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16/05/2007
POR VEZ PRIMERA

(un año con Felismina)
TU pasaporte nació escasos días antes de volar, pero aprendió pronto a llevarte. Precipitándose,
igual que si hubiera un donante compatible de algún órgano a cientos de kilómetros y el tiempo se acabara, pusieron los pies en la tierra tus billetes de avión, para bajar hasta ti, ser posibles a tu altura, tomarte de la mano, la mala, elevártela con el tiempo por encima del hombro. Espera, no corramos tanto. Tomarte de la mano, la mala, subírtela al avión, ¿te sentaste al lado izquierdo o al derecho? Subirías la escalera desequilibrada, con el brazo izquierdo sin pesar, el equilibrio rompiéndosete. Recuerdas hoy, entonces: ¿al lado izquierdo o al derecho? Con los cinco dedos encogidos iba un ala del avión, el meñique sobre todo, tan retorcido como un papel cuando se quema. Hacía ocho meses y medio que te caías en la lumbre, y te caías todos los días porque todos los días te levantabas por la mañana con tu brazo quemado que no se levantaba. Era lo único que dormía en tu cuerpo a todas horas. Y entonces te subiste como una pavesa al avión, para que tu ala despegase cuanto antes de aquel fuego que ya no la consumía, pero que le robaba el aire necesario para usarla, si no ya como ala, porque no sé si tenías tanta imaginación, al menos como mano. Me refiero a que Mozambique, que no debes recordar como una lumbre, tampoco tenía la atmósfera precisa que curara tu brazo. Y eso te dejaba torcida ante las cosas que se encuentran de frente en la vida: no sabías la diferencia entre derecha e izquierda, porque sólo podías señalar con la derecha. Nunca hubieras podido estimar más que una opción, porque tu brazo derecho se hubiese adelantado toda la vida a tu brazo izquierdo.
Tras Maputo, Johannesburgo y Frankfurt, por un avión que salió el 13 de mayo a mediodía, llegaste a Bilbao el 14 por la tarde, con Francis y con Rita. Karin, la hija de Francis, os había acompañado también durante gran parte del viaje. Así, el domingo 14, los que pronto serían para ti papá y mamá, me llevaron a Madrid a media tarde. Nos dimos una vuelta por la Plaza de Oriente y unos helados, y llamé a Francis. Estabais bien. Papá os compró a las dos niñas ese pollito amarillo al que ibas a dar cuerda al día siguiente, sin posibilidad de decidir, con la derecha, mientras lo estrujabas como podías con la izquierda. Yo cogí el tren a Bilbao a las 22.45 h. en Chamartín, y vi cómo cuando se lleva esperando mucho tiempo encontrar a alguien al día siguiente se ve pasar toda una noche por la ventanilla, en este viaje que es la vida. Me di cuenta de que el sillón podía reclinarse a las 5 de la mañana, quizás tenía un resorte que se accionaba por tiempo y que impedía que se hubiese inclinado antes, pero creo que lo que pasó es que no encontré la palanca, hábilmente escondida bajo el lado derecho del asiento, y pensé que quizá tú sí hubieses encontrado antes cómo reclinar el sillón, porque, hubiera sido buena suerte la tuya, la palanca estaba en el lado derecho, aquel que te permitía seguir a tientas a la vida porque las cosas del lado derecho sí podías escogerlas. En ese momento, tú podías actuar en la vida solamente la mitad de las veces. Y sucedió que, ya habiendo reclinado el asiento, me tumbé en él por compromiso, nada más, sin mucha pasión ni astucia por dormir, porque ya hacía tiempo que los sueños, para mí, sólo merecían la pena al despertarse.
En el andén de la estación de Abando, a eso de las 7, me cambié de camiseta, y me encontré a la mañana de Bilbao, limpia y fresca, como una cara bonita que se despierte junto a uno con el rocío ya a punto para ser besado. Era la Gran Vía el paisaje de aquel paseo. Fui buscando el café “Iruña”, donde había quedado con Francis para un par de horas después, y me senté a escuchar la radio en los bancos de enfrente, en el parque de los árboles verde oscuro, a ver si en las noticias del día 15 salías tú por algún lado. Sólo por teléfono salías. Una llamada al rato me dice que siga por Gran Vía, buscando Plaza Elíptica, hasta la puerta del café “Metro Moyúa”. Llevo diez minutos esperando cuando se me acerca un señor de pelo blanco, que medio cojea, sonriendo a través de su cara, porque su sonrisa viene siempre de más dentro, y nos damos un abrazo.
Lo de siempre, qué tal el viaje, la vida cómo va. Pasan otros que se paran, se sorprenden, le dan a él la mano o un abrazo. Qué tal por allí con los masais, le dicen. O dónde era donde estabas. En Mozambique, dice él. Y, un momento tan sólo, los edificios de pisos de Bilbao pasan a “palhotas” y el sol sale abrasador a evaporar el frío más hacia el norte.
En ese momento llega Luís Bastida, y nos tomamos algo en el bar. Los dejo solos. Paseo por las calles, las plazas, el Guggenheim…. Tú estabas en la casa de Ander Mezo, el ginecólogo de Bilbao que se iba a encargar de Rita, la otra niña enferma que llegó contigo. La idea era que descansases todo el día, y tú y yo nos fuésemos para Toledo el día siguiente. Yo iba a pasar la noche en San Sebastián, donde Mercedes, mi amiga bióloga, me iba a dejar un hueco en su piso. Vuelvo a ver a Francis y a Luís, que se va para Madrid en unas horas y me dice que nos vayamos con él, más cómodamente en su coche. Así que hay cambio de planes, llamó a Mercedes y se lo cuento, ya nos veremos y te verá a ti en otra ocasión. Llegas con la mujer de Ander y con Rita. Os doy un beso. Francis te pregunta que si te acuerdas de mí. Nos conocíamos de antes, de Muhalaze, de tu escolinha, ¿lo recordabas? Tú no decías nada. Parecía que estabas en otro mundo, o en tu mundo. Yo te digo algunas palabras en portugués, pero nada, que no hay quien te saque una palabra. No habías salido jamás de la sabana, era otro planeta esto para ti. De repente, Rita rompe sin por qué a llorar y tú, viéndola, la sigues. Os compramos unos caramelos.
