Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2007.
01/03/2007
TOLEDO O TÚ

Hoy me acontece hablar de ti, porque marzo fue el primer mes que te alejó.
Te sonará extraño (si finalmente lees estas líneas) esta voz mía congestionada. No es causa de la alergia -que las flores este año aún no las respiro- sino de aquellas tardes pasadas junto a ti que me pesan mucho todavía en las manos. Fíjate si eras el molde perfecto de mis palmas que, un año después de salir de ellas, has vuelto a dar forma a las palabras más hondas que escribo en mucho tiempo.
Será que eras como el aire: me rozabas y tras marzo desapareciste. Yo te necesitaba para respirar. Cuando entrabas por mi pecho barrías las hojas que estaban por el suelo de mi interior desde el otoño (el otoño era el período anterior a cada vez que te veía). Limpiabas las calles, las tortuosas calles de la ciudad de Toledo que había debajo de mi piel, esa ciudad en penumbra y romántica que estaba abierta para ti desde mi boca, y que era similar a la que hallábamos en el paseo. Lo que pasaba bajo mí cuando bajaba contigo por el Arco de Palacio, o por la calle Ancha, o por cualquier otra zona de adoquines que estuviese así desde la época romana, era igual que el entorno donde mi pecho te encuadraba. ¡Qué más decirte que me abrías otro Toledo en las raíces de la vida, en la base de los edificios que hacían las funciones de mi cuerpo, en los órganos vitales que dibujaban los cimientos de la ciudad de mi alma! Yo te necesitaba para algo más que respirar: para comprimir el aire y que me cupiese en los pulmones, porque mis sótanos eran callejuelas donde lo exterior que percibía no cabía ni por asomo. Contigo, Toledo y yo éramos diferentes a como habíamos sido el resto de la Historia: él se hallaba sin defensas ni secretos, y yo salía de mis murallas totalmente conquistado.
Cuando empezaba este escrito tenía previsto hablar mucho más de todo lo que te quise. Pero si tú le diste otro rumbo a mi vida (y finalmente, tras el viento de marzo, otra soledad a mi rumbo) espero que entiendas que mis palabras también a veces se me apartan del camino. Tampoco creo que te importe mucho que la protagonista al final de estas líneas pueda ser Toledo en vez de tú. Si así fuese finalmente (por lo que se ve, Toledo me inspira el mismo amor que tu memoria) deberías estar alegre y sentirte agraciada, única como un verso del siglo XVI, hermosa como un abrazo del Tajo por tu cuello. Comprende que siendo de Toledo, no tengo más remedio que intentar olvidarte con leyenda, olvidarte con un cierto amor por el pasado, olvidarte con un aire de grabado maravilloso en un libro antiguo, cuando en realidad hubiera querido siempre disfrutar de tu presente.
Con Toledo me pasa en una mirada todo el tiempo. Quiero decir que en un instante leo la eternidad en una piedra. Aprovecharé un instante para hablar de eternidad: pienso que la eternidad no es andar hacia adelante y no acabar nunca de llegar, sino aquello sucedido como una huella imborrable en nuestra vida y que jamás volverá. La eternidad es haber pasado una tarde en un río donde fuiste feliz, o los años de niño que ya perdiste y que sin embargo te dejan una mueca de alegría melancólica en los labios. La eternidad es algo de lo que tenemos constancia, algo que nos impregna cada día y nos llena el vacío que tendríamos por la mañana si no hubiese existido el día anterior. Es decir, que es algo que conocemos, pero que se nos escapa. Por eso, la eternidad no es un horizonte que nos sentemos a esperar, es una espalda que quisiéramos volver a descubrir. Pero ya no se puede dar la vuelta a lo que se quedó fijo en el corazón: la imagen de mi nostalgia por ti no es el sky-line de tu cara (perdona que no me haya atrevido a soltar de pronto “la línea del cielo que nacía sobre tus ojos”, porque ésta es una frase construida con unas palabras más tristes) sino la última vez que tuve de frente, y a mi alcance, tus hombros.
La eternidad no será mañana, sino que fuiste tú cuando te quedaste en ayer.
Ya no escribiré más sobre las tardes que estuvimos, solos y llenándolos, por los vacíos de la Historia; andando por los sitios que la ciudad no había ocupado; transitando nuestro espacio (el tuyo junto al mío) por calles sin tejado; libres como el agua que alguna vez me transformase en tu portal (como aquella vez lleno de ti que te hice de resguardo). Ya no escribiré más de Toledo contigo, porque este marzo del año dos mil siete ha venido con la misma penumbra que tuvo la puerta de aquel cine en que nuestra película acabó.
Ya no haré más de Garcilaso para ti. Ni te restauraré en mi corazón que no dejaste ni para Patrimonio Histórico. Ya no quiero ni saber, después de todo lo que me hiciste sentir (y escribir), y después de todo lo que te dije que significabas, por qué me dejaste llegar hasta lo más profundo de las cuevas del Toledo que descubrí a tu lado debajo de mí, si finalmente no me ibas a dar tu mano para salir de nuevo a la luz de la ciudad. A la luz inmejorable para leer un ejemplar comprado en una librería antigua, frente a la Puerta de la Catedral.
Te regalé aquel libro, pero te prometo que hoy, que ya es marzo (el primer mes que te alejó de mi vida), para que nunca puedas echar de menos la eternidad que todavía quedaba en mí por darte, escribo las últimas letras que me surgirán de cualquier recuerdo tuyo, y que, para que puedas leer tranquila las leyendas amargas de esta ciudad como si fuesen sólo leyendas, a partir de ahora ya nunca serás tú la protagonista cuando yo quiera escribir algo de Toledo.
05/03/2007
YO SOY UN POBRE Y LO QUE HE VISTO ME HA HECHO DOS POBRES

1 CUANDO HASTA LA PRIMAVERA ERA POBRE
En un mundo en el que no te den un bocadillo a cambio de un clavel, ni unos zapatos por una maceta de geranios, ni mucho menos una casa (o al menos una cama donde puedas estirarte) por un jardín de tulipanes, la pregunta fundamental es si la Flora es pobre.
En un país donde se pisotee un parque por no llegar tarde a una reunión; donde los poemas se olviden entre las azucenas de San Juan; donde se deshojen las margaritas para saber solamente qué colonia has de ponerte, la pregunta esencial es si la Flora es pobre.
En un pueblo que tire al suelo papeles en vez de semillas por las calles; que regale un pack de plástico mientras exista poder dar un paseo; y que escuche un teléfono a diario y no el aire alrededor de una amapola, la pregunta sustancial es si la Flora es pobre.
En una niña que en un espacio de rosales sólo había sentido las espinas; que en un tiempo de satélites galácticos no había salido nunca de un pequeño plato de arroz; que se quemó (como el color rojo a la piel de la rosa marchita) y la envolvieron en frondas blancas, de algodón, para trasplantarla, la pregunta vital es si la Flora es pobre.
La cuestión más urgente en los gobiernos y en los bares, en los patios de colegio y los periódicos, en Wall Street, en las mesillas de los hospitales y las habitaciones vacías, en las manifestaciones que buscan la verdad de todo, en los programas de televisión aunque traten (o sobre todo por eso) del corazón (pero un corazón de verdad, claro, no de plástico o uno cuya cirugía practicada sea estética), también en la Feria del Libro, y sobre todo en los poemas y en los laboratorios, debería ser averiguar de una vez por todas si la Flora es pobre.
La pregunta que no puede esperar en todo ese sistema de dudas que es mi día, que construyo como un Descartes que se plantea cada palabra (sobre todo las respuestas que doy), la pregunta que no me dejaría dormir esta noche y es por ello que escribiendo pretendo responderla es, insistentemente reverberada como al que se le propone un enigma al borde de un abismo, no ya saber sino explicar si la Flora es pobre.
