metros de anchura. En el cruce central, donde los romanos situaban el foro, se encontrará un edificio social, para los viejos que se encuentren enfermos y para lugar de reunión y encuentro. Tendrá 4 habitaciones: una para que puedan ir a charlar y pasar el rato; otra con dos camas para los que estén enfermos; y otras dos para que vivan las cuidadoras de éstos; además habrá dos baños, uno para las cuidadoras y otro para el resto.
Ya dije más atrás que a quien haya aprendido arquitectura según el módulo interior del hombre no podrán dejar de emocionarlo los esclavos más que las pirámides. Quiero decir que este encargo, junto al de la maternidad de Muhalaze hace casi dos años, han sido los más impresionantes, felices y emocionantes, que un arquitecto pueda recibir.
Hacer que el terreno sea habitable para el hombre, sin más materiales que los que se tienen a mano, sin gastar más que lo preciso, debería ser la única intención de un arquitecto.
Por eso tú eres arquitecto, miras a los árboles para aprender a crecer desde la tierra, y a los hombres para crearles una casa felizmente; una casa, el lugar donde uno es esperado, según leí en algún sitio alguna vez.
Ya sabes, Francis, que aquí estamos para poner los lapiceros a disposición de tus ideas. Espero tus proyectos para dibujar nuevas historias.