No da tiempo a mucho más. Tu maleta es casi tan pequeña como mi mochila, sólo que yo llevaba equipaje para dos días y tú llevabas en ella la vida entera. Cuando te subimos en la parte de atrás del coche y ves que Francis no se viene, rompes tus ojos, acomodada en la sillita, y se caen en saltos de agua. Luís empieza a conducir, yo voy detrás, a tu lado, pero no hay cercanía que te consuele. Tú estabas lejos, muy lejos…. Ya con el pollito en la mano te vas callando. Te enseño a darle cuerda. No te digo con qué mano, pero tú siempre sales con la derecha.
Comiste pollo y macarrones en un área de servicio. No recuerdo si llegaste a dormir, pero ibas más tranquila que volando, porque en el avión llorabais mucho más, dijeron. Luís nos deja en Atocha y va a comprarnos los billetes para Toledo. Es la primera vez que estamos solos. Bueno, no del todo, también están el pollito y un globo. Pero ya me haces más caso cuando te hablo. En Atocha dijiste “David” por vez primera.
A Toledo va a recogernos Esperanza. Llegamos a casa, a nuestra calle, que me pareció distinta al resto de los días. Asustada ibas un rato, y tu primer juguete fue María, la muñeca de trenzas pelirrojas. Te soltaste pronto, el globo ayudó a ello. Y nos dimos un paseo: fuimos a ver a los abuelos, a la tía Mari…. Te dimos el primer baño y al salir, todavía lo recordamos muchas veces porque son las primeras palabras tuyas que recuerdo en nuestra casa, fue cuando dijiste aquello de “tomé banho”.
Sólo tenías un hilo de voz
que colgaba de algo muy fino,
transparente.
Yo creo que fue el primer baño, como tal, de tu vida. Y de cena, ¿lo recuerdas? ayer, que hacía un año que llegaste, cenaste lo mismo: leche con “bolachas”. Las primeras veces las comías a velocidad increíble, no parabas de llevar la cuchara, con la derecha, claro, a por un trozo de galleta entre la leche, y subirla a tu boca, donde tu mano izquierda sí que no podía subir. Cuando yo te decía que fueras despacio, dejabas la cuchara en la mesa y parabas del todo. Me mirabas, y hasta que yo no hacía algún gesto no reanudabas la acción, y entonces te embalabas otra vez. Tenías miedo, estabas asustada. Yo sólo te decía que fueras despacio para que no te atragantaras.
En el salón, en un instante tú y yo solos otra vez, te diste cuenta, o ya te habías dado cuenta pero no te habías atrevido a decirlo antes, dijiste: “Rita no está”.
Supongo que te sentías más sola todavía que esta mañana, sin la otra niña que era como tú. Pero pronto fuiste confiándote a nosotros, quizá porque tu instinto de supervivencia te decía que no tenías otro remedio.
A todo lo que te preguntábamos decías que sí. Lo mismo era decirte que si tenías frío que si tenías calor. Sólo un “sí” pero muy lejano todavía, como si viniera de muy dentro de ti, donde estaba allí escondido, como tú, si hubieras podido esconderte. Sólo sí. Sólo tenías un hilo de voz.
Te subió mamá a la habitación, y cuando llegué yo me dijo que habías dicho tú, en advertencia: “los zapatos”, porque no querías pisar la cama, aun sin haber visto nunca ninguna, probablemente. Te acostamos en la cama de la derecha, la más pegada a la pared, con una almohada enorme entre ti y la pared, y juntamos la otra cama, la mía, para que no te cayeras por el otro lado. Te acostamos con la muñeca María y con el oso amarillo que me regalaron a mí cuando nací, y tú mirabas que se te salían los ojos de la cama, y hasta de la noche, con esa luminosidad negra que tenían y que tienen.
Cinco o diez minutos después, volví a la habitación y ya estabas dormida. Me preocupaba que no pudieses dormir esa noche, pero caíste pronto, seguramente a soñar que tu piel era una hoja perenne.
Cuando llegó papá de trabajar subió a verte, pero tú no le conociste hasta el día siguiente.
Y a eso de las 4 o las 5 de la madrugada, me desperté escuchando una respiración fuerte. Al principio, adormilado, no me di ni cuenta, pero cuando unos minutos después me volví, te vi en el suelo, sobre la estera de esparto que hizo el abuelo Jesús, y allí estabas, gimiendo, asustada, tu corazón latiendo como si fueran dos corazones a la vez, y con las marcas de las tiras de esparto en los mofletes y la frente, de haberte tumbado sobre ellas.
No te gustaba la cama, tú estabas acostumbrada a dormir en el suelo, como nos empezaste a decir poco después. Pero yo te levanté, estabas casi ardiendo, aunque no llegabas a quemar. Volviste a apoyar la cabeza sobre el brazo derecho, en esa postura de medio lado que te gusta tanto. Dormías siempre, las primeras veces, del lado derecho. No tenías elección ni para dormir.
Ese fue tu primer día enteramente con nosotros, 15 de mayo de 2.006. Ya dormiste de un tirón, o al menos no volví a escucharte ni a encontrarte en el suelo por la mañana. Y el día siguiente llegó, más relajado, tú lo empezaste a hacer todo fácil. Nos empezaste a hacer más fácil la vida.
Y esto te lo digo sólo a ti, Felismina: cuando tengo algún momento en que estoy tan bajo que quiero que se me olvide hasta mi nombre, para volver a volar yo me acuerdo de que en Atocha dijiste “David” por vez primera.