No es que me cuestione ahora sólo porque me apetezca la escasez de medios de un pétalo o el poder de adquisición de la primavera. No es cosa de aburrimiento ni de ocio alternativo. Se trata de saber de dónde vengo y a dónde voy. Esta tarde estaba tan tranquilo en mi habitación cuando se ha presentado Felismina y con un hilo de voz me ha dicho: ¿La Flora es pobre?
“La Flora” en cuestión es mi abuela, pero he empezado todo esto como si se tratase de la flora común, la de los ramos y los jardines, porque me preocupa mucho también que nadie cambie su bocadillo por un clavel que le dé un pobre.
Y ahora, para dar respuesta a la preocupación por la pregunta de Felismina, hablaré de la Flora propia, la que no es común, la única que es rica de pobreza pues comparte con todos lo que tiene (lo que no tiene es porque no será muy necesario): mi abuela Flora.
2 DE DÓNDE VENGO
Me sé de memoria la fecha de nacimiento de mi abuelo Jesús Melar, que es muy fácil de recordar porque casualmente siempre celebra ese mismo día su cumpleaños: el 14 de septiembre de 1.929.
Pero otra cosa sucede con el día que nació mi abuela, Flora Vela. Toda la vida la hemos felicitado el 24 de noviembre, pero hará cosa de 10 ó 15 años, no sé por qué, apareció un papel no sé dónde que decía que su fecha real de nacimiento era el 18 de diciembre. Sin embargo, ella sigue celebrándolo en noviembre y además, como si de un misterio se tratase, oculta lo del papel y no quiere hablar de ello, de modo que finalmente no sé cuándo fue en verdad su nacimiento. Como en aquella época solían poner el nombre del santo del día y mi abuela se llama Flora, de toda la vida se ha creído que su cumpleaños era el 24 de noviembre, día de Santa Flora. Mi abuela nació en 1.932 y se quedó sin madre a los cinco años, cuando nació el último de sus hermanos y mi bisabuela, que tuvo la desgracia de ir a tener un hijo cuando había un frente infinitamente infranqueable entre los escasos quince kilómetros que separan Guadamur y Toledo, murió dejando a sus cinco hijos con un hombre sin más recurso ni posibilidad que la de dejar a sus hijos solos porque lo llevaban forzoso a la guerra.
De esa época sé poco, casi lo mismo que mi abuela, y eso que ella lo vivió, porque de estas cosas siempre se sabe demasiado poco y nunca se entiende nada. Sé que en el lugar de la cocina había una higuera. Sé que a mi abuela la cuidó alguien que no tenía mucho en su casa. Sé que todo era pobre. Sé que evacuaron Guadamur y se fueron, pero se llevaron la dureza, más adentro, lejos del frente (que estaba a sólo 6 kilómetros), adentrándose en los Montes de Toledo. Sé que mi bisabuelo se dio picante en los ojos y se le pusieron a rabiar, para poder volver a su casa y cuidar de cinco hijos que sólo aprendieron a sobrevivir. Mi abuela jamás ha sabido leer.
Sé que mis abuelos recuerdan los ruidos de hace setenta años. Sé que los niños se subían a las tapias del terreno del castillo a escuchar los proyectiles que caían en el camino de Toledo. Sé que alguna vez pasaron la noche en los olivos.
Sé que “la” Flora era pobre, porque mi abuela, que tiene ahora medio patio lleno de tiestos, no ha hablado nunca de flores sobre aquella época. Sé que dos días después de terminar la guerra fue a Toledo con mi bisabuelo, al estraperlo, para no morirse de hambre, y que mientras él buscaba en la ciudad alimentos ella dormía con una mujer que tenía una habitación en la mismísima Puerta del Puente de San Martín, que es algo que a mí me parece de una riqueza absoluta y de una absoluta pobreza, también.
Una vez leí una frase que decía algo así como (cito de memoria) “si has sido pobre una vez en tu vida, seguirás siéndolo en tu corazón hasta el último de tus días”.
Por eso sé que la Flora es pobre todavía; que yo seré pobre (y doy gracias por ello) porque provengo, he ido, y seguiré yendo a la pobreza toda mi vida; y que Felismina seguirá preguntándome si la pobreza tiene más respuesta que sí misma (el sí misma se refiere a la pobreza, a Flora o a Felismina).
3 A DÓNDE VOY
Rafael Alberti, emocionado por los cómicos del cine, escribió un libro de homenaje a esos vagabundos que se comen los zapatos o a los que se enamoran de una bailarina y han de conquistarla bailando con los pies descalzos. Lo tituló: “Yo soy un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos”.
Hace quince años, no lo sé pero supongo que yo quería ser rico. Tener una piscina de dos metros y pico de honda, unas zapatillas carísimas, la bicicleta con más velocidades del pueblo, y poder comprarme, cada día del año, un mes de verano.
Qué poco me conocía yo cuando tenía 10 años.
Si Alberti escribió:
“yo nací –¡respetadme!- con el cine”;
y Jaime Gil de Biedma:
“yo nací (perdonadme)
en la edad de la pérgola y el tenis”;
digo yo ahora:
“yo crecí (entendedme)
en una casa donde la Flora era pobre”;
mi reino de pequeño consistía en una onza de chocolate a la salida del colegio, y en una bicicleta que fabricó mi padre con hierros azules que me enseñaron a volar como si el lastre no fuese más cosa que una nube.
De aquellos años me ha quedado un recuerdo que me quiere llevar a ser ese niño cada día, y una sangre del grupo 0 positivo que puede darla a todos los demás y únicamente recibirla de su grupo (me refiero a que en el único lugar que soy yo mismo es alejado de barroquismo y opulencia).
Cuando yo nací, ya llevaba en la sangre varias generaciones de pobreza. De mi abuela sólo podré heredar un patio de flores que ha cuidado toda su vida como si fuesen sus propias nietas, y la felicidad de poder entender cuánto (mejor dicho, cómo) vale ganarse primaveras en la vida.
No sé por qué ha venido Felismina a hacerme esa pregunta, pero sí que me siento con la inmensa fortuna de haber venido por un camino de estrechez y modestia, como los que en mi pueblo recorro con cuestas o con piedras, y de jamás haber querido abandonarlo.
Después de ser nieto de la pobreza, lo que he visto me sitúa entre la espada y la pared de la pobreza. Yo era un pobre y lo que he visto me ha hecho dos pobres. Estoy tranquilo, porque sé que entre la espada y la pared de la pobreza está el lugar más ético del mundo.
Felismina, qué te voy a contar a ti que no te haya enseñado ya la vida en que naciste. Quiero que cuando seas mayor y comprendas lo que te escribo aquí, pensando en ti como ahora pienso, no te olvides ni de dónde vienes ni a dónde vas, ni de la cabaña en mitad de la preciada sabana ni de la Flora que te enseñaba a regar con ella las plantas de su patio, desde la raíz a los pólenes.
La mayor pobreza tuya, y la de mi abuela, es que ninguna de las dos habéis tenido madre nunca. Y vuestras madres no dejaron este mundo por causa natural, sino por una guerra u otra guerra, luego vuestra pobreza tampoco es natural. Nuestras abuelas, Felismina, han sido pobres, distintamente pobres, quizá, de una pobreza hemisféricamente distinta, sí, pero pobres.
Dice un proverbio africano: “si no sabes dónde vas, debes saber al menos de dónde vienes.” Intentaré que nunca dejes de tener una raíz en el suelo de Muhalaze. Creo que ya te he dicho (y a mí también) casi todo lo que querías saber. ¡Ah, no! te prometo que intentaré ayudarte a conseguir lo que yo buscaba de pequeño: que te compres sin dinero un mes de verano cada día.