05/03/2007
YO SOY UN POBRE Y LO QUE HE VISTO ME HA HECHO DOS POBRES

1 CUANDO HASTA LA PRIMAVERA ERA POBRE
En un mundo en el que no te den un bocadillo a cambio de un clavel, ni unos zapatos por una maceta de geranios, ni mucho menos una casa (o al menos una cama donde puedas estirarte) por un jardín de tulipanes, la pregunta fundamental es si la Flora es pobre.
En un país donde se pisotee un parque por no llegar tarde a una reunión; donde los poemas se olviden entre las azucenas de San Juan; donde se deshojen las margaritas para saber solamente qué colonia has de ponerte, la pregunta esencial es si la Flora es pobre.
En un pueblo que tire al suelo papeles en vez de semillas por las calles; que regale un pack de plástico mientras exista poder dar un paseo; y que escuche un teléfono a diario y no el aire alrededor de una amapola, la pregunta sustancial es si la Flora es pobre.
En una niña que en un espacio de rosales sólo había sentido las espinas; que en un tiempo de satélites galácticos no había salido nunca de un pequeño plato de arroz; que se quemó (como el color rojo a la piel de la rosa marchita) y la envolvieron en frondas blancas, de algodón, para trasplantarla, la pregunta vital es si la Flora es pobre.
La cuestión más urgente en los gobiernos y en los bares, en los patios de colegio y los periódicos, en Wall Street, en las mesillas de los hospitales y las habitaciones vacías, en las manifestaciones que buscan la verdad de todo, en los programas de televisión aunque traten (o sobre todo por eso) del corazón (pero un corazón de verdad, claro, no de plástico o uno cuya cirugía practicada sea estética), también en la Feria del Libro, y sobre todo en los poemas y en los laboratorios, debería ser averiguar de una vez por todas si la Flora es pobre.
La pregunta que no puede esperar en todo ese sistema de dudas que es mi día, que construyo como un Descartes que se plantea cada palabra (sobre todo las respuestas que doy), la pregunta que no me dejaría dormir esta noche y es por ello que escribiendo pretendo responderla es, insistentemente reverberada como al que se le propone un enigma al borde de un abismo, no ya saber sino explicar si la Flora es pobre.
No es que me cuestione ahora sólo porque me apetezca la escasez de medios de un pétalo o el poder de adquisición de la primavera. No es cosa de aburrimiento ni de ocio alternativo. Se trata de saber de dónde vengo y a dónde voy. Esta tarde estaba tan tranquilo en mi habitación cuando se ha presentado Felismina y con un hilo de voz me ha dicho: ¿La Flora es pobre?
“La Flora” en cuestión es mi abuela, pero he empezado todo esto como si se tratase de la flora común, la de los ramos y los jardines, porque me preocupa mucho también que nadie cambie su bocadillo por un clavel que le dé un pobre.
Y ahora, para dar respuesta a la preocupación por la pregunta de Felismina, hablaré de la Flora propia, la que no es común, la única que es rica de pobreza pues comparte con todos lo que tiene (lo que no tiene es porque no será muy necesario): mi abuela Flora.
2 DE DÓNDE VENGO
Me sé de memoria la fecha de nacimiento de mi abuelo Jesús Melar, que es muy fácil de recordar porque casualmente siempre celebra ese mismo día su cumpleaños: el 14 de septiembre de 1.929.
Pero otra cosa sucede con el día que nació mi abuela, Flora Vela. Toda la vida la hemos felicitado el 24 de noviembre, pero hará cosa de 10 ó 15 años, no sé por qué, apareció un papel no sé dónde que decía que su fecha real de nacimiento era el 18 de diciembre. Sin embargo, ella sigue celebrándolo en noviembre y además, como si de un misterio se tratase, oculta lo del papel y no quiere hablar de ello, de modo que finalmente no sé cuándo fue en verdad su nacimiento. Como en aquella época solían poner el nombre del santo del día y mi abuela se llama Flora, de toda la vida se ha creído que su cumpleaños era el 24 de noviembre, día de Santa Flora. Mi abuela nació en 1.932 y se quedó sin madre a los cinco años, cuando nació el último de sus hermanos y mi bisabuela, que tuvo la desgracia de ir a tener un hijo cuando había un frente infinitamente infranqueable entre los escasos quince kilómetros que separan Guadamur y Toledo, murió dejando a sus cinco hijos con un hombre sin más recurso ni posibilidad que la de dejar a sus hijos solos porque lo llevaban forzoso a la guerra.
De esa época sé poco, casi lo mismo que mi abuela, y eso que ella lo vivió, porque de estas cosas siempre se sabe demasiado poco y nunca se entiende nada. Sé que en el lugar de la cocina había una higuera. Sé que a mi abuela la cuidó alguien que no tenía mucho en su casa. Sé que todo era pobre. Sé que evacuaron Guadamur y se fueron, pero se llevaron la dureza, más adentro, lejos del frente (que estaba a sólo 6 kilómetros), adentrándose en los Montes de Toledo. Sé que mi bisabuelo se dio picante en los ojos y se le pusieron a rabiar, para poder volver a su casa y cuidar de cinco hijos que sólo aprendieron a sobrevivir. Mi abuela jamás ha sabido leer.
Sé que mis abuelos recuerdan los ruidos de hace setenta años. Sé que los niños se subían a las tapias del terreno del castillo a escuchar los proyectiles que caían en el camino de Toledo. Sé que alguna vez pasaron la noche en los olivos.
Sé que “la” Flora era pobre, porque mi abuela, que tiene ahora medio patio lleno de tiestos, no ha hablado nunca de flores sobre aquella época. Sé que dos días después de terminar la guerra fue a Toledo con mi bisabuelo, al estraperlo, para no morirse de hambre, y que mientras él buscaba en la ciudad alimentos ella dormía con una mujer que tenía una habitación en la mismísima Puerta del Puente de San Martín, que es algo que a mí me parece de una riqueza absoluta y de una absoluta pobreza, también.
Una vez leí una frase que decía algo así como (cito de memoria) “si has sido pobre una vez en tu vida, seguirás siéndolo en tu corazón hasta el último de tus días”.
Por eso sé que la Flora es pobre todavía; que yo seré pobre (y doy gracias por ello) porque provengo, he ido, y seguiré yendo a la pobreza toda mi vida; y que Felismina seguirá preguntándome si la pobreza tiene más respuesta que sí misma (el sí misma se refiere a la pobreza, a Flora o a Felismina).
3 A DÓNDE VOY
Rafael Alberti, emocionado por los cómicos del cine, escribió un libro de homenaje a esos vagabundos que se comen los zapatos o a los que se enamoran de una bailarina y han de conquistarla bailando con los pies descalzos. Lo tituló: “Yo soy un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos”.
Hace quince años, no lo sé pero supongo que yo quería ser rico. Tener una piscina de dos metros y pico de honda, unas zapatillas carísimas, la bicicleta con más velocidades del pueblo, y poder comprarme, cada día del año, un mes de verano.
Qué poco me conocía yo cuando tenía 10 años.
Si Alberti escribió:
“yo nací –¡respetadme!- con el cine”;
y Jaime Gil de Biedma:
“yo nací (perdonadme)
en la edad de la pérgola y el tenis”;
digo yo ahora:
“yo crecí (entendedme)
en una casa donde la Flora era pobre”;
mi reino de pequeño consistía en una onza de chocolate a la salida del colegio, y en una bicicleta que fabricó mi padre con hierros azules que me enseñaron a volar como si el lastre no fuese más cosa que una nube.
De aquellos años me ha quedado un recuerdo que me quiere llevar a ser ese niño cada día, y una sangre del grupo 0 positivo que puede darla a todos los demás y únicamente recibirla de su grupo (me refiero a que en el único lugar que soy yo mismo es alejado de barroquismo y opulencia).
Cuando yo nací, ya llevaba en la sangre varias generaciones de pobreza. De mi abuela sólo podré heredar un patio de flores que ha cuidado toda su vida como si fuesen sus propias nietas, y la felicidad de poder entender cuánto (mejor dicho, cómo) vale ganarse primaveras en la vida.
No sé por qué ha venido Felismina a hacerme esa pregunta, pero sí que me siento con la inmensa fortuna de haber venido por un camino de estrechez y modestia, como los que en mi pueblo recorro con cuestas o con piedras, y de jamás haber querido abandonarlo.
Después de ser nieto de la pobreza, lo que he visto me sitúa entre la espada y la pared de la pobreza. Yo era un pobre y lo que he visto me ha hecho dos pobres. Estoy tranquilo, porque sé que entre la espada y la pared de la pobreza está el lugar más ético del mundo.
Felismina, qué te voy a contar a ti que no te haya enseñado ya la vida en que naciste. Quiero que cuando seas mayor y comprendas lo que te escribo aquí, pensando en ti como ahora pienso, no te olvides ni de dónde vienes ni a dónde vas, ni de la cabaña en mitad de la preciada sabana ni de la Flora que te enseñaba a regar con ella las plantas de su patio, desde la raíz a los pólenes.
La mayor pobreza tuya, y la de mi abuela, es que ninguna de las dos habéis tenido madre nunca. Y vuestras madres no dejaron este mundo por causa natural, sino por una guerra u otra guerra, luego vuestra pobreza tampoco es natural. Nuestras abuelas, Felismina, han sido pobres, distintamente pobres, quizá, de una pobreza hemisféricamente distinta, sí, pero pobres.
Dice un proverbio africano: “si no sabes dónde vas, debes saber al menos de dónde vienes.” Intentaré que nunca dejes de tener una raíz en el suelo de Muhalaze. Creo que ya te he dicho (y a mí también) casi todo lo que querías saber. ¡Ah, no! te prometo que intentaré ayudarte a conseguir lo que yo buscaba de pequeño: que te compres sin dinero un mes de verano cada día.
(aunque no podrá leerlo nunca
dedicado a mi abuela, sobra decir por qué
porque sobran las razones si todas las palabras
que yo pueda decir sobre ella se me quedan demasiado pobres)
31/01/2007
Negranieves

Negranieves
es pequeña,
oscura,
suave;
a su alrededor, el mundo
se diría todo de algodón,
que en su órbita nada hay que sea duro,
que la piel quemada se ha hecho nieve.
.
.
Negranieves sólo hizo un enanito,
de nariz de zanahoria y boca de naranja;
conoció que el mundo es de fuego o de hielo,
de corazones de calor o de corazones de escarcha.
.
.
La temperatura de su sangre suma dos hemisferios.
.
.
Negranieves es redonda como un copo en sus manos,
la tengo en mi mesa como una bola del mundo;
le escribo palabras que se irán deshelando
cuando ella no quiera que le haga muñecos.
Aprovecho ahora que aún ve albura en el mundo
para mirar por sus ojos
- como los de Platero también -
cual dos escarabajos que se llevan la luz.
(Apágame el invierno, Negranieves).
10/01/2007
FESTIVAL SOLIDARIO 30-12-06

El día 30 de diciembre de 2006, volvimos a hacer un festival solidario de ayuda a Mozambique, en el auditorio de Guadamur.
Colaboraron todas las asociaciones del pueblo: Asociación de Madres y Padres "San Blas", mediante los bailes de los niñas más pequeñas, la Asociación de Baile "Jóvenes de Guadamur", la Asociación "Por la Amistad", la Banda de Música "Santa Cecilia", el cantaor de flamenco Pedro Vega, y el gran humorista May.
Entre cada actuación se proyectaron presentaciones de fotos con música, y vídeos, de Mozambique, así como explicaciones de los proyectos que llevan a cabo en Mozambique los voluntarios de la ONG Berit y de la ONG Aventura Solidaria.