(aunque no podrá leerlo nunca
dedicado a mi abuela, sobra decir por qué
porque sobran las razones si todas las palabras
que yo pueda decir sobre ella se me quedan demasiado pobres)
06/03/2007
HISTORIA DE UN HOMBRE DE EXTRAMUROS

Con vistas al águila imperial de Carlos V que se encuentra en el peñasco labrado de la Puerta Nueva de Bisagra, y siempre extramuros de Toledo, vive un vagabundo que no sabe que le escribo.
Duerme casi al borde del “ceda el paso” de los coches, pero ninguno se para para dejarle cruzar. Y es que, quizá por tenerlo todo a domicilio, nunca tiene que hacer nada al otro lado. Puede que una de las peores cosas de vivir en la calle sea no salir nunca de tu casa.
Hay un barrendero que limpia su salón por la mañana. El sol, como a un enfermo que se acude a visitar, invade cada día la intimidad sin sitio de su alcoba; empieza a calentar la cama de granito, y él, que se acuesta con los pájaros pero alea la soledad, se precipita al vacío de la jornada desde el somier de cuarzo, sólido y sin curvas como la vez primera que lo usó. Hambre no tiene, toda la noche ha estado relamiendo minerales, el feldespato del colchón le aporta calcio y sodio y cantidades pequeñas de magnesio y de hierro. Ni que arreglarse tiene la apariencia, la almohada le ha peinado con los dedos de la mica. Ya que débil es su día, al menos, el granito, le da la firmeza necesaria por la noche: es bueno que sus sueños no se hundan demasiado.
Después no sé qué hace, imagino que turismo. La base donde vive es el peldaño de la Oficina de Información de los turistas, que está en la esquina enfrente de la Puerta de Bisagra. Se pasará el día entre buon giorno y japoneses, lo que le hará sentirse más extraño, extranjero en su ciudad. La verdad es que vive en un imperio que nadie ha conquistado: el Cuarto Mundo de Toledo, que fue una urbe hasta hoy de Tres Culturas.
Su piel estará fría, como fachadas. En una ciudad de estatuas pudieran confundirle. Y tendrá 50 años, pero aparenta los que un resto del pasado, por lo que debe de ser arqueología. Si se le considerase al menos como fíbula o arcilla, o como cualquier especie de edificio, puente hacia el pasado, o si alguien excavase en su memoria, su dolor o corazón, si se le considerase, en fin, para saber qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos, o si se le considerase a secas, habría materia para un estudio antropológico y social, motivo básico de conocimiento y ejemplo insoslayable de la realidad humana. Se comporta, paradójicamente, de un modo esclavo hacia la vida, a pesar de que es tan libre que no actúa, ni trabaja, ni descansa; se comporta unidireccionalmente porque no tiene otro camino, porque es tan pobre que no posee otra forma ni de ser. Filosóficamente es un robinsón. No hay patrón más fiable de conducta humana, desnuda, que el de un náufrago en la acera.
Podrían llamarle “Viernes”, porque está al final de todo el tiempo; es el último hombre de la Historia. Cualquiera que le viese diría que es un fin de semana de hombre, porque nadie se ocupa de él. No parece, sino que es el día de descanso de la humanidad, éste mendigo. No sé cuál es su nombre, pero se llama como el día en que la gente acuda a los museos porque sean gratis, como un vagabundo que deja entrada libre a sus estancias y aún así nadie le da la voluntad, esa caricia. Es un centro subvencionado de pobreza; a él se le destina todo lo que no sirve para nada, la fiebre, el frío, calamidades… su obra maestra es una “Muestra de hambre”. Es un hombre opaco y detrás de todo brillo, pero un espejo de la sociedad: que no le ayudemos dice todo de nosotros. Nadie comisiona su exposición de dolor. Nadie hace cola para ver sus monumentos: una manta oscura y un arte de cartones.
En realidad no es un mendigo: no pide, no espera. Es sólo cultura de este mundo: la calle es el museo que muestra al ser humano. En este caso, no es él lo que se expone, sino la insolidaridad de los demás. Él es el alumno que aventajó al maestro, más pobre que lo que puede imaginarse. Ha superado en varios siglos las descripciones de Dickens. Si estuviese en mi mano otorgárselo, le doctoraría en Humanidades.
Ahora bien, adelante sigue el mundo. Se acercan elecciones, y él no es parte del programa. Dentro de unos meses decorarán su habitación. Carteles de partidos que no sabrán nada de él. Está partido en cada uno de nosotros, que llevamos la carga de tenerlo olvidado, pero no es parte del programa. Destrozado, y no estará en las listas de partidos.
Con mucha menos geografía que historia (cabe en una esquina que ni dobla) él es la más reciente, y la más vieja, Puerta de Toledo. A partir de él empieza un encanto de mezquitas, de sinagogas, de iglesias…. a las que no sé si alguna vez habrá accedido. Estando tan cerca de las torres más hermosas, las pinturas del Greco y las cornisas, estando a un tiro de piedra de Santiago, del circo romano, o del Palacio de Tavera, teniendo todo el día para entrar bajo los cobertizos, o para pedirle que se baje al Cristo de la Vega, y no sé si sentirá curiosidad, hambre, de Toledo. Es una pena que una persona así, con todo el tiempo que esta ciudad necesita que le dediquen, tenga que emplearlo en arrebatar el pan a las palomas del parque de la Vega. Toledo se muere por alguien como él. Quiere a gente libre, que pueda descubrir sus escondrijos. Toledo tiene ansia de japoneses e italianos que vengan con el tiempo propio de mendigos. Y otra vez: Toledo se muere por alguien como él (repetir la misma frase puede decir dos cosas diferentes).
No habrá visitado, quizá, ni el Arrabal ni San Miguel, pero eso no es algo de importancia. Seguro que la Puerta de los Leones, en la Catedral, tampoco ha visto nunca San Juan de los Reyes. Una ciudad es una maraña de sitios que se desconocen entre sí: jamás han presentado a las estatuas de Alfonso VI y Garcilaso. Este hombre, arquitectura o vagabundo, es el punto principal de las rutas por hacer, pero no aparece ni en las guías actualizadas ni en los programas políticos del mes de Mayo próximo. Este hombre no es una exposición temporal, ni está escondido en los fondos de un museo, ni se le valora como debe.
Pero yo le nombro el “sereno” que Toledo necesita, y no sólo por su tranquilidad. El caso es que él sería capaz de abrir las Puertas de adentro, las oxidadas puertas de la humanidad, si el mundo (que está fuera del mundo ante gente como él) le mirase de otro modo.
.
Fuera del contorno del mundo y la ciudad, ante la Puerta Nueva de Bisagra, donde los coches dan la vuelta a la glorieta como girando ante la miseria y las desgracias, como dando la vuelta alrededor de él, existe la historia de este artículo extramuros en homenaje al arrabal y periferia de los hombres robados por la Historia, y un vagabundo que no sabe que le escribo.
_______________________________________
(Imágen: http://www.toledosigloxxi.com/postales/linares.html)
12/03/2007
PAPIROFLÉXICO CORAZÓN DE MOZAMBIQUE

Mi amigo Francis, me ha enviado, desde Mozambique, un correocon la noticia que reproduzco a continuación y que él extrajodirectamente de la página de “El Mundo”:
http://www.elmundo.es/elmundo/2007/03/04/solidaridad/1172981284.html Una monja española investiga el tráfico de órganos en Mozambique YASMINA JIMÉNEZ (elmundo.es)
Decía Nietzsche que el hombre sufre tan terriblemente en el mundo, que se ha visto obligado a inventar la risa. Sor María Juliana es la madre superiora del Monasterio Matter Dei de las Siervas de María en Nampula, Mozambique. Su rostro revela que es una mujer que ha sufrido profundamente y, sin embargo, tiene siempre una sonrisa dibujada en el rostro.