Se recaudaron 1.367 euros, que irán destinados a los proyectos de Aventura Solidaria: escuela, centro nutricional, centro de salud, maternidad y pozos.
La foto corresponde a uno de los momentos estelares de la gran noche: cuando Felismina, que actuó con los más pequeños, levantó los 2 brazos, EL BUENO, Y EL FEO Y EL MALO.
20/10/2006
ÁFRICA EN MI CALLE

ELENA Y FELISMINA EN GUADAMUR
11/10/2006
pobre de dolor

.
.
TE MIRO y verte es una espina
que me duele a mí tanto que se acaba
por ir a ti a dolerte y se te clava
pues mi dolor en mí no se termina.
Yo me siento dolerte, Felismina,
con un dolor que ya no soportaba
yo más, ¡pobre dolor!: se me escapaba
dejándome en dolor hecho una ruina.
La vida que me duele está arruinada
en este dolor tuyo tan viviente.
¿Sabes qué me duele? No sentir nada
mío más vivo que aquello que tú sientes.
Dale a mi dolor al menos tu mirada.
Que te duelas tú a ti ya es suficiente.
.
.
29-09-05
23/08/2006
¿A LA TERCERA IRÁ LA VENCIDA?

El lunes 7 de agosto, Felismina tenía cita para una cura en las consultas externas del hospital de La Paz, donde la están curando de su sur al norte de Madrid. Hacía un mes desde la última operación, la segunda (el 6 de julio), y la seguían observando cada varios días. En esta ocasión fue diferente, porque, de los 5 puntos en el brazo donde le habían realizado injertos (mano, antebrazo, codo, brazo y axila por la parte anterior) había 2 en los que no había prendido la piel (mano y codo) y uno de ellos se había cerrado de mala manera y era necesario abrirlo (axila). La doctora Zoraida Ros, que dicho sea de paso es fantástica (algún día hablaré más de ella), dijo que era necesario meterla en urgencias y operar cuanto antes, así que le di el número de teléfono de casa y me dijo que en un rato, en cuanto organizara su agenda de quirófano, me llamaría para confirmar el día de la tercera operación de Felismina. Además de actuar en las zonas que he señalado anteriormente, también lo iba a hacer en la parte posterior de la axila, donde alguna brida de piel sólo permitía que Felismina levantara el brazo poco más allá de la horizontal de sus hombros.
En esa zona, parte posterior de la axila, consideró hacerle el injerto directamente, sin el paso previo de colocación de “Integra” (piel artificial que le pusieron en las ocasiones anteriores), porque así evitábamos que la niña hubiese de pasar por quirófano un mes después, otra vez, para injertarle la “piel verdadera”. Bien es cierto que sin la “Integra” sucede que la piel de la niña se queda más honda, como un lugar propicio para un charco, se produce una pequeña depresión, una especie de gua, pero lo importante es que esté la piel cubriendo, sea donde sea, como importa que por encima de todo haya cielo, sea sobre el nivel del mar en bajamar o sobre la montaña más alta. Dolía que la capa de ozono del brazo izquierdo de Felismina se fuese perdiendo, a causa de la misma miseria humana que permitió la pobreza que quemó a la niña y que está acabando con el planeta que respiramos. No son planeta los desodorantes ni los tubos de escape, ¡qué desgracia!, sólo es planeta aquello que se puede respirar, y el nuestro es el aire, pensadlo, no la tierra. El nuestro es atmósfera, solamente, y quien no esté de acuerdo, creo que será porque está en la luna.
Poco importa que se hunda un poco la piel de Felismina, ella de este modo será cóncava y convexa. Le quedará feo el brazo, ¡pero qué brazo! ¡qué brazo más vivo tendrá! sólo atañe eso ¡EL BRAZO! ¡Curado! Curado por ética y no por estética. Aunque se achata, “La Tierra es azul como una naranja”, según Paul Eluard. Felismina es azahar como la Tierra, según se emplea en perfumería y medicina, este oloroso bálsamo de niña.
Esta niña que cura lo que mira, como reina Midas de luz. ¿Qué cuentos son esos que hablan de hilos de oro como preciados dones, antes que de ropas usadas pero compartidas con los pobres, a los niños que se educan con palabras doradas que han de serlo por su fondo, no por la forma? ¿Qué cuento es tal sino el de palabras brillantes por el secreto que contienen, aunque escritas parezcan apagadas?
Y Felismina salió del quirófano el día 8 de agosto tocando y convirtiendo todo con su luz. No lloró ni una lágrima, aunque debía de dolerle por necesidad, gracias a que la Antártida de su brazo estaba recuperando la capa perdida. Al salir del hospital lo primero que debiera hacer es enseñarle a plantar un árbol, que ya de por sí es un hijo, ¿y el libro? El libro más bello que puede escribirse es ayudar a que el papel crezca, regado con las letras del agua.
Hasta el viernes 11, que le dieron el alta, veíamos en el hospital los Europeos de atletismo de Goteborg, y le contaba que mi amigo Alberto también dirige un club de atletismo en el pueblo, y ella decía que si Alberto salía en la tele. Cuando ella veía “Los Lunnis”, u otros dibujos, yo leía “Cinco semanas en globo”, para volar sobre África, que la añoro, porque no estoy acostumbrado a no estar el mes de agosto corriendo esas “aventuras solidarias” con Samueles Fergussons y Dicks Kennedys por mi amado Mozambique. Y el miércoles por la noche, aunque ella se durmió pronto, vimos juntos durante un poquito de tiempo la peli de Woody Allen en que es amigo de un escritor, “Todo lo demás”, creo. Y es que ella ya sabe quién es “Budiale”.
Y para acabar, parafraseando a Pavese, sólo decir que Felismina “está viva y todo lo demás es miseria”. No, por favor, no me refiero a que la peli de mi admirado Woody sea cutre, al contrario, me apasiona su cine. Es que en este caso la vida de Felismina es tan arrolladora y suficiente, que la realidad supera a la ficción y a las frases más contundentes. Felismina está viva y su brazo también, gracias a Dios. Es una ocasión “única” para ser felices. No “dividamos” nada, porque el “resto” de la “operación”, si lo hacemos, será miseria.