Amenazada de muerte desde que su nombre saltó a la luz tras denunciar la desaparición de más de un centenar de niños para el tráfico de órganos, Sor Juliana –como la llaman todos- trabaja desde hace más de 30 años en el país africano recogiendo y atendiendo a los niños huérfanos de la región de Nampula, la tercera ciudad más importante de Mozambique.
"Cuando llegamos al país, cuatro hermanas y yo, faltaba un año para la independencia y entonces conocimos al pueblo sencillo de Mozambique. Una experiencia maravillosa", recuerda la hermana antes de relatar la tragedia que vivieron después. "Este pueblo de África tiene grandes valores culturales, más que valores son auténticos tesoros culturales. Todo el mundo cuidaba de todo el mundo en las aldeas y los niños se movían libres como pájaros", explica.
Sin embargo, tras la independencia de Mozambique llegó la guerra, como ocurrió en casi todos los países del África Subsahariana, y la congregación de esta religiosa española vio como poco a poco se desmoronaba el país que había aprendido a amar a través de su gente.
"Los valores se perdieron, aumentaron los huérfanos y las viudas, pero sobre todo, aumentó la pobreza", afirma arrastrando las palabras Sor Juliana. A raíz de todo el revuelo político armado empezaron a desaparecer niños en el país.
En el monasterio de Nampula sólo eran conscientes de estas desapariciones a través de la prensa, hasta que en el año 2002 el fenómeno se extendió hasta su barrio. Poco después apareció el primer cadáver mutilado de una jovencita en uno de los campos del orfanato. Sor María Juliana comenzó a investigar tras ver sufrir a sus vecinos, madres y padres completamente destrozados por la ausencia de sus hijos.
"Al principio nos creíamos las versiones que daba la gente para entender los asesinatos, pero después vimos que los menores, de entre 12 y 15 años, aparecían muertos sin algún órgano", asegura horrorizada, a pesar del paso del tiempo, la religiosa.
Según el propio Gobierno de Mozambique, más de 1.000 niños desaparecen al año en el país. Cuando Sor María Juliana comenzó a denunciar lo que estaba sucediendo en su comunidad también se sucedieron las amenazas de muerte. Ella se muestra tranquila, pero en el fondo tiene miedo por las hermanas que están bajo su responsabilidad. "Por favor, sólo pido una cosa, que no se hagan públicos algunos nombres que podrían complicarnos la situación en la zona", suplica con una sonrisa y añade: "Tenemos informes de otra clase de actividades de tráfico humano que no podemos exponer ahora".
Pese a sus declaraciones, no le preocupan las enemistades ganadas a causa de las denuncias. Para ella, lo que está pasando en Mozambique "es un caso de conciencia ante Dios y ante la humanidad, que no podemos silenciar aunque haya que dar la vida por este motivo".
Sor María Juliana trabaja con el fiscal de la región por recomendación del Fiscal General del país, que le aconsejó no tratar con la policía. Actualmente, esta pequeña congregación ha convencido al pueblo para que mantengan los ojos abiertos y estén alerta ante cualquier amenaza. "Hemos documentado casos de niños que son engañados para subir a un coche o secuestrados directamente. Detrás de nuestro orfanato hay un aeropuerto que se utiliza de forma clandestina durante las noches", explica la hermana para hacer entender cómo actúan las mafias.
Antes de dar por zanjado el tema, la madre superiora se lleva las manos a la cabeza para preguntarse qué nos está pasando: "Esta sociedad está adormecida ante tanta desgracia, que se ceba especialmente en los países pobres, ante tantos horrores. Esta sociedad está enferma, carece de valores, y lo que le sucede a nuestros niños es un reflejo de lo mal que estamos los adultos", explica antes de concluir diciendo: "La Historia nos juzgará, igual que nosotros hemos terminado juzgando la esclavitud o las cruzadas".
________________________________________
___________________________________________________
Y por último, en la página 45, en la sección titulada “los niños”
de un libro publicado hace unos meses que se titula “Latitud todo sur”,
aparece el siguiente soneto: “sin vista, sin estómago, sin lengua?”a la hermana Juliana Álvarez, por su denuncia
HAY niños que no saben cómo hacerdibujos con azules o con rojos,cansada es la mirada de sus ojos,qué diría el color, vamos a ver? Hay niños que no empiezan a comerporque son de aminoácidos muy flojos,y niños con estómagos tan cojosque andan y se vuelven a caer. Hay niños sin lenguas y sin gatos.Quién la comió? Hablan sólo por los codoslos rasguños ladrones de sus hatos. Niños que no están en el papel de la dislexia,músicas de iglesia, que si quieren tener todoslos órganos han de hacer papiroflexia.Imagen: http://www.dibujosparapintar.com/13/03/2007
TUS SENTIDOS

________________________________
LAS FLORES, si las miras, son espejos.
Si las tocas, en vilo y a tu fila,
pétalo de ti –FULGOR- en que se hila
si las hueles tu esencia; son reflejos
.
si las besas. Las flores son de lejos
si las sueñas -y aquí se despabila
contigo una-; y clAmor que se destila
si les susurras en busca de consejos.
.
Las flores, si las oyes, dan un susto
de aroma al viento, y si las nombras
le quitas a lo insípido el disgusto.
.
Si les eres y les ríes porque sí....
si las amas…. ¿todavía te asombras
de que las flores se sientan a ti?
.
Escrito en un lugar sin ausencias, en un punto del año 2.005
.
17/03/2007
LAS VUELTAS PARA RAFA el de la tienda

En un pueblo pequeño como el mío, tiene que haber alguna persona grande para llenar los huecos que dejan los demás.
Normalmente, el alcalde de un pueblo se preocupa tanto por que el Ayuntamiento vaya bien que pierde el cuidado sobre el resto del pueblo. El médico de un pueblo le da tanta atención a la enfermedad de sus pacientes que con frecuencia olvida que lo que importa es la salud, hacia ésta no deshecha en deferencias (casi nunca se tomen lo que escribo al pie de la letra, me hagan el favor). La voz del cura de un pueblo pretende a tanta altura la Palabra divina que fácilmente olvida que Dios ES SOBRE TODO el silencio, mucho más fácil de alcanzar.
No sé a quién leí una vez algo así como que Dios está inmerso en un proyecto mucho menos ambicioso. Los hombres debieran construir menos torres de Babel. En la barbería, la gente ya no habla de su pueblo. Se hacen diagnósticos de política exterior y de fútbol, pero nadie ha sido reportero ni ojeador de promesas, se habla todo de oídas y no dudan de lo que la prensa les dice. Los poetas de un pueblo (en este caso concreto, podrá no haber poetas en el pueblo, pero mientras haya una mujer hermosa, como dijo Bécquer, hermosa por dentro, apuntillo yo, habrá poesía) ya no escriben de una hija menor de un campesino porque no son capaces, inmersos en la búsqueda de palabras totales como islas del tesoro, de hallar la belleza que emana de la correcta proporción interior de la persona y que quizá, sólo si ésta echa luz desde dentro, tenga su punto álgido en unos ojos transparentes (suma de todos los colores) que dejen ver el paisaje humano de la claridad de ánimo y encanto a través de ellos. ¿Cómo encontrar la luz en una forma, si la luz es lo que está siempre escapándose de un sol? Ser poeta consiste en adivinar quién es un astro y comunicárselo al sistema universal, hay que escribir a veces sobre sombras para que hasta a los más ciegos del pueblo la verdad resplandezca. Si no seguirán diciendo que si no lo ven no lo creen, y es que ya se ha perdido la confianza ciega en los hombres, y hasta los novios de un pueblo se van a la ciudad a ver el cine.
La identidad de un pueblo ya sólo se mantiene en alguna tienda que fíe. Rafa tiene una, donde las señoras platican
qué tal tu marido
ahí anda, le duele menos ahora
mientras esperan con paciencia el jamón. Entre cuarto y mitad de chorizo y de hora (Rafa tarda lo suyo en despachar) los hilos del pueblo se tejen un día más. En un pueblo pequeño como el mío las plazas más públicas son las que se abren hacia dentro, como los buenos albaricoques. Los niños no lo saben, pero tienen escrito el estar deseando que llegue la época de recolectar los frutos sembrados.
Rafa, Rafita de toda la vida, está luchando contra una enfermedad de sus células. Eso lo saben todos porque ya es difícil un sábado ver la luz de la tienda encendida a través de tres rendijas de persiana a las tantas de la coche. Antes sí, se sabía que era Rafa limpiando las baldas, colocando los tarros, comprobando la caducidad de las latas de atún. Pero un día corrió por el pueblo, voz tras voz hasta hacerse jadeo, la enfermedad de Rafa, Rafita. Tuvo que dejar la tienda, su hermana se ocupó, y se le dejó de ver frotándose las manos antes de servirte quizá para que el pollo llegase con más temple a tu casa. Tuvo que cerrarse. Para su tienda antes abierta a todas horas si precisabas cualquier cosa fue una ausencia tan áspera como el papel que envuelve las compras.
Rafa, Rafita, cuando yo tenía 7 años me despachaba, con diligencia las menos de las veces pero con una agilidad grave, importante, el Frigo-pie de algunos días de verano a media tarde. Creo que era el único en el pueblo que no vendía helados de Camy. Era verdad que siendo tan crío y teniendo tanto que hacer sin poder tirar un minuto, ir a la tienda de Rafa suponía que te despachara Rafita, con lo que el tiempo no era una verdad absoluta, sino relativa, que se te podía escapar aunque fueses tú en bicicleta de carreras como hubiese dos o tres antes que tú. La teoría de la relatividad de Rafita, hipótesis cierta y reiteradamente comprobada, presuponía una incertidumbre de tarde preciosa que podía desaparecer, paradójicamente, en un pis-pas: lo que tardabas en ver el Frigo-pie en el cartel, que te dejaba atrapado, sin futuro, hasta tu turno, y con el miedo a que quizá algún amigo tuyo se hubiese llevado el último ejemplar de la nevera, donde sabíamos los críos que el Frigo-pie corría peligro de extinción permanente.
Eso era en verano, en el otoño los bollycaos con cromos de fútbol. Si se tardaba semanas y colesterol en completar la colección comprando el bollo en otra tienda, comprándolo en Rafita estaba el riesgo de que Hugo Sánchez se hubiese ido del Madrid. Pero dejemos ahora las chilenas del pasado, que yo era más de Butragueño.
Cinco duros valían los polos más baratos, los de naranja y limón, pero desconsiderando el derroche yo me perdía por el Frigo-pie y lo empezaba siempre por el dedo gordo. Así, mientras llegaba al meñique, el dedo que mejor me caía (mejor me sentaba y sabía), me iba haciendo a la idea de perder otro día de mi vida de niño para siempre. De mayor he procurado comportarme como antaño, derivando esa nostalgia congelada entre planta y empeine y con palo, en similar atención por los glaciares.
Hoy, dieciséis de marzo, dos mil siete, se me están deshelando recuerdos de entonces. Y esta vez ha sido Rafa, Rafita, quien me ha venido a la cabeza antes que el Frigo-pie, nata y fresa que te dejaba huella. Desde que el pueblo supo lo de sus células contaminadas, y desde que empezó a luchar frente a la enfermedad pacientemente como cuando echaba la cuenta y daba el cambio, fue posiblemente el titular con más minutos en las conversaciones, ni el paro ni el precio de un filete en otra tienda más cara o más barata, ya que un pueblo, que no es ninguna transacción sino una necesidad sin objetos consumibles, en tiendas como la suya se teje. Su ausencia a la hora de comprar (o las dos horas, ya que era lento como un caracol seguro de que el sol tarda mucho en irse) era notable y parecía que hubiese saqueado la tienda. De pronto era como si faltase de todo en la tienda de Rafa. Él proseguía lento y seguro el camino lleno de rayos de su recuperación, como de ese sol radiante que parece venir sólo para llamar a que salga el caracol. Y al final, siempre con la tienda a cuestas de él, que siguió siendo “la de Rafita” aunque se ocupase de ella su hermana, la enfermedad fue acobardándose en algún rincón caduco sonrojada, echándose hacia atrás, porque Rafa por primera vez en su vida decidía no servir lo que pedía ese atraco de la vida que no se sabe muy bien si acabó relegado para siempre al último puesto de la cola o se cansó de esperar a un hombre más fuerte y paciente que él y al final se largó sin tachar su requerimiento de la lista.
A Rafa se le empezó a ver casi por primera vez sin mostrador. Paseaba con su aplomo incluso en el rato de la siesta. Se puso a hacer lo que hacíamos los amigos cuando niños, echar la tarde por el pueblo, aunque tal vez por no ser ya finales de los 80 o porque no corresponde a un hombre de unos cincuenta años él no lleva nunca un Frigo-pie. En el pueblo alegremente se volvieron a oír partes (esa palabra de viejos que es noticia) sobre Rafa. Se le veía bien andando los caminos, felizmente para el tejido del pueblo.
Las autoridades de verdad de un pueblo son aquellas por las que los vecinos se preocupan sin que se les ocasione división, de forma unánime. No digo que el alcalde, el médico, el cura, el barbero, los poetas o los novios, de mi pueblo, no hubiesen circulado por hasta los corros más discretos en caso de que hubiesen padecido tal herida. Digo que sólo un vecino imprescindible para la intrahistoria de las mesas, las despensas, alacenas, y sobre todo los corazones de la gente, como Rafa, Rafita, puede ser el centro social, la plaza, de la gente corriente que no sólo come sustentos cada día, sino que se alimenta de otras viandas que más nutren. Mientras aquellos que hacen la historia del pueblo hablan del precio del pan, el alma o la aspirina, olvidándose a veces del pobre que lo paga, los que son Rafas, Rafitas, primero escuchan al otro lo que pide y luego, tras aviarlo, se lo alargan (que en extensión significa que le dan mucho más de lo que pueda parecer) en justo precio, que no siempre tiene por qué corresponder con precio justo.
Ya dije que en todo pueblo pequeño como el mío, debe haber alguna gran persona que eclipse los huecos que dejamos los demás.
Antes de acabar, decir que nadie rebusque más nombre propio en esta (intra)historia que el de Rafa, Rafita, única figura real en mi pueblo de Toledo y en el pueblo de palabras de ficción que creo cuando escribo, este último no completamente fiel a mis vecinos, pues el resto, desde el alcalde hasta los novios, entiéndanse arquetipos, personajes o rellenos del entramado de la (intra)historia, secundariamente necesarios para establecer la densidad de una escena coherente. Es como en la vida: no se bien valora una vieja lámpara si no se descubre bajo una vetusta pátina de polvo, ni un papel blanco hasta que no es encontrado entre cientos de páginas mal llenas.