Un abrazo con la mitad de él vendado, pero más caluroso si cabe.
29/07/2006
DE MI EGO, QUE ES EL DE MI NIÑA, MI PUPILA, LA LUZ A LA QUE MIRO

(Fotografía: Felismina en el tren, llegando a Toledo, su primer día. 15/5/06)
ESTE no es un blog muy extendido, porque, claro, era un blog para mi gente, los de al lado, y mi alrededor es muy humilde.
Por eso en él no se habla de grandes acontecimientos del mundo, desde un punto de vista global, estudiado, interesante para todos. En él se habla de pequeños sucesos que tienen lugar en mí o en una parte limitada de la Tierra, desde mi limitación, desde las fronteras humildes que me abrazan y que no me dejan ser más que un pobre hombre escaso y sin apenas proyección para mi voz. En él se habla desde un punto de vista personal, no demasiado estudiado, sino a flor de piel, como me sale de primeras, casi desgastado ya, sin corregir, para nada interesante si no eres alguien de mi alrededor, si no eres ese confín que me contiene en estrecho margen con tu abrazo.
Éste es el blog de mi ego, de mi antropocentrismo personal e intransferible, de mi conciencia única, que es silenciosa para todo el mundo menos para el sitio que tengo bajo mí. Tal vez tenga razón quien el otro día me dijo que en estos primeros artículos de mi blog sólo se dejaba ver el protagonismo que yo le daba a mi ego. La verdad, si yo no fuera de mi alrededor, también a mí me lo habría parecido. Cuatro o cinco artículos que sólo hablaban desde dentro de mí, son un buen lastre que no lograré quitar a mi egocentrismo. Por eso me acuso, como Zola contra mí mismo, de que he sido, o soy, un tipo egocéntrico.
Este blog nació porque mi amigo Miguel Ángel Carcelén, director de Publicaciones solidarias Acumán, puso una pequeña foto de Felismina en la página de su editorial, explicando un poco que la niña evolucionaba bien de sus operaciones. Yo le dije, pues soy un torpe en informática y no estoy al día, que si se podía hacer un enlace a una página mayor donde se explicase con más detalle el caso de la niña. Y él me dijo que crease un blog, y me explicó cómo se hacía, y todavía tengo que preguntarle más cosas que no sé hacer, pues ya veis qué blog más sencillo y sin volutas. Parece africano, mi blog, verde además, pero no creo que lo haga mucho más barroco porque mi pensamiento es más bien renacentista. Y en África, fijaos -echad la vista más atrás aun- todavía es la época del gótico, las cabañas se construyen con nervios y la plementería es paja (como el material de mis palabras, no me importa decirlo, a quien le interese saberlo comprenderá que en el sur no hay otra cosa para construir).
Por eso, este blog no nació con vocación internauta universal, sino como punto de encuentro de mi experiencia personal, que es nuestra experiencia, la de mi gente, los que colaboran, en el caso Felismina o, más ampliamente, en Mozambique. Nació porque yo enviaba cada poco tiempo mails que contaban la evolución de la niña, pero estos sólo llegaban a mis amigos y a quienes estos los reenviaban. Si con este blog se logra extender un poco más la verdad de la niña que se llamaba Mozambique, me daré, nos daremos, por satisfecho/s. Y quien quiera saber más cosas o cómo colaborar con Mozambique, que me escriba: davidelsur@yahoo.es.
Estas son las razones de mi egocentrismo, que sois vosotros, quienes me leéis, Felismina y Mozambique. En mitad de mi ego están sólo estos aspectos. Habrá quien diga que qué mirada más corta, más pequeña y más poco elaborada. Es verdad, es que no ha ido nunca a la escuela y comía sólo una vez al día, y esto último gracias a gente que se preocupaba por menudencias como niños con mocos que les duraban años en la cara, y con telarañas que llevaban siglos en sus estómagos. Esta mirada sólo tiene alargada la sombra de su pobreza, mide sólo cien centímetros, y tiene un brazo destrozado con lo cual no sabe escribir ni medio bien.
Y ahora está a punto de despertarse. Escrita con legañas, os parecerá que no la estoy abriendo muy despierto (mi mirada), sino como en una nube. Comprenderéis que me dé igual ya este artículo. Os seguiré contando en uno próximo. Ahora voy a vestirla y calentarle un vaso de leche. Mi egocentrismo, qué prosaico!
Bom día, Felismina, cómo é que dormiste?
28/07/2006
SU VIDA ES SUEÑO

IGUAL que hay días enteros que quiero pasármelos soñando, hay noches hechas verano que no deseo dormir. Son rosas las sábanas de ella, verdes como árboles de África las mías; las de ella como el color de sus uñas y el color del lugar donde estaba la piel que le han levantado para que su brazo izquierdo pueda volver a andar, ya que le han injertado la piel, la original y tibia piel, muy caminada, del muslo derecho.
Felismina es toda piel. Suave y sin rincones. Pero tiene relieves como nubes en las zonas de quemadura. Todo lo que le comunica conmigo es piel, cuando me abraza y llama hermano, o me besa con sus labios pequeños de piel, redondeada igual que en sus mofletes. Felismina es toda piel, hasta sus ojos, que antes lloraban porque le dolía la piel cuando se quemó, y ahora sonríen porque le hace cosquillas la piel donde no la tenía. Hasta el llanto o la alegría de los ojos depende de su piel. Felismina es toda piel.
Ahora duerme. Y la veo. Hay noches, ésta, que no deseo dormir. Uso el boli sobre una hoja cuyo envés está sucio. No escribo nunca en hojas nuevas, sino en dignas de ser recicladas. Papel piel de los árboles, los amo tanto como (a) Felismina. Yo sólo me sentiré mañana completamente vivo si reciclo mis páginas, devolviendo el favor a los árboles que me permiten comunicar en un vacío blanco el sueño sobre una cama de una niña de África que hace poco tenía sólo sueños por el suelo, sobre una estera, cerca del fuego que la despertó al dolor en una tierra ya herida de por sí. Quiero reciclar las páginas que lleno de mi mala letra, para intentar hablar al mundo de la necesidad de un ser vivo, árbol o niña, que no se deshoja. Llegará el otoño, veré en mi pueblo morir árboles, el viento barrerá las hojas que no limpiarán los empleados del ayuntamiento. Amarilla mi calle por la piel caída al suelo de los chopos. Aterrizará también mi palabra, sólo sostenida en páginas que caerán por fuerza mayor de la lluvia caduca del 23 de septiembre en adelante. Envolverá el aire una luz desgastada. Sí, estoy seguro, y no me preocupa, de que llegará el otoño y ensuciará las calles. Casi me da igual, porque es natural la luz del otoño por el suelo. Además, ella duerme ahora y yo la veo, rosas las sábanas. No se entera, no se da cuenta, le pellizco la nariz, con los dedos que escribo le rozo la oreja. Felismina sueña. Los deslices de mi mano sobre su piel, sobre el papel, no la despiertan. En silencio escribo siempre. Sueña lo mismo desde hace pocos días.
Felismina sueña que su piel es una hoja perenne.26/07/2006
GUADAMUR, O RIO DE PASO DE AGUA QUE CURA

(Los artículos "Una niña que se llamaba Mozambique" y "Guadamur, o Río de paso de agua que cura", aparecerán próximamente en los programas de fiestas de la Virgen de la Natividad y del Cristo de la Piedad, del pueblo de Guadamur, Toledo).
VOY a hablar de Felismina todavía. ¿Pues éste es un programa de fiestas, no?
Fiesta de verla con el brazo limpio. Fiesta de que haya piel para que le dé el sol. Fiesta de tener dos brazos, de nuevo. Fiesta de cosas que no deberían ser fiesta, deberían ser cotidianas, pero para ella son de día especial, vuelve a poder volar con dos alas. Fiesta es esto.
Fiesta de que haya personas en mi pueblo que viajan a mi casa, que es un pedazo de África, vivo ahora porque está Felismina, a darme ayudas para la niña y para los que necesitan tanto como ella pero no pueden venir a España. Fiesta de que se hagan festivales benéficos gracias a personas de mi pueblo, y de que me pidan huchas para ponerlas en sus tiendas. Fiesta de ver qué difícil es recaudar cada céntimo de euro y cómo sin embargo cada céntimo es útil. Fiesta que te deja sin fuerzas, te agota, no te deja dormir, pensando, actuando para ellos. Fiesta que te alegra el corazón, aunque tu corazón pida siempre más pues toda ayuda para ellos es poca siempre. Fiesta que te alegra mucho, sí, pero que también te duele, cuando te sientes torpe por no saber llegar a más gente, y más dentro a la gente, porque hay muchos, por desgracia, que no aportan nada a esta fiesta.
Para llegar hasta ellos, porque tengo aquí mientras escribo a Felismina y no puedo callarme, quisiera ser más profundo escribiendo. Quisiera ser tan duro que cada palabra fuese una piedra que pesase tanto que el papel no pudiese sujetarlo una persona sola; quisiera que esta persona llamase a otra, con urgencia, porque si no el papel le aplasta el pie, para solicitar su apoyo; quisiera que ésta llamase a otra, y a otra, y a otra…. así sucesivamente, como en la canción de un “elefante se balanceaba sobre la tela de una araña, y como veía que no se caía fue a llamar a otro elefante…”, hasta que entre todos pudiesen sostener el papel. Quisiera que fuese tal la magnitud de unas palabras humildes, mediterráneas, de meseta, unas palabras de mi pueblo, que sólo pudiesen aguantarla cuando están todas las personas del mundo en el mar del centro de la tierra que es el hombre, juntas en la misma labor. No es duro escribir, es duro ver, es duro vivir. Lo duro es callarse. Lo duro es pensar: no voy a decir mucho por si acaso me paso y le caigo mal a alguien. Yo prefiero pasarme y que todo Guadamur piense: mira éste, ¿quién se cree? Prefiero que nadie me salude por mi pueblo, que mis amigos dejen de llamarme, que mis padres se sientan mal por mi culpa, antes que tragarme algo tan importante, aunque pueda estar equivocado. Pero no creo equivocarme, puesto que sólo hablo de una cosa muy fácil que no se le escapa a nadie: aquí nos sobra, allí les falta. Y si decimos que aquí están difíciles las cosas, ¿allí cómo están entonces?
Aunque todo el mundo me dice que soy muy sensible, que tengo un corazón que no me cabe, o que ya se me pagará lo que estoy haciendo, no es verdad, pues yo no hago casi nada del todo bien. Ver que los niños de Mozambique se mueren y querer evitarlo en lo posible, no es ser sensible, es simplemente no estar ciego. Ponerse nervioso porque se puede hacer algo no es salírsete el corazón, sino simplemente estar con un mínimo soplo de vida. Querer hacer algo porque no puede no hacerse, por tanto, hacerlo gratis o a tu costa, no es esperar recompensa, es hacer las cosas así porque si no no tienen sentido. Aunque yo soy creyente, no lo hago por si recibo o no recibo nada después. La verdad, lo recibo ya desde aquí, que es donde lo hago, en los niños que se ríen en Mozambique. Ésa es la recompensa que espero ahora, y se la pido a los hombres que quieran ayudarme aquí. La recompensa que Dios da la tenéis vosotros, para que se la entreguéis a quien la necesita. Yo no quiero la recompensa de vuestra sonrisa y de vuestra buena palabra hacía mí. Mi egoísmo quiere una recompensa que se pueda comer. Yo soy egoísta de pan. Dios se manifiesta en forma de pan para los pobres, dijo Gandhi. Dádselo a la gente de allí, y a mí no hace falta que me digáis nada, de verdad. Aunque sí, es cierto que quiero que me quiera todo el mundo. Que mis libros de poemas los escribo porque quiero recíproco el amor que siento por el mundo. Es cierto que es de doble sentido, mi amor; que quiero decir sí con alguien que sea tan azul como la Tierra. Es seguro que pretendo enamorar hasta el último rincón de mi planeta. Es real que quiero cautivaros a todos hacia una luna, no de miel sino de cocos y maíz, en Mozambique, por ejemplo.