Así, si se quisiere tamizar el sentido de este escrito, apréciese a Rafita únicamente. Y perdónenme, principalmente él, por sacar en este teatro su nombre sin máscaras, los errores y las faltas de atención en que pudiere haberles hecho incurrir la baja y tal vez aburrida manera que a veces tengo de escribir. Confío sabrán disculpar, si las tuvieren, las apreciaciones críticas a los personajes históricos de pueblos, pues no era tal la intención del autor sino manifestar que la auténtica cohesión de los mismos la hacen las personas que sirven al punto, como el caso de nuestro servicial protagonista, sin más demora que la impuesta por una correcta, cuidada y personal, atención al cliente. Confío igualmente en que no hagan una intención de lectura desde una perspectiva irónica, pues insisto en que las causas que motivan al autor no son otras que la exposición de una gran persona de su pueblo, y si alguno interpretase algún desdén o menosprecio hacia el resto de personajes (de ficción) que aparecen en esta (intra)historia deberá saber que sólo en su malintencionado punto de vista habrá de hallarlos, pues el autor se ha comedido a exponer como real a una sola persona de su pueblo. Bien pudiera hacer crítica, siempre constructiva, del resto de individuos y fulanos, mas habría de realizar esfuerzo en darles su verdadera psicología y conductas, por lo que será menester dejar tales faenas y ejercicios de estilo para más propicia ocasión.
Confío, finalmente, para compañeros de generación que gusten el deleite de míticos recuerdos, haber hallado un tiempo perdido en el saboreo literario de un viejo polo exquisito, como Proust hizo con su magdalena, y no haberles agotado la paciencia de llegar hasta el final en cuestión, motivo real de este escrito e intrahistoria de base de esta (intra)historia, que no es el que describiré a continuación sino el que retorne a Rafita como mi moneda de cambio, porque a pesar de haber cruzado con él poco más de
un Frigo-pie
cincuenta pesetas
hace unos veinte años, y de haberle abonado puntualmente en su momento cada uno de los pulgares y meñiques que me traen a paso ligero el sabor más delicioso de mi infancia, le vuelvo a deber algo, palabras al menos. De gracias. Porque hay muchas personas en un pueblo que donan cantidades ciertas para Mozambique, pero el sobre que me ha entregado mi abuela esta tarde, 16 de marzo, cuando he vuelto del trabajo, y que a su vez se lo había dado Rafa, Rafita, en la tienda esta mañana, me ha dejado a mí más bien un paladar de calidad, muy superior a la del Frigo-pie. El autor no puede dejar en este momento de manifestar que muchas personas merecerían un similar gesto sensible por su parte, pero confía en la humildad de quienes hacen la donación sin ánimos publicitarios para que no le exijan un texto de elaboración obligada, pues el autor entiende que es él quien está a disposición de la literatura cuando ésta quiere buscarlo, y últimamente sólo se pone a escribir cuando las (intra)historias del tipo del tendero y el helado se le presentan con toda la calma del mundo, sin intenciones secundarias de llamar la atención.
Por eso, nada más que porque son las (intra)historias las que definen el ritmo de la historia, el autor ha tardado tanto en escribir a Rafa y al helado de sus sueños, pero manifiesta que a pesar del tiempo derrochado no le ha costado nada, tratándose la trama de una persona de fiar, escribirla. Para Rafa, entonces, de cuya recuperación de salud y tiempo perdido el autor se alegra, estas pobres “vueltas” que por una vez ha de darle quien siempre pagó y no tiene fondos.
Guadamur, en una hoja de papel a cuadros como aquellas del colegio, a 16 de marzo de 2.007
Desocupado lector: si con gracia quisieres aportar alguna apostilla que sin duda enriquecerá lo dicho, pincha más abajo en “comentar”
19/03/2007
UN HOMENAJE DE ÁFRICA

Mozambique está lejos, muy lejos, pero sus personas no tanto. Y qué decir si son personas y amigos a la vez.
Ya he hablado aquí, en otras ocasiones, de Felismina (sobre todo), de Francis, de Elidio, de Elena… de Iván algunas veces, y hoy quiero mencionar aquí especialmente a Raquel, que es médico y trabaja en el hospital Polana Caniço de Maputo.
Sólo la he visto una vez en mi vida: los últimos días que estuve en Mozambique fui, junto a otros dos compañeros, a ese hospital a hacerme la prueba de la malaria, ya que nos encontrábamos mal desde hacía unos días y era conveniente saber si la teníamos antes de volver a España. Raquel nos atendió inmejorablemente.
Y no volví a saber de ella hasta que surgió Iván, el niño de Mozambique que ha venido a España a ser tratado de su enfermedad, el sida. Contacté con ella por e-mail en alguna ocasión y se le nota que es una persona que está hecha de alguna madera diferente, no sé si de ébano o quién sabe de qué otro árbol africano. El caso es que ella, fuerte para llevar su vida en el hospital, hablaba de que
“es tanto el dolor extremo que presenciamos cada día, cada minuto, son tantos los cuerpos rotos que tenemos que tocar, aquellos que ya nadie se atreve ni a mirar, que necesitamos palabras de aliento para seguir adelante.
Sé que nuestros enfermos de SIDA no importan al mundo, simplemente no existen. Si todos los enfermos de SIDA de África desaparecieran al mismo tiempo ni sería noticia, nadie se daría ni cuenta.
Pero nosotros, tú, Francis, Elena y tantas otras personas vamos a seguir apostando por la vida de aquellos que el mundo ya considera muertos.
Nuestros pacientes no tienen ni dinero, ni estudios, ni belleza física, ni trabajo......pero tienen un nombre, una historia, una familia, tienen alma y tienen fe. Cada día recibo de ellos lecciones de humanidad y de resistencia hasta límites insospechados.
Podemos luchar desde muchos frentes, en mi caso yo me siento privilegiada por el lugar que me ha tocado en esta batalla, acompañar de cerca al pueblo en medio de mucho dolor pero en medio también de mucha VIDA.
(…)
Estamos en comunicación.
Las fotos de Ivan, sin comentarios, me quedo con la boca abierta mirándole. Nos acordamos de él las 24 horas del día.
Un fuerte abrazo de Raquel.”
Por eso quiero, humildemente pero con toda mi admiración por ella, rendirle desde aquí este pequeño homenaje que le haga considerar que aunque su labor diaria es dura y complicada no existen palabras (yo no las tengo, desde luego, pero creo que nadie tampoco) suficientes para hablar de lo necesaria que es, para el mundo que a mí me importa, ella y su trabajo completamente entregado a aquellos que si desaparecieran al mismo tiempo ni serían noticia y sobre los que el mundo no se daría ni cuenta. Yo quiero decirle que sí me doy cuenta, de ella y de quienes ella trata, y que quiero que los pocos que entren a leer esta página no se vayan de aquí sin conocerla.
Por eso me he tomado la licencia, Raquel, de reproducir algunas de las palabras de un e-mail que me enviaste, y espero que no te moleste que lo haya hecho.
Y a continuación, voy a reproducir uno que te envié hace algunas semanas:
“Hola Raquel:
me siento pequeño, muy pequeño, como un grano de arena al lado de una montaña, leyendo lo que dices. Porque soy yo quien te debe agradecer a ti tus palabras; soy yo quien es ayudado en todo esto y el que se anima viendo lo que hacen las personas como tú.
Ayer estuve en el hospital viendo a Iván y su madre. La verdad es que es muy duro ver a un niño como él, tan enfermo. Es muy duro encontrarse a una persona tan pequeña, tan débil. Pero ahí reside precisamente la grandeza de la vida: es el sobreponernos a esos momentos duros lo que hace que la vida no sea una cosa blanda, sin sustancia y sin forma. Esas cosas, que son tan duras, son también las cosas sólidas de la vida.
Porque en el corazón de esas cosas sí que hay dureza, fuerza, resistencia. Entonces se comprende que Iván no es débil, que probablemente debajo de él está el centro de la Tierra, que tiene que tener un corazón muy fuerte para resistir el empuje de esa enfermedad tan corpulenta que lo presiona pero que no puede con él. En el hospital, junto a Iván, pensé que los niños de África nacen cuesta abajo. Empiezan a rodar, a bajar por su propio peso, hacia la tierra. No se hacen daño nunca, porque nunca caen; la altura de su vida está a ras.
Pero ésa es, precisa y hermosamente, la cumbre del ser humano, la prueba de que la dignidad es el cimiento de la persona. Esos niños, como Iván, son todo dignidad. 100% pura y duramente. No hay nada que los pueda apartar de ello.
Quizá, quien no se haya metido nunca en la piel de África, no comprenda bien lo que quiero decir. Yo tampoco lo comprendo demasiado bien, puesto que no he hecho más que ir un par de veces a África y volver. Pero seguro que tú, Raquel, sí lo comprendes; lo sentirás día a día, trabajando de doctora en Maputo, entre tantos y tantos Ivanes; y ahora mismo debería callarme yo, porque debieras ser tú quien me escribiese a mí una carta para explicarme lo que tú sin duda sabes, y que yo sólo soy capaz de imaginar gracias a haber conocido a personas como tú.
Pero ya que estoy, voy a seguir escribiendo un poquito más. Ellos nacen cuesta abajo, sí, la ley de la gravedad (nunca mejor dicho: gravedad) tira de ellos desde el momento primero de su vida. Sin embargo, África no es un abismo, donde caigan; sino una montaña. Y más que una montaña natural, bella como el Kilimanjaro, África es una montaña artificial.
Creada por vosotros.
Por eso te decía al principio que yo me siento como un grano de arena al lado de una montaña creada por los hombres y mujeres más altos del mundo. Yo he tenido la suerte de ser “montañero”, y a mi lado me acompañaban gentes sin botas especiales de escalar, sino descalzos; la suerte de haber conocido de primera mano a Francis, a la hermana Elena, a ti… Vosotros sois algo más, más que la montaña África: vosotros, unos al lado de otros, ya sois cordilleras.
Supongo que te sonará el mito de Sísifo, que fue castigado por los dioses a llevar una piedra rodando hasta lo alto de una montaña, y cuando llegaba siempre se le caía hasta el fondo. Entonces bajaba y comenzaba de nuevo la ascensión. Y así eternamente.
Allí, lo vuestro es algo parecido. No paráis de escalar nunca. Lo que pasa es que no bajáis porque se os haya caído la piedra, sino porque volvéis para tomar una nueva y subirla hasta arriba. Vuestras piedras jamás caen. Viéndoos a vosotros, yo me río de la fuerza de la gravedad. Parece que para vosotros nada pesase. En el colegio me enseñaron que dos masas se atraen con una fuerza proporcional. Pero no es verdad, ¡ay, si nos enseñasen estas otras cosas desde pequeños! ¡Si nos enseñasen que, en realidad, la fuerza que nos mantiene unidos no es de gravedad, sino que lo que más une al mundo es la fuerza de sanidad, y que es una fuerza desproporcionada!
(Con las piedras que subís, subís la cumbre de África. La hacéis más alta cada vez.)
Porque Iván, ya lo decía el powerpoint, no es una isla, completo en sí mismo, sino que está ligado a la humanidad. Porque Iván no está solo. Nunca lo ha estado. Ni cuando nació, ni cuando se supiese por primera vez su enfermedad, ni cuando viajó hacia aquí por la altura de las nubes. Cada día de Iván es el día de todos, sea con sol o nublado.
Y ayer estábamos unos cuantos en el hospital con él y con Amelia, su madre: allí estaban José Luis y Elena, que es la familia que se ofreció a acogerlos en España, estaba Paula, una compañera de mis viajes a Mozambique, y estábamos Felismina, la pequeña África de mi casa, y yo. Pero, más que todos nosotros, allí estabais Francis y tú, Raquel.
Felismina estuvo correteando por la habitación, y entonces Iván no paraba de reírse. Estuvo casi todo el tiempo en la cama, porque no puede hablar ni andar, pero todo eso lo suple con reírse. Es más: al rato de estar con él, jugando y haciéndole reír, se animó y su madre le bajó de la cama, y dio algunos pasos. Luego cogió un globo que había por allí. Lo hacía todo muy despacio, pero notamos una mejoría desde que entramos en la habitación hasta que nos fuimos. Sólo en las casi tres horas que estuvimos allí, mejoró porque se sintió arropado por las pocas personas presentes. Es verdad, no es ningún cuento, se notó que tenía más fuerzas y ganas según iba avanzando la tarde. Claro que Iván sabía que no sólo estábamos allí 7 personas: sabía que detrás hay muchas otras, y a muchos kilómetros de distancia, lo que ha hecho crecer su perspectiva vital.
Supongo que ya sabes que los análisis y pruebas que le han hecho han dado resultados esperanzadores.
Y las personas como tú, son los resultados de los míos. La generosidad y la solidaridad soy yo quien te la agradece.
Un abrazo muy fuerte, como el que te darán los ojos de Iván en las fotos que te envío.”
Pues eso, un abrazo muy fuerte, Raquel.
Y, como se dice en estos casos: hasta siempre, que espero sea pronto.
David.
20/03/2007
EL FUTBOLISTA DE LA FOTO

Mirando en un álbum, pasando cual ave
de domingo la tarde volando le noto
que por su cara bonita Felismina no sabe
quién es el futbolista de la foto.
.
Han pasado los años y no ha cambiado de equipo
(de pronto en la radio el Madrid mete un gol);
Felismina riendo se desmarca en el hipo
y hace un regate al futbolista español.
.
Han pasado los años y ha dejado el estadio,
pero ahora conserva en el estante las botas,
y el Madrid que ha metido otro gol en la radio
no le hace olvidar sus pasadas derrotas.
.
A pesar de las medias, el color y el escudo,
nunca fue el mejor futbolista del mundo.
Pero jugó con el corazón hasta que pudo.
Hasta que fue lesionado profundo.
.
Y ansía dar más pases, vestirse de corto,
amar la pelota como hacía de chiquillo....
pero el míster que tiene, viéndole absorto,
le deja cada día en el banquillo.
.
Lo que tiene la vida; pensó que era un juego
y para aquellos partidos no se entrenaba.
Recuerda una tarde que jugó como ciego
cuando la pelota al pecho le llegaba.
.
La paró con estilo, sudor y elegancia;
pensó que tenía el balón en control.
Pero vino el contrario, oliendo a fragancia,
y él se dejó que le hicieran un gol.
.
Dijeron las crónicas que fue en propia puerta
porque amaba al contrario, no hizo ni faltas.
Su portería al final, que estaba abierta,
lo dejó marcado como el 12-1 de Malta.
.
Él siempre jugaba fuera de casa,
en la ida y la vuelta. Perdía; y luego,
tras ser visitante de la hierba rasa,
cayó dentro de ella en fuera de juego.
.
Su último encuentro como mito vivo
fue cuando vio en las gradas con lástima
que ella apagaba el carrusel deportivo
y le marcaba al fin la pena máxima.
.
No era portero, ni buen marcador;
no era tampoco de portadas de prensa;
no era bota de oro ni goleador;
pero lo que peor era era defensa.
.
Jugador melancólico, de copa y de liga,
con el escudo bordado en el corazón,
de aquella entidad que fue su amiga
y le bajó a segunda división.
.
Ahora sus rizos están en el pecho,
donde clavan los postes de una pieza;
aunque alguno queda torcido y maltrecho
de los remates que le hicieron de cabeza.
.
Él ya no es el futbolista que era.
Del tiempo aprendió que jugaba pequeño,
que el amor es una falta con barrera,
y que él nunca fue Butragueño.
.