Y soy consciente de que habrá personas a quienes no caigan bien mis palabras, que me tomarán por un salido de tono. No me importa lo que piensen de mí, pero sí que sepan cómo está la parte del mundo que yo he visto. Quiero agradecer a las personas que han aportado todo lo que tenían y podían, echándolo de corazón. Tampoco puedo callarme que con un poco más (iba a decir con un poco más de esfuerzo, pero no, puesto que no nos supone ninguna dificultad) se lograría enviar dinero como para construir una escuela o un centro de salud o nutricional. Guadamur fácilmente podría enviar dinero como para hacer un centro de estos todos los años, ¿imagináis lo que sería esto?
Felismina está aquí para curarse, no vino para mostrar que es verdad toda esta historia de uno de Guadamur que desaparece a veces por un tiempo, y se lo ve en África soñar. Todo esto era verdad antes de Felismina y lo será también después de ella. Cuando ya no esté aquí, no olvidéis a la niña que se llamaba Mozambique. Guadamur significa "Río de paso", nuestro pueblo es una orilla romana, visigoda y musulmana. El tesoro de Guarrazar lo escondió el suelo de aquí durante siglos, pero ahora tenemos otros brillos que desenterrar, mucho más vivos y hermosos, sí, que los de las coronas más importantes de toda la Edad Media. Felismina tenía el brillo de los ojos en el siglo V, antes de venir a España a curarse, pero ahora, en Guadamur, los está sacando de nuevo a la luz. La Natividad de la Virgen y la Piedad de Cristo, han hecho todo en Guadamur sin conocernos. Ayudemos a todos los niños entonces, aunque no los conozcamos; a África aunque no esté entera en Guadamur; a quienes necesiten de nuestro pueblo aunque no sean ríos de paso al lado de nuestra vida.
25/07/2006
UNA NIÑA QUE SE LLAMABA MOZAMBIQUE

A FELISMINA la conocí en agosto de 2005 en el centro nutricional de Muhalaze, donde iba para comer un plato, de arroz casi siempre, durante su primera y última, única, comida del día. ¡Qué comida más singular!
Volví a España. Me dijeron, a primeros de septiembre, que a la niña se le había quemado la ropa con una lumbre y tenía medio cuerpo en carne viva, una pierna herida y un brazo destrozado. Me mandaron una foto por internet y la vi. Vivía al menos la carne viva. Ella no estaba llorando, aunque estaba a punto, mientras yo estaba frente al ordenador en el trabajo, en Toledo, en silencio, y en mi pueblo eran felices los cohetes, libres por el cielo, haciendo que la gente se tapase los oídos. Yo en silencio, pero se hacía insoportable el estruendo de los ojos de ella en la pantalla. Era 8 de septiembre, y no había llovizna azul. Y todo mi pueblo estaba en fiestas menos yo.
Estuvo dos meses ingresada en un hospital que no tenía agua caliente, si no eran sus lágrimas habituales duchando las mejillas. Pasó el tiempo, el brazo vendado, la cara triste. Además es huérfana, sólo tiene una abuela, come una sola vez al día. No tiene ni sueños, duerme en el suelo, desayuna y cena agua. Así no hay quien se cure. Pasaron los meses, sólo yo lo sabía y las paredes de mi habitación. Qué le vamos a hacer, la pobreza es así, no se puede hacer nada si no es con mucho trabajo. Somos sólo cuatro gatos, el mundo es muy grande, qué difícil lavarle la cara (al mundo y a la niña que no tiene agua sino en pozos a kilómetros).
Las Navidades en mi pueblo son felices y ruidosas. La última campanada que oí fue Felismina. Para ella entraba otro año lleno de noches viejas. A finales de enero, Francisco, el creador del centro nutricional de Muhalaze, escribió con las ideas muy claras: Felismina no estaba bien, había que traerla a España, tenía un brazo inservible y el costado izquierdo a flor de piel herido. Nadie lo sabía en San Blas, las cigüeñas ya casi no viajan, Felismina se quejaba, le dolía, pero aquí no se escucha África. En Semana Santa nadie lo sabía, Felismina iba por su vía dolorosa, aquí ayunaban algunos, ella allí ayunaba siempre, no se escucha África. El mundo es un lugar muy difícil, donde no eres nadie si no lo pone en un papel. Durante 3 meses estuvimos intentando conseguir los permisos y un amigo de Madrid, médico, consiguió que nos atendieran en La Paz. A mediados de mayo, Felismina y Rita, otra niña huérfana que se pensaba tenía cáncer, pisaron España. Felismina vino para Guadamur, Rita a Bilbao; han descubierto tras muchas pruebas que no tiene cáncer, aunque tuvo tuberculosis, hepatitis, y parásitos en el sistema digestivo, el diagnóstico final es una enfermedad poco común: histiocitosis. Si en África el agua y la comida no son muy comunes, las enfermedades tampoco.
El 8 de junio Felismina fue operada en Madrid para implantarle una piel artificial. Después, cada 3 ó 4 días le curaban y le vendaban de nuevo el brazo. La segunda operación fue el 6 de julio, para hacerle injertos de su propia piel. Evoluciona bien; su brazo, injertado con piel del muslo, dicen los médicos que volverá a andar de nuevo.