Mirando en un álbum, espera que acabe
con el Madrid en la radio su pasado roto,
y que Felismina le gane, ahora que sabe
quién es el futbolista de la foto.
.
En un lugar entre Toledo y Madrid, 19-03-07, durante las cinco en punto de la tarde.
21/03/2007
CASI PRIMAVERA

(Los girasoles, de Van Gogh)
.
Los que ven el planeta desde fuera, cómo gira alrededor del sol, cómo vira hacia brotar, dicen que el 21 de marzo, hoy, empieza la primavera.
Pero es a veces difícil creerlo mirando el planeta desde dentro.
El 12 de marzo de 2.004, en mi pueblo, mirando hacia ayer, se me heló la primavera que llevaba tanto tiempo esperando. Entonces escribí lo que sigue, ya que la primavera no iba a ser por consiguiente:
.
.
CASI PRIMAVERA
(dilaciones de la vida bajo techo)
.
LA PRIMAVERA DE ATOCHA aguarda
debajo de las vigas de acero,
hacia el centro de la ciudad y los túneles
- mirándose en los tableros electrónicos
retrasos de varias vidas en luces rojas -,
.
una llamada de la periferia en que vive,
una particular ironía de las estaciones
para que la luz que en el tiempo dormita
se desOriente y sacuda del invierno
una humanidad que apuntale su estructura
y un nuevo plan de urbanismo.
.
Ya van abriéndose las rosas de ayer al mismo
vacío, huracán, hoy, cielo,
abismo sin alud artificial ni parasoles
que no acostumbra a vivir en microclimas
de terraplenes por donde a ciertas horas
la vista de la primavera produce atascos;
.
mientras debajo del techo
de los edificios públicos
la impaciencia por el día que luce afuera
trata a todas las miradas por igual;
.
sin embargo, espontáneamente
por requisarse a sí, el equinoccio a discreción
medió las horas de las vidas, mitades de tiempo
en el diferido de los televisores,
.
al lado de las noticias locales fue poca cosa el mundo.
.
.
Dan ganas de pensar en pasado simple
cuando el presente no es indicativo
del momento en que nos hallamos todavía,
pero las circunstancias que aguardan en el hall,
debajo de las vigas de acero,
a resguardo en los andenes de la memoria,
finalmente hay que vivirlas y también duelen.
Mientras alrededor de la red de transportes
Madrid sucumbe en sus glorietas,
palabras
donde naturalmente
se sugieren señales de peligro
y las primeras hierbas frente al cemento
cara a cara su luz verde manifiestan.
.
Sin necesidad de granadas o de pájaros
estaban a punto de volar las estaciones.
.
Era CASI PRIMAVERA en Atocha.
.
.
(El vestíbulo de la estación de trenes de Atocha tiene un microclima.
Siempre, la estación allí dentro es primavera,
o casi - al tratarse de naturalezas bajo techo -.
Pero desde el 11 de marzo de 2.004, (que es hoy)
siempre faltan, cuando menos, diez días para la primavera,
una atmósfera limpia desde su periferia,
unas vías por las que llegue puntual,
y 191 personas para disfrutarla.)
.
Dedicado a la memoria de aquellos para los que hoy, y ya siempre, será 11 de marzo de 2.004. Para los que será siempre casi primavera.
23/03/2007
CARTA PARA QUE ACOMPAÑE A UNA AMIGA ESTOS DIAS COMO TCHAIKOVSKY
Últimamente, los artículos que expongo en este sitio tienen un marcado tono de melancolía, como de sonido de teléfono antiguo. Serán cosas de marzo, que empezó con un paseo un poco tristón en ese “Toledo o tú”. Vino después: “Yo soy un pobre y lo que he visto me ha hecho dos pobres”, y luego “Historia de un hombre de extramuros”, a quien, por cierto, le gustan los bocadillos de lomo o de tortilla calientes, preferentemente, según me dijo un día de frío, bajo el albal. A continuación encontramos un papel doblado, triste como el avión de hoja que se nos llevó la juventud, en “Papirofléxico corazón de Mozambique”, y lo siguiente fueron “Tus sentidos”, que forman un todo escrito en un lugar sin ausencias, como fue mi corazón cuando se quedó incomunicado. Le siguió “Las vueltas para Rafa el de la tienda”, espacio de palabras para que el tiempo perdido acabe encontrándonos de nuevo, y “Un homenaje de África”, que es un grano de arena al lado de una montaña creada por las mayores humanidades del mundo. Qué decir de “El futbolista de la foto”, sino que a veces hay que apagar la radio para vivir la vida, y quizá así poder empezar a hacer de entrenador con quien le necesite, por la experiencia en tales lides adquirida; y de “Casi primavera”, llanto que riega los bodegones de las flores que se marchitaron cuando aún estaban en los jarrones de la vida. Sí, últimamente los artículos que expongo en este sitio (qué triste, la palabra sitio) no sólo tienen ya un marcado tono sino una línea seguida de melancolía, como de torres y tendidos de comunicaciones telefónicas antes de la revolución de las ondas electromagnéticas que habitan el vacío.
Y la palabra sitio, que suena a cerco infranqueable, como el de Zaragoza, también puede cambiarse, igual que Zaragoza al final rompió el ataque que le prodigaba la tristeza, con una maravilla musical como es “El sitio de Zaragoza”.
Pero el mes de marzo no acaba aquí. Es más, después de todo el aire triste de esos artículos, el mes de marzo me guardaba alguna tarde de viento todavía, de mucho viento.
Marzo aún no ha terminado, y más o menos todos aquellos artículos, finalmente, no sé si se habrá notado, terminaban con una ligera línea ascendente, como de golondrina lánguida cuando remonta el vuelo desde un lago al que ha bajado a beber. Es un trasluz de esperanza.
Pero yo estaba diciendo algo de tardes de mucho viento. (Espero que el que sopla en este último artículo de marzo, ayude a las primeras alas que tienen que volar para que llegue abril con alegría, a sonreír). Resulta que una amiga mía está triste.
CARTA PARA QUE ACOMPAÑE A UNA AMIGA ESTOS DIAS COMO TCHAIKOVSKY
(A modo de previo, como el momento en que la compañía va por la calle dirigiéndose al acompañado:
Todas las palabras de este escrito acaban por decir lo mismo todas juntas, ya que no pueden separarse sin perder el sentido, ni pretender ser ninguna más importante que las demás. Que el todo sea algo más que la suma de las partes implica que muchas tristezas solidarias, al lado unas de otras, tejan un equilibrio superior para que a través de él pase algo distinto como por ejemplo un camino abierto a la alegría, como una persona por un puente. Igual que en las estatuas clásicas la belleza emanaba de la correcta proporción de cada forma entre las otras, milimétricamente dispuestas para dar a luz con las respectivas sombras necesarias a esa belleza que pertenecía sólo al conjunto común de cada partícula de mármol unida a las demás; en un escrito la voz imperiosa se levanta desde el fondo singular que está sumergido en cada palabra como si fuese el sonido ambiente, hasta la superficie donde todas pueden respirar a la vez en el mismo plano de importancia para sacar fuera del papel el eco que saldría de su lectura como si fuese, en fin, la atmósfera que de todas surge. Pero todo es más sencillo que eso: es más importante la unidad que los detalles. Así que, finalmente, todas las palabras de este escrito vendrán a ser una: “tú”, que serás quien les dé el signo alegre a todas si tú sola lo estás, debiéndome perdonar a mí si no consigo animar a que todas trabajen juntas para ese fin, y debiendo, en el caso de que alguna te parezca triste por sí sola, perdonarla a ella por separado.)
Uso de base una frase de Benedetti, y un poco la cambio para decir a una amiga:
Una mujer alegre
es una más
en el coro de las mujeres alegres;
una mujer triste
no se parece